El Increíble Viaje de Neuman Tikín: Escultura, árbol y columpio

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Ilustración de María Ramos

Llovía. Llovía a mares aquel día en Sungis. Y eso había hecho encender aun más los brillantes colores del otoño, una mezcla de ocres, tostados, amarillos, verdes apagados y rojizos aterciopelados.

Si te fijabas bien -y Neuman Tikín lo hacía-, entre el acolchado suelo de hojas caídas de robles y hayas saltaban grillos y hormigas en animados movimientos, que más parecían estar danzando que aplicarse en algún trabajo de recogida de alimentos para disponer de reservas para el invierno.

Si abrías bien los ojos y mirabas hacia arriba -y la Señorita Espantapájaras lo hacía continuamente-, descubrías nubes con formas de dinosaurios y dragones cruzando el encapotado cielo de Sungis.

Y si abrías bien los oídos -y Lady Lata sabía hacerlo como nadie- escuchabas a pandillas de pájaros carpinteros en concentrada conversación sobre el clima, y si escuchabas aun mejor, sobre el cambio climático.

Sungis se presentaba realmente como un lugar mágico, un bosque donde recomenzar, donde emprender una nueva vida. Un lugar donde cerrar los ojos, tranquilizarse, imaginar y soñar que todo es posible, donde olvidarse de límites, zancadillas y tropezones. Un lugar vedado a los malos pensamientos, el mal humor y las malas pulgas.

Así que, tal como les habían indicado las instrucciones de María Isabel Punto Limpio, nuestros tres amigos se dirigieron a Recepción para descubrir su nuevo futuro de acuerdo con sus solicitudes, proyectos e ilusiones.

Tenían los nervios a flor de piel, caucho, corteza y aluminio. No dejaban pasar detalle de todo cuanto pudiera acontecer a su alrededor. Pero, al contrario del bosque, la sala de Recepción era sobria, aséptica y re-limpia. Un cuarto blanco desamueblado, pero muy luminoso.

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Ilustración de María Ramos

Nada más entrar, vieron tres puertas con tres carteles con sus tres nombres. Sólo tenían que cruzarlas para entrar en sus nuevas vidas, para estrenar sus recicladas existencias.

Estaban a punto de terminar su aventura de semanas para reciclarse.

Mil sorpresas les aguardaban ahora en Sungis, el bosque mágico.

Seguía diluviando. Los caminos estaban salpicados de millares de gorriones y estorninos picoteando migajas de bizcochos con sabores a frutas y zanahorias. Y al borde de las sendas florecían, a pesar de estar ya muy avanzado el otoño, amapolas y margaritas con todos los colores del arcoíris. Y por los troncos de los abedules y fresnos del arroyo trepaban cantarinas lagartijas que movían sus colas como si fueran hélices. Todo un espectáculo difícil de creer para mentes cerradas y obtusas, no para quienes creen que siempre es buen momento para tomar aire y volver a empezar.

La primera en cruzar su puerta fue Lady Lata; lo hizo muy acelerada, sin volver la cabeza para mirar todo lo que dejaba atrás, tantas ganas tenía de convertirse en una super-estrella. Se produjo un ruido como de chisporroteos y en un minuto apareció en mitad del bosque, convertida en una reluciente escultura abstracta, que se movía con el viento emitiendo los armónicos sonidos metálicos de sus antiguas latas recicladas. Alrededor suyo, una pradera de jugoso césped acogía un público de ardillas y arrendajos, que saludaban emocionados y dando aplausos a la nueva inquilina del bosque, que aportaba una nota artística y de modernidad al paisaje. Lady Lata se mostró encantada, y empezó a investigar con los sonidos que producía su nuevo cuerpo en conjunción con las gotas de lluvia y las rachas de viento.

A continuación, cruzó su puerta la Señorita Espantapájaras, agachando un poco su cabeza despeluzada para no tropezar con el dintel. Nuevamente sonido de chisporroteos, esta vez acompañado de campanillas. Y al poco tiempo apareció, muy cerca de la escultural Lady Lata, convertida en un árbol extraño pero precioso, una mezcla de palmera y jacarandá, con llamativas flores de color malva, que hicieron exclamar a todas las ardillas del lugar un largo y clamoroso ¡Ooooooohhhh! La Señorita Espantájaras quedó tan satisfecha con la rápida transformación que, sin pensárselo dos veces, comenzó a cimbrear su tronco y a agitar rítmicamente sus brazos-ramas, y alegres pandillas de estorninos y algún que otro mirlo se posaron en ella para seguir charlando sobre las incidencias del lugar, sobre el cambio climático -que se había convertido en el tema central de las charlas del bosque- y sobre la biodiversidad del planeta.

Y poco después cruzó su puerta, nervioso y entusiasmado, Neuman Tikín, pensando en convertirse en el fornido roble con que llevaba tantas semanas soñando, desde que comenzó nuestro Increíble Viaje allá por el capítulo 1.

Entró.

Otra vez sonidos de chisporroteos, esta vez acompañados de campanillas y algo así como la bocina de un camión.

Entró anhelando hacerse un roble.

Pero no.

No.

No salió como un robusto roble, sino convertido en un dinámico y mullido columpio circular que quedó enganchado a una de las ramas de la Señorita Espantapájaras. Los gestores de Sungis consideraron que esta era la nueva vida más apropiada para nuestro simpático neumático reumático: reencarnarse en un columpio donde niños y niñas jugaran durante tardes enteras, volando entre las nubes, las copas de los árboles y las tres pájaras de vidrio reciclado.

Al principio, Neuman Tikín puso cara de estar un poco desilusionado, pero, pragmático y rápido, se dio cuenta en un pis-pas de la extraordinaria suerte que había tenido de seguir dando vueltas y girando a toda velocidad, aunque ahora no en competición, sino por sana diversión.

Inmediatamente, las tres pájaras de vidrio reciclado -Ana, Tere y Pili- se presentaron en el claro del bosque donde nuestros tres personajes habían aterrizado entre chisporroteos, campanillas y bocinazos para saludarles y felicitarles por su recién estrenada nueva vida. A ellas se unió una majestuosa águila imperial, que, según los cuchicheos de las ardillas, ejercía como emperatriz de Sungis:

– ¡Manada pasada!- dijo Ana.

– Jentetes les tres, ¡qué seerte!- añadió Tere.

– Divinis, divinis, divinis. ¡¡¡Divinísimis!!!- concluyó Pili.

Desde más arriba, cerca ya de las nubes, el águila imperial se limitó a lanzar una profunda mirada escrutadora y mover la cabeza levemente en señal de aprobación hacia los nuevos habitantes  del bosque.

Ana, Tere y Pili dejaron caer una nota manuscrita por María Isabel Punto Limpio, dándoles la bienvenida a su nueva vida.

Pero ¿qué pensaron nuestros tres amigos de su destino?, ¿cómo reaccionaron?, ¿qué dijeron?, ¿qué hicieron?

En el capitulo 10 (y último) de este Increíble Viaje lo sabréis.

(continuará)

One Comments

  • Malena 22 noviembre, 2016 Reply

    Hola!! Parece que las aventuras de mi neumático preferido y su entrañable pandilla tocan a su fin.Les echaré de menos.
    Gracias y felicidades por todas estas líneas tan amenas y didácticas. Con el compromiso de todos alcanzaremos una sociedad mas sostenible.

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