El Increíble Viaje de Neuman Tikín: La Señorita Espantapájaras

– Discúlpeme, usted, señor Gran, que me haya puesto tan impertinente, pero es que esos niños me estaban cargando un poco. Y tenía ya ganas de moverme, desentumecer mis ramas y emprender camino… Tanto tiempo ahí tirada no era plan…

– Está usted disculpada, señora Espantapájaras.

– Señorita. Dígame señorita Espantapájaras, que me rejuvenece.

– La comprendo perfectamente, señorita Espantapájaras. Pero llámeme Neuman. Neuman Tikín.

– Además, como llevo toda la vida asustando a todo bicho viviente, que para eso soy una Espantapájaras, pues se me ha quedado ese tono un poco borde de conversación.

La señorita Espantapajas

Ilustración de María Ramos

– Normal. Lo comprendo perfectamente. Ha tenido usted un trabajo muy duro y esclavo.

– ¡Un horror, un horror de trabajo! Todo el día y toda la noche levantando los brazos y haciendo ruidos raros con el viento para que ningún pájaro se comiera las coles y los tomates de esa huerta.

– ¡Uf!

– Y sin días ni horas de descanso, sin ningún tipo de regulación laboral. Los inviernos estaban un poco más tranquilos, porque no había nada en la huerta que comerse. Pero, vamos, el resto del año, que si cuida las lechugas, que si cuida los guisantes, que si cuida los pimientos… ¡Vaya cansancio de trabajo!

– Uf, pobre señorita Espantapájaras.

– Por cierto, qué neumático tan apuesto es usted, señor Neuman Tikín. Todo un caballero.

– No lo sabe usted bien, señorita Espantapájaras.

Yo no le veo nada neumático reumático. Me parece un neumático súper-simpático. Apuesto a que debe de haber ligado mucho.

– No sabe usted la adherencia que tengo. Y la resistencia. Soy un neumático muy elástico. Mire, mire, ni una grieta en todo mi cuerpazo. Toque, toque.

– ¡Ay, que me desarmo! ¡Qué gracia que tiene usted, Neuman Tikín!

– Muy amable, por su parte, señorita Espantapájaras.

– Y bien, dígame usted…

– Puede tutearme… Ya hay confianza entre nosotros. Nos une un mismo objetivo…

– Dime tú qué planes tienes…

– Hablemos en plural… Nos une un mismo objetivo…

– Ay, cómo eres Neuman Tikín, que me derrito…

– No, no, derretirse, no. ¡No digas eso, por favor! ¡Puaj, qué asco! Aún recuerdo los malos ratos que he pasado en mi vida cuando el asfalto se ponía blando y pegajoso… Todo muy problemático. ¡No lo soporto, no lo soporto! Y eso que no soy nada maniático.

– Bueno, pues nada, no me derrito. Me troncho. ¿Le parece a usted bien que me tronche?

– Mucho mejor, mi estimada Espantapájaras. Pero tutéame, por favor; tutéame.

– Ay, sí, qué tonta, Neuman Tikín… Bueno, me pregunto yo que cuáles son nuestros planes.

Buscar un bosque y convertirnos en árboles.

– ¿Y será así tan fácil?

– Por supuesto, confía en mí. Neuman Tikín nunca falla, es automático. Un bosque mágico, fantástico, enigmático y verdático.

– ¿Verdático? Ja, ja, ja. Eso no existe ni en el lenguaje de los neumáticos. Ja, ja, ja. Querrás decir muy verde…

– Pues eso, un bosque muy verde y selvático.

– Yo siempre fui una romántica… Siempre aspiré a convertirme en una linda palmera donde se posaran gorriones y estorninos.

– Yo te veo más como una encina.

– ¿Tú crees?

– Sí. Bien grande y longeva, capaz de acoger garzas y milanos, cigüeñas y mirlos.

– Ay, ja, ja, ja, qué cosas me dices… Pero mira que a mí me gustan las palmeras… No, no, una encina, no; demasiado rechoncha. Mejor una palmera.

– Pues no se hable más, si a ti te hace ilusión ser una palmera… Una palmera. Vamos allá.

– Ay, sí, es que las palmeras a mí siempre me dispararon la imaginación en las horas más aburridas allá en la huerta. Y yo, con este cuerpo, me veo más una palmera. Alta y con estilazo. Contoneándome. Con las hojas al viento, bien desmelenada. Y soñar con pelícanos, tucanes y gaviotas. Que sí, ya sé que en ese bosque adonde vayamos no va a haber pelícanos ni gaviotas, que es más fácil que nos encontremos con cernícalos y pájaros carpinteros. ¿Pero a quién le hace mal soñar con tucanes?

– Pues nada, nada, una palmera.

– ¿Y tú qué quieres ser, Neuman Tikín?

– Yo me veo como un fresno.

– Uy, qué fresco. Ja, ja, ja… Pues yo te veo más como un roble. Robusto y apuesto. Capaz de acoger mil nidos de todas las aves que te puedas imaginar… Grande y acogedor. Un árbol de esos que dan confianza nada más estar con ellos un rato. Con aspecto y espíritu protector.

– Me agrada que te inspire todo eso, querida Espantapájaras. Pues nada, sigamos camino, que no hay tiempo que perder… Disculpa, es que con mi vida de carreras, se me ha quedado un poco esta costumbre de meter prisa, ya ves… Soy un neumático fanático de llegar lo antes posible a destino.

– Ya, como a mí lo de asustar… No tienes de qué disculparte. Me gustas así…

– Tú una palmera bien elegante y estilizada y yo un roble robusto. No se hable más.

– ¡Sí, con bien de nidos! De toda clase de aves…

– ¡Un momento! Oigan, oigan… ¡Aquí, aquí!

(continuará)

One Comments

  • Carolina 4 junio, 2017 Reply

    Libro malo como pocos. Luego nos sorprende del nivel de lectura de nuestros adolescentes, pero libros como este le quita las ganas de leer a cualquiera.

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