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Los venerables parajes de Ordesa y Monte Perdido

2018 es el año en que los dos primeros parques nacionales españoles cumplen su primer siglo de vida. La Montaña de Covadonga, actualmente Picos de Europa, y Ordesa y Monte Perdido, con una diferencia de pocos días, -en julio Picos de Europa y en agosto Ordesa y Monte Perdido-, fueron los espacios naturales con los que en 1918 comienzan a darse en España los primeros pasos para proteger y conservar para las generaciones futuras territorios por su especial riqueza natural, su valor ecológico y su importancia cultural.

Dos años antes se había aprobado en el Congreso de los Diputados la primera Ley de Parques Nacionales del mundo. Solo tenía tres artículos, pero suficientes en aquel momento para arrancar un camino que dotara de la máxima protección a «aquellos sitios o parajes excepcionalmente pintorescos, forestales o agrestes del territorio nacional, que el Estado consagra, declarándolos tales, con el exclusivo objeto de favorecer su acceso por vías de comunicación adecuadas y de respetar y hacer que se respete la belleza natural de sus paisajes, la riqueza de su fauna y de su flora y las particularidades geológicas e hidrológicas que encierren, evitando de este modo con la mayor eficacia todo acto de destrucción, deterioro o desfiguración para la mano del hombre». Este es el texto del artículo segundo de esta ley, con la que se definían los parques nacionales, los objetivos de su creación y la obligación que al estado le correspondía respecto a ellos.

Más allá de estos datos y estas, si se quiere, curiosidades, en definitiva la de  parque nacional es la máxima figura de protección para aquellos espacios naturales declarados como tales. Y, por tanto preservar la integridad todo tipo de riqueza natural, ya sean ecosistemas, flora, fauna o formaciones geomorfológicas es el objetivo principal.

En 1918 las amenazas para ambos territorios no eran tan importantes como quizá lo hubieran podido ser unos años más tarde, pero sí que se empezaban a dar circunstancias que sirvieron de aviso para los pioneros e impulsores de su conservación. Eduardo Viñuales, -naturalista de campo, escritor y fotógrafo, que conoce al dedillo Ordesa, su historia y todos sus caminos y rincones-, describe cómo y porqué aquella parte de los Picos de Europa y de los Pirineos comenzaron a ser protegidos: «Se dieron dos circunstancias precedentes: por una parte y a nivel general, estuvo Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, en Asturias, que fue quien propuso los dos primeros parques nacionales, la Montaña de Covadonga, en su tierra; y, 22 días después, el parque de Ordesa y el río Ara, como se llamaba entonces y que tenía solo 2300 hectáreas. Pidal era un hombre culto y buen conocedor de estos temas que se había fijado en los americanos. Por eso, incluso promovió y defendió dos años antes la primera ley del mundo de parques nacionales. Ya se habían declarado el de Yellowstone en 1872, en Estados Unidos y que fue el primero, y otro en Suecia; porque ya había gente que clamaba por la protección de esos paisajes debido a la transformación que empezaba a haber».

Covadonga y Ordesa, pues, fueron uno tras otro los primeros que Pidal puso en su punto de mira particular, que resultó ser pionero. Aunque la motivación en cada caso fuera quizá diferente. «Con la Montaña de Covadonga le movió más bien por un sentimiento de identidad, patriótico, de conservar tu tierra, tus paisajes y demás. Porque él era cazador, de osos y rebecos, y se reconvirtió hacia el ecologismo». El segundo precedente, personaje fundamental de esta historia y cuyo testimonio aportó sólidos argumentos objetivos «fue el parisino Lucien Briet, que era pirineísta. Es decir, un montañero enfocado al Pirineo. Los pireneístas, a diferencia de cualquier otro montañero, tenían y siguen teniendo en cierta manera, una identidad propia: para ellos no se trataba solo de subir una montaña, sino que también la sienten y la escriben luego. Solían ser naturalistas que hacían estudios de plantas, que eran aventureros, que describían valles que nadie antes había descrito ni fotografiado, aunque sí había actividad humana, pero eran muy poco conocidos porque eran lugares apartados.

Este pirineísta que fue Lucien Briet, muy prontamente, en 1913, escribió un libro que se llamaba Bellezas del Alto Aragón, ilustrado con sus propias fotografías. Fue un encargo de la Diputación Provincial de Huesca raíz de artículos que había publicado. En él describe Ordesa como nadie y habla de la maravilla que es. Pero en una de sus citas ya denunciaba, en 1913, que la “venerable selva de los Pirineos”, estaba siendo talada y que los habitantes de Torla estaban matando la gallina de los huevos de oro a alfilerazos y que debía ser protegido como un parque nacional, a imagen y semejanza del que los americanos tenían ya en Yellowstone. Así, ese “portentoso valle y esa venerable selva”, serían protegidos contra los leñadores, los pescadores de truchas, los cazadores, etc. Pedía que la Diputación Provincial de Huesca o la Sociedad Geográfica, con influencia “en Madrid”, como se decía, porque aun no existía ni la ley ni nada, que intervinieran para reclamar que esto fuese un parque nacional. Esto fue retomado por los habitantes de Torla, que lo vieron como algo positivo que podría atraer beneficios, porque cada vez iba más gente; unos así en plan pirineísta porque había centros excursionistas, y otros a cazar el rebeco, el bucardo, que desapareció, etc. Y también Pedro Pidal le tomó la palabra a Lucien Briet y de esa comunión, digamos, nació el Parque Nacional de Ordesa».

Hoy día, como todo parque nacional, mantiene un alto grado de naturalidad. Aunque hay permitidas ciertas acciones del hombre, «que incluso pueden ser beneficiosas como es la ganadería extensiva o caminar, hacer raquetas de nieve, esquí de travesía y demás. Pero, sobre todo, lo importante es que el hombre interviene lo mínimo posible dentro de los ciclos naturales, a no ser que sean actividades tradicionales que se vengan desempeñando desde siglos atrás, como el pastoreo o la ganadería extensiva. Ahí un bosque se lo lleva un alud y no se saca la madera, se interviene en todo caso por motivos de conservación o por seguridad de los propios visitantes».

Ordesa, está formado por un conjunto de valles y montañas que constituyen las cumbres calizas más altas de Europa. Y el Monte Perdido que lleva en su nombre es uno de los tres picos que forman el conjunto de las Tres Sorores: Clindro, Soum de Ramond y el propio Monte Perdido que es el más elevado, con 3.355 metros.

Precisamente, una de las características específicas de Ordesa, según detalla Viñuales, es que «es de alta montaña caliza, lo que condiciona mucho su relieve y paisaje. El agua allí es absorbida por la roca caliza y se filtra bajo tierra, como si fuera una esponja, y por eso arriba no hay apenas lagos o ibones. Y por debajo del parque nacional es como si estuviera agujereado como un queso de Gruyère, es todo simas y cuevas. Por decirlo de alguna manera, es como si hubiera un segundo parque. Las partes altas son como un desierto de altura, con nieve en invierno y hierba en verano, pero no hay casi riachuelos». «Sin embargo, -continua explicando Viñuales, «en el fondo del valle ese agua vuelve a reaparecer porque encuentra capas impermeables del terreno y hay bosques, cascadas, riachuelos, etc.».

Otra peculiaridad de Ordesa, «es que más que valles, son casi barrancos, o cañones como les llaman en el Alto Aragón. Son valles muy estrechos y muy profundos, con desniveles brutales, entre las paredes de arriba incluso de los picos y la parte baja. Es algo que cuando uno se asoma por primera vez a ese paisaje desde lo alto, se queda maravillado».

En cuanto a flora y fauna, «sin duda, la estrella sería el quebrantahuesos. Ordesa es uno de los mejores sitios del mundo para ver quebrantahuesos, por esos barrancos y esos cañones. Otras especies importantes son la perdiz nival en las cumbres y los urogallos, aunque quedan muy pocos. Además están el tritón pirenaico, un anfibio endémico; la lagartija pirenaica, también endémica; y las truchas en los ríos. Y luego la flora: si mal no recuerdo son 1500 especies catalogadas de flora, de las que cerca de 100 son endemismos del pirineo. Es decir, que solamente están localizadas en la zona pirenaica».

Para quien no tenga mucha experiencia de montaña, Ordesa tiene rincones y posibilidades de paseos, caminatas y marchas para todos los niveles. La más conocida y frecuentada es la ruta que lleva a la Cola de Caballo. «Es cierto que ahí va todo el mundo, pero también que es un recorrido precioso y completísimo. Porque pasa de los bosques y las praderas a las cascadas, las Gradas de Soaso, luego el hayedo, los abetales y el pino negro, y se llega a la zona de turberas, que es un circo glaciar y ya desde allí se ve el Monte Perdido. Es un recorrido completísimo, y cierto que es el más visitado. Como si dijéramos la película más taquillera. En relación, digamos, calidad-precio es la mejor y, en todo caso, es buenísima. Luego hay otros caminos menos conocidos, porque todo el mundo quiere subir con el coche hasta la pradera. Pero está el Turieto bajo o el alto, que no desmerece en nada a otras rutas, porque es uno de los mejores bosques maduros de Aragón. Estuvo cerrado por motivos de conservación, pero hace unos años se abrió».

La actual Red de Parques Nacionales consta de 15, situados en 12 comunidades autónomas y con una superficie total de casi 385.000 hectáreas, de las que cerca de 16000 son marinas. Este año es el de Picos de Europa y Ordesa y Monte Perdido y sus 100 años. El año que viene será el del cincuentenario de Doñana. Los veteranos de lo mejor del patrimonio natural de España empiezan a ser venerables, también por edad. Que sigan gozando de buena salud es lo mejor que puede pasar… a ellos y a nosotros.

 

Los pirineístas, personajes extravagantes y decisivos para Ordesa y Monte Perdido

Eduardo Viñuales bien podría ser un pirineísta de nuestros tiempos. Conoce y cuenta su historia y sus vidas de una manera que engancha a quien le escucha, por eso resulta impensable no compartir también esta parte de la pequeña historia que sale a relucir al hablar del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido:

Los pireneístas, a diferencia de cualquier otro montañero, tenían, y siguen teniendo en cierta manera, una identidad propia: para ellos no se trataba solo de subir una montaña, sino que también la sentían y la escribían luego. Solían ser naturalistas que hacían estudios de plantas, que eran aventureros, que describían valles que nadie antes había descrito ni fotografiado, aunque sí había actividad humana, pero eran muy poco conocidos porque eran lugares apartados».

También solían ser, sobre todo, de origen aristocrático, gente que tenía dinero y que podían viajar. Acostumbraban a ir al pirineo a los balnearios de aguas termales y cruzaban. Algunos se bañaban y otros subían los picos. Incluso hubo un excéntrico como el conde Rusell, que alquiló durante 100 años el glaciar del Vignemale, hizo excavar unas cuevas y dormía allí, a 3000 metros, envuelto en pieles de cordero. Luego por la noche y con su bombín bajaba al casino a bailar. Rusell fue uno de los más destacados pirineístas.

Entre ellos se carteaban, se buscaban guías locales, se aconsejaban y luego lo publicaban en las revistas del Club Alpino Francés y en otras revistas y periódicos de Francia. Eran muy activos y había ahí un movimiento muy interesante. Y las descripciones que hacían son maravillosas. 100 años después, ríete de los que escribimos ahora, que contaban las cosas con una pasión y una poesía increíbles.

Y Lucien Briet tiene mucho en común con John Muir, el naturalista y explorador escocés que vivió en Estados Unidos y a quien se considera el padre de los parques nacionales del mundo. De su impulso nació el primer parque nacional de Estados Unidos, Yosemite, al que siguieron Sequoia, Mount Rainer, Petrified fores y Grand Canyon. Las hermosas descripciones de las montañas que recorrió son otro punto de unión con Briet.