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Paul Freeman: Hombres desnudos entre neumáticos calientes

¿Recordáis esas tórridas fotos de calendario con chicas desnudas en poses eróticas tan habituales en talleres mecánicos y cabinas de camiones en décadas pasadas? Hoy traemos aquí a un fotógrafo que le ha dado la vuelta a todo eso. Una vuelta de 180 grados. Paul Freeman es un fotógrafo australiano mundialmente conocido por sus certeros disparos de desnudos masculinos de irresistibles chicos en ambientes rurales o de talleres, en los que no faltan los neumáticos como decorado que sugiere una experiencia salvaje. Sirva este artículo de saludo al verano y como nuestra contribución a las fiestas del Orgullo LGTBIQ que se celebran en muchos puntos en estos últimos días de junio y primeros de julio (la gran manifestación estatal del Orgullo se celebra en Madrid el 7 de julio). Nunca los neumáticos hicieron subir tanto las temperaturas.

Los desnudos de Paul Freeman se identifican rápidamente. Sus chicos en poses hot se desenvuelven siempre muy escasos de ropa, con desgastados atuendos de trabajadores y en ambientes rústicos, localizados en parajes supuestamente solitarios en Australia, Europa (Italia le gusta especialmente al fotógrafo) y América.

Instantáneas verdes, de hombres en contacto directo con la naturaleza, llevando vidas sencillas, lejos de las alambicadas y despilfarradoras sociedades urbanas consumistas. Son granjeros, agricultores, mecánicos, carpinteros…, trabajando duramente o disfrutando juntos de su tiempo libre. Posan entre fardos de paja o en establos, cepillan caballos o les montan a pelo, cuidan terneros, pasean por el bosque en bolas, se bañan en charcas o retozan en el barro. Aparentan arreglar viejas camionetas (obsérvese el guiño al alargamiento de la vida de los materiales y a la reutilización) o descansan despreocupados, en calzoncillos (a menudo rotos; aquí también apreciamos una reivindicación del aprovechamiento de la ropa, distanciándose del usar y tirar), en praderas, entre el heno o la cosecha de cereales. Se esconden juntos en cobertizos o entre las gigantescas ruedas de tractores o camiones. O hacen trabajos de chapa y pintura en alejados talleres en parajes idílicos, vistiendo desgastados monos que -oh, casualidad- se han bajado y dejan al descubierto bien alimentados culos.

Desnudos que atraen legiones de seguidores por todo el mundo. La cuenta de Instagram de Paul Freeman tiene casi 350.000 seguidores, cuando él solo sigue a 450.

El australiano empaqueta sus sensuales historias de hombres bien lubricados en exitosos libros que se venden en todo el mundo. Libros como Larrikin (que podría traducirse por chico travieso, despreocupado, juguetón; un chico ante todo libre, rebelde frente a normas y convencionalismos) y Larrikin Yakka (yakka es otra palabra que se emplea en Australia para referirse al trabajo duro). Paul Freeman ha declarado que quiere captar la esencia de hombres rudos, pero con una belleza sensual y en ambientes que sugieren simplicidad e inocencia, el erotismo de lo rústico, del ser poco maleado. Bellas bestias, sin maldad y también sin vergüenza. Dispuestos en todo momento al trabajo bien hecho, sin retorcimientos ni remordimientos. Texturas e iluminaciones que sugieren naturalidad, aunque estén muy estudiadas para realzar músculos, glúteos, brazos, y lo salvaje del pelo revuelto y del vello enmarañado. Y enmarcando la belleza masculina, la ruda textura del neumático –que es lo que en estas imágenes nos interesa, en lo que detenemos la mirada curiosa, ¿o no?–, como testigo, como ojo que todo lo ve.

Ese espíritu silvestre lo mamó Freeman desde pequeño. Se crió en una familia en la que muchos de sus parientes tenías granjas y huertos en la isla de Tasmania, un pequeño Estado-isla perteneciente a Australia con medio millón de habitantes. Con poco más de 20 años se trasladó a Sidney a estudiar. Sin duda, esos muchachos en morbosas actitudes de compañerismo, de comunión masculina, divirtiéndose y bañándose juntos, o ayudándose en el trabajo manual, le transportan a su infancia en la alejada Tasmania, tiempos en los que se reunía con sus amiguitos en el campo, entre troncos y matorrales, escondiéndose de los mayores en granjas abandonadas, atrapando renacuajos o buscando frutos silvestres, jugando a peleas que, como él ha reconocido, le facilitaban tocamientos que le erizaban la piel.

Logró fama con sus retratos de deportistas recogidos en la revista Black and White y en varios libros. En 2003 publicó su primer volumen de desnudos masculinos, Bondi Classic. En 2011 y 2013 causaron impacto sus desnudos de gusto neoclásico con sus libros Heroics y Heroics II, inspirados en obras clásicas de arte europeo. Su mayor superventas llegó con la serie Outback (varios tomos lanzados entre 2008 y 2014), en la que utiliza la naturaleza australiana para proyectar toda la agreste belleza de sus modelos masculinos, que se sienten libres y desinhibidos, haciendo gala del apellido del fotógrafo.

“El poder, la honestidad y la energía completamente inconsciente en los desnudos de Paul Freeman los hace distintos de muchos otros. Reconozco en su trabajo esas profundas corrientes de pasión que permiten una exploración sin restricciones del físico humano y de la sexualidad”, ha escrito otro famoso fotógrafo, Tom Clark, en la introducción a su libro StoryTime.

 Por su parte, el propio Freeman explica en su blog lo que entiende por esa masculinidad que ensalza en sus retratos: “Para mí, la masculinidad es más que la fuerza. Voy más allá. Para mí la masculinidad es el coraje de exhibir libremente también las debilidades, admitir tu vulnerabilidad emocional y expresar, como hombre, tus dudas e incertidumbres”. Cree que es el signo de los tiempos, el hombre que expresa sin pudor también su vulnerabilidad.

Y ampliando esa perspectiva vital y profesional, cree que la mejor batalla que se puede emprender hoy día es seguir insistiendo en liberar a hombres y mujeres de la opresión que ejerce el más rancio heteropatriarcado de acuerdo a unos clichés, y “avanzar en la madurez cultural e histórica, en igualdad y alegría, con vitalidad, despojándose de velos y sentimientos de pecado, de culpabilidad (Freeman fue educado en un colegio católico), en una especie de retorno al Edén”.

Añade: “Como gay que soy en una sociedad multicultural que afronta multitud de retos, siento que estoy en primera línea, en el frente, de la lucha contra creencias irracionales a las que yo he temido y de las que he intentado escapar toda mi vida. El mundo en general se muestra muy censor con todo lo relacionado con el desnudo masculino. Los rápidos cambios que ha traído la globalización, al menos desde mi perspectiva, han resultado a menudo más regresivos que vías para avanzar en este sentido. Las democracias liberales nunca han sido un lugar muy seguro para explorar nuestras libertades personales y nosotros debemos prepararnos y luchar para defenderlas”. De ahí que insista en que su trabajo reivindica el placer de disfrutar de la belleza del cuerpo masculino en todo su esplendor, desde la nuca a los pies, tanto para hombres como para mujeres, sin encorsetamientos ni prejuicios. Para liberarnos y abrir mentes.

Y termina: “Valoro especialmente a todos los hombres que han colaborado conmigo y que aparecen en mi trabajo, por haberse enfrentado a sus propios miedos y a las presiones para que respondieran a cierto tipo de macho altivo o siguieran las prescripciones de la moda, y optaran, sin embargo, por convertirse en héroes de mi modo romántico de ver la vida y el mundo, sin pudor ni prejuicios, seres carnales y pegados a la tierra, imperfectos en su perfección, chicos despreocupados que saben disfrutar la alegría de ser humanos con los pies en la tierra”.

Con los pies en la tierra, en la hierba y en el barro, entre pacas de heno y enormes neumáticos de maquinaria agrícola, que nunca estuvieron tan calientes ni sudorosos.

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