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Un dólar cambia la vida de los pequeños productores de látex

© Félix Romero

Uno de los componentes de los neumáticos, y de la mayor parte de los productos de goma, es el látex natural obtenido del árbol del caucho. Es el Hevea brasiliensis, originario de la Amazonía. Y esa sustancia viscosa y blanca que se extrae de él tras hacer una incisión en el tronco y se recoge en un pote, que contiene en torno a 36 por ciento hidrocarburo del caucho y que es la más elástica que existe, ya era utilizada por los nativos americanos para hacer pelotas antes de que llegaran los primeros españoles.

Actualmente, aunque continúa explotándose en Guatemala y Brasil, las grandes plantaciones del árbol del caucho están en el sudeste asiático: Tailandia, Indonesia, Vietnam, Camboya, India y, también, China, son, por este orden, los grandes productores. Asimismo, comienza a extenderse en Costa de Marfil y Camerún. Entre todos la superficie total de cultivo de este árbol se estima en 12 millones de hectáreas, según datos del IRSG (Grupo Internacional para el Estudio del Caucho, en sus siglas en inglés).

© Félix Romero

Y el 90 por ciento de las plantaciones pertenecen a pequeños propietarios que suelen tener entre 1 y 3 hectáreas de superficie, y en las que producen anualmente el 85 por ciento de las 12.000.000 toneladas del látex/caucho natural que supone la producción mundial de esta materia prima. De la que, volviendo al principio, el 70 por ciento se destina al sector de los neumáticos; el resto, a las muchas aplicaciones de este producto en otros usos de la industria automovilística, como las gomas de los limpiaparabrisas o de las ventanillas y los rellenos de los asientos, por ejemplo; pero también a la industria cosmética, aplicaciones médicas (en catéteres y odontología, entre otras), textiles, y fabricación de colchones, almohadas o preservativos.

Pero solo una pequeña parte de esas 12 millones de toneladas de látex/caucho se obtiene bajo un sistema de gestión responsable reconocido y certificado que acredite que la producción se realiza en unas condiciones económicas, sociales y ambientales viables, dignas, justas y sostenibles para las personas y los ecosistemas.

Ese sistema es el que certifica el FSC (Forest Stewarship Council, Consejo de Administración Forestal), entidad sin ánimo de lucro, que trabaja en todo el mundo promoviendo la gestión responsable de los bosques y las plantaciones de donde se extraen madera y otros productos forestales. Félix Romero, responsable de Desarrollo de Mercados de FSC Internacional, aporta el dato concreto: «la producción de caucho natural-látex certificada FSC representa aproximadamente el 0,3 por ciento del total, basándonos en la superficie de plantaciones de árboles del caucho certificadas FSC, -algo más de 32.000. hectáreas-, respecto a las totales que registra del IRSG». Obviamente hay mucho camino por recorrer, y en ello están.

© Félix Romero

Hay razones tanto sociales como ambientales de mucho peso para avanzar por esta vía. Romero, ingeniero Forestal y licenciado en Ciencias Ambientales, conoce bien ese mundo en el que lleva muchos años inmerso, primero en WWF España y ahora en FSC Internacional. «En general, el caucho es rentable y por eso se mantiene esa superficie de cultivo. Pero en los últimos años los precios han bajado porque están muy sujetos a especulación. Ocurre que es un sector en el que dominan los inversores que operan desde los centros financieros, sobre todo de Singapur y que no tienen nada que ver con el bosque ni las plantaciones. Compran y venden el producto sin verlo siquiera y ponen unos precios internacionales porque para ellos es una commodity, una materia prima más. Pero, ese precio que le ponen en los mercados, que ahora es más o menos de 2 dólares por kilo, determina lo que el agricultor cobra por él. Esos pequeños agricultores poco pueden hacer para marcar los precios, al contrario, tienen muy poca capacidad de decisión y están muy  sujetos a lo que les imponga el mercado. Sin más. Por eso, cuando el caucho no da dinero, si no les sale rentable, lo que hacen es al final del ciclo quitar esa plantación y poner cualquier otro cultivo que se pueda dar, desde palma aceitera a cacao o piña. Lo que sea».

© Félix Romero

Por eso, desde FSC están «intentando trasformar ese sector. Lo primero proponiendo a los agricultores que se organicen en cooperativas o simplemente agrupándose, y gestionen su superficie de manera conjunta, no cada uno por su cuenta, para que sea mejor y más eficiente. Y, por tanto les dé más beneficio». También teniendo en cuenta que las plantaciones del árbol del caucho están en zonas «de Sumatra, o Borneo, áreas donde hay especies emblemáticas como los orangutanes, rinocerontes o elefantes; es decir son el hábitat de especies muy amenazadas. Ahí el papel de FSC es asegurarnos que esas plantaciones también cumplan una función ecológica, independientemente de que en esos países el Hevea brasiliensis sea una especie exótica. Pero, ya que está implantada, que al menos los cultivos se gestionen bien, de manera que podamos establecer zonas de protección, corredores de fauna, etc. En definitiva hablamos de un diseño de las plantaciones que sea mucho más amigable para las propias especies de fauna».

La certificación, su obtención y mantenimiento, conlleva que la gestión de la plantación se adecúe a los 10 criterios para la gestión responsable de los bosques establecidos por FSC. Y una parte de ellos entran de lleno en los temas sociales «que en el tema del caucho es muy importante. Porque hay mucha mano de obra, que trabaja mucho y cobra muy poco dinero. Las condiciones son muy precarias y hay muchos intermediarios, por lo que, al final, el productor recibe una parte mínima de lo que se paga por el producto en el mercado». Además, en materia laboral es fundamental que no haya «mano de obra infantil, que se paguen salarios dignos y se proteja la salud laboral de los trabajadores, especialmente en lo que se refiere al manejo de productos químicos y en la gestión de residuos».

© Félix Romero

También se tienen en cuenta los valores y bienes culturales de la zona, por lo que la plantación ha de estar correctamente «identificada y cartografiada, con los bienes culturales, como templos, monumentos, etc., inventariados para conservarlos». Y previamente acreditar que en el terreno de la plantación «no se haya eliminado bosque natural para plantar árbol del caucho. Ciertamente, en mucho territorio que actualmente tiene plantaciones, había bosque. Pero se trata de que quien lo va a plantar no sea el responsable de esa deforestación. Si lo fuera no se le daría la certificación FSC».

Una parte de la plantación, el 10 por ciento en general, se dedica a protección y restauración ambiental. «En definitiva, el objetivo es que la explotación aporte rentabilidad económica y que no solo no comprometa el desarrollo actual de la comunidad, sino que sea útil para todos y para siempre, que es el lema de FSC».

Y, como tantas veces se dice, al final ¿todo esto para qué sirve? «En primer lugar, detalla Félix Romero, estamos hablando de un material natural, que es renovable, y que no está asociado a productos fósiles, como el caucho sintético elaborado a partir de petróleo, que quemamos acelerando el cambio climático, y del que la industria petroquímica obtiene los plásticos. Por el contrario, el látex procede de un árbol que está absorbiendo CO2».

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Y, en segundo lugar, la certificación FSC conlleva una diferencia en la propia etiqueta «que indica al consumidor final que se trata de un producto igual en su calidad y cualidades, pero diferente en toda la cadena de producción». Sin embargo, en este caso Romero pone más el peso en las industrias que utilizan esta materia prima «porque es más una cuestión de la responsabilidad corporativa de las empresas. Es decir, que un fabricante de neumáticos, o de automóviles, o un gran distribuidor de colchones, por ejemplo, decida introducir en su cadena de suministro una materia prima con la que pueda estar seguro de que viene de una gestión forestal responsable, que protege la biodiversidad y que no contribuye ni a la deforestación ni a procesos sociales o laborales negativos para la población, y en la que las condiciones laborales son dignas. Porque todo ello es bueno para su marca».

© Félix Romero

Uno de los argumentos que se suelen aducir para justificar la escasa demanda de productos sostenibles suele ser el precio, de manera que el látex no va a ser menos.  Félix Romero tiene hechas las cuentas sobre cuál pueda ser el impacto en el precio final de un neumático por incorporar látex o caucho certificado FSC en su fabricación: «Una rueda de un coche lleva más o menos 2 kilos de caucho natural, aproximadamente el 30 por ciento de todo el caucho que usa un neumático, -porque se mezcla con caucho sintético procedente de petróleo-. Cuanta más seguridad se requiere en un neumático más caucho natural se pone. Porque la estructura química del caucho natural es mucho más compleja que la del caucho sintético y resiste mucho más los golpes, los reventones, etc. Por poner un ejemplo muy claro: en una rueda de avión el 100 por 100 del caucho que lleva es natural, porque tiene unos altísimos requerimientos de seguridad contra reventones; mientras que una rueda de coche lleva más o menos el 30 por ciento. Pues, eso, en el mercado, el proveedor de caucho al fabricante de neumáticos le va a cobrar más o menos 2 dólares por kilo. Imaginemos, de eso, cuánto acaba recibiendo el productor. Y 2 dólares por kilo son 4 dólares en una rueda de un coche, que cuesta más o menos 80 euros. Lo que estamos diciendo, -resume Romero-, es que con un proceso de certificación, esa rueda vendría a costar más o menos entre 50 céntimos y 1 euro más. Es decir: el incremento en el precio final de un producto hecho con criterios de sostenibilidad, en este caso concreto, es mínimo. En un coche nuevo, si las 5 ruedas son así, el precio puede subir 5 euros, 1 euro más por rueda. ¿Dejaríamos de comprar un coche por 5 euros más? El incremento de precio, realmente, en este caso no existe. Y el beneficio que estamos generando en el bosque y en las comunidades es brutal. Ese es el contexto en el que nos movemos».

 ¿Es látex o es caucho?

«La materia prima es exactamente la misma, el árbol que lo produce es el mismo y se recolecta de la misma manera. Es el inicio del proceso químico donde comienza la diferencia», recalca Félix Romero. En su origen, el látex es un líquido espeso.

© Félix Romero

Esa gota blanca que sale del tronco del árbol del caucho y que poco a poco va llenando los potes que los agricultores colocan para recogerla, en un proceso similar al que se hace con la resina de los pinos. «En las pequeñas plantaciones son los propios agricultores quienes lo recogen cada día y lo van echando en bidones. En ese mismo bidón es cuando empieza el proceso que marca la diferencia: si se le añade amoniaco, el látex permanecerá líquido. Si, por el contrario, se quiere pasar a sólido, entonces se le echa ácido fórmico. Y eso ya es el caucho». El que se emplea para los neumáticos es el sólido, y el líquido «se mantiene así, con un nivel de limpieza más elevado que el sólido, para luego ponerlo en un molde para producir lo que sea: colchones, guantes, preservativos, etc.»

En una plantación se ponen más o menos entre unos 450 árboles por hectárea de árboles del caucho, «que generan unos 1.000 kilos por hectárea y año de látex. Si está certificada todos los bidones en los que se recogen se etiquetan y se transportan al almacén, donde tienen que estar separados de los que no están certificados. Todo el proceso desde la plantación hasta la fábrica está controlado, es lo que se llama la cadena de custodia. Que garantiza que el látex, o el caucho en su caso, que llega al fabricante del producto que sea es exactamente lo que se ha recogido en la plantación. Ni más, ni menos».

Por ello, insiste, «por un dólar más el kilo de látex al agricultor le arreglas la vida, pero el precio final aumenta solo de manera inapreciable. Ahora bien, el valor que le añade a las marca, de buena imagen, añade una las posibilidades de comunicación, incluso de publicidad, que son infinitamente mayores que el coste».

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