Vik Muniz, el artista brasileño que se lanzó a la fama con los recolectores de basura

Hay una película documental ‘Waste Land’ en torno a los recolectores de basura que malviven de lo que recogen en uno de los vertederos más grandes del mundo, en Río de Janeiro, premiada en numerosos y prestigiosos festivales de cine, como los de Berlín y Sundance, y que fue candidata a los Oscar en 2011, que cuenta una historia muy especial. La protagoniza el brasileño Vik Muniz, famoso por sus collages a partir de materiales poco habituales para crear arte: azúcar, chocolate, mermelada, juguetes y, de manera destacada, residuos, neumáticos incluidos. Es el personaje que traemos hoy aquí, a nuestra serie de Artistas que Miran en Verde.

 Muniz pasó tres años en uno de los mayores vertederos del mundo, el de Jardim Gramacho, ubicado en las afueras de Río de Janeiro, para crear su serie fotográfica Imágenes de basura (2008). Allí conoció y trabó una estrecha relación con un grupo de personas que sobrevivían vendiendo materiales reciclables que encontraban en el basurero. Gente que malvivía de lo que otros desechaban. Entiendo bien lo que pudo sentir Muniz, pues por entonces yo también estuve varios días con familias que vivían dentro de otro de los enormes vertederos de Latinoamérica, en México DF, para escribir un reportaje para El País Semanal en colaboración con la ONG Ayuda en Acción. Jamás olvidaré el olor fétido, sus ilusiones e inquietudes manchadas de podredumbre y el horizonte de montañas de basura con que se construía el día a día de aquella pobre gente pobre. Un día a día muy difícil de cambiar, pues además aquellos recolectores mexicanos estaban atrapados no sólo entre montones de residuos, sino también en la estructura mafiosa de los que denominaban ‘los reyes de basura’, un grupo de capos sin ningún escrúpulo, a los que poco o nada les costaba pegar un tiro y enterrar entre toneladas de basura al peón díscolo.

Así que no me extraña que Muniz, al conocer tan de cerca a esa gente, quisiera hacer algo por cambiarles el destino. Conmovido frente a la difícil realidad de esa gente, que sobrevivía con la recolección de latas, neumáticos o botellas, tuvo una idea: cambiar la vida de esas personas con los mismos materiales con los que trabajaban. Tomó fotos de los recicladores en medio del vertedero y luego las reconstruyó utilizando los objetos que ellos recolectaban. Esa ha sido su especialidad con la que ha alcanzado fama: hacer enormes composiciones-collages de residuos y luego fotografiarlos. Tomó las imágenes, las enmarcó y las puso a la venta en Nueva York. Uno de los recicladores estuvo presente en la subasta en la que su imagen fue vendida en 50.000 dólares. Al oír la cifra, el humilde joven se echó a llorar. Era más de lo que él podía ganar en toda su vida recogiendo desechos. El retrato, que proyectaba tanto la dignidad como la desesperación de su oficio, transformaría su vida, ya que todas las ganancias fueron para él y sus colegas.

Waste Land fue dirigido por la británica Lucy Walker y los brasileños João Jardim y Karen Harley, con la participación en la producción ejecutiva del conocido director brasileño Fernando Meirelles, autor de las magistrales películas Ciudad de Dios y El jardinero fiel.

 Su nombre es Vicente José de Oliveira Muniz, pero se hace llamar Vik Muniz. Este artista brasileño de muy humilde procedencia (nació en una favela de Sao Paulo en 1961), que vive a caballo entre Nueva York y Río De Janeiro, comenzó a realizar esculturas con solo 20 años, pero fue con el arranque del nuevo siglo y nuevo milenio cuando encontró un lenguaje propio y multidisciplinar, mezclando la escultura, el dibujo y el collage con la fotografía y la instalación. Él mismo ha dicho, aplicando el lema de MacLuhan de que “el medio es el mensaje”: “Cuando la gente contempla una de mis fotografías, me gustaría en realidad que no vieran allí algo representado. Preferiría que vieran cómo algo llega a representar otra cosa”. Más allá de lo formal, su intención es tender un puente entre el objeto usado y la imagen que representa y perpetuar el carácter efímero de sus materiales a través de la fotografía. Se hizo famoso a raíz de sus complejas y enormes obras realizadas con residuos y con las que quería reflejar la despilfarradora y desigual sociedad de consumo en que nos hemos embarcado. El salto definitivo en su carrera llegó en 2010, con ese Waste Land.

No era la primera vez que este artista al que podríamos calificar de estética pop rebasaba los límites del arte para extenderse por el territorio de la solidaridad. En una serie anterior, Niños de Azúcar (1996), denunciaba el trabajo infantil en las plantaciones de azúcar de la isla St. Kitts, en el Caribe. Muniz quiso reflejar la despreocupada alegría con que vivían los niños, en contraste con los adultos, cuya existencia había sido apagada tras tantos años de trabajo devastador. Para capturar ese momento de felicidad, utilizó granos de azúcar que dibujaban sus sonrientes caras.

Por todo este compromiso social, la Unesco lo designó en 2011 Embajador de Buena Voluntad. Y en 2013 le dieron el Premio Cristal que el Foro Económico Mundial otorga a los artistas destacados que usan su trabajo para mejorar la calidad del mundo. Además de sus actividades artísticas, Muniz participa en diversos proyectos educativos y sociales en Brasil y Estados Unidos. Uno de ellos es Escola Vidigal, una escuela de arte y tecnología para niños de bajos recursos de la empobrecida comunidad de Vidigal, en Río de Janeiro.

En la historia personal de Vik Muniz hemos de resaltar también otro episodio que, como el de los recicladores del vertedero de Río de Janeiro, marcó su vida. Fue la mala suerte lo que determinó su futuro de buena suerte. Un mal día, cuando vivía en Sao Paulo, una bala perdida de un revólver alcanzó accidentalmente una de sus piernas. Se despertó en el hospital y el causante de la desgracia le ofreció dinero por los daños ocasionados y para evitar la denuncia y el juicio. Con ese dinero decidió hacer un viaje para visitar Estados Unidos; allí se quedó prendado de todo el magnetismo que desprendían los museos de Nueva York (algunos de los cuales ahora incluyen obras suyas en sus colecciones), y optó por quedarse. Hasta hoy.

El brasileño es otro de esos artistas de la basura que nos encanta traer a este blog, por cuanto nos ayudan a revalorizar los residuos como lo que realmente son, recursos para nuevas vidas, bien en forma de reciclaje o de reutilización; también por todo lo que nos cuentan de nuestra sociedad y nuestra forma de consumir. Para esos inmensos collages que monta pacientemente y luego fotografía se vale de latas oxidadas, de pilas de neumáticos desgastados, de botellas de gaseosa vacías, de tapas de inodoros desechadas… Y con todo eso construye imágenes poéticas y enigmáticas, que a menudo ironizan sobre grandes iconos de la historia del arte. Con sus collages de basura ha reproducido obras desde Miguel Ángel a Goya. Entre llantas y garrafas podemos distinguir los trazos de grandes maestros de la pintura.

En los últimos años, Vik Muniz ha expuesto sobre todo en Estados Unidos –allí su obra forma parte de importantes colecciones y museos, como el MOMA, el Metropolitan, el Instituto de Arte de Chicago, el Centro Internacional de Fotografía en Nueva York, y los museos de Bellas Artes de Houston y Boston- y Latinoamérica (Brasil, Venezuela, Colombia…). En España hemos tenido la oportunidad de ver en 2012 una retrospectiva en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, más una exposición en la galería madrileña Elba Benítez; y el año pasado en la colectiva Hybris del MUSAC, en León. Ahora mismo está exponiendo hasta el próximo mes de junio en el Belvedere Museum de Viena, la pinacoteca que guarda el famosísimo Beso de Gustav Klimt. Preocupado siempre por la trastienda, lo que no se ve, el resto, el residuo, Muniz expone en Viena el reverso de grandes lienzos, lo que está por detrás.

Muniz es un habitual de la prensa latinoamericana. Refiriéndose a su trabajo en torno a esta civilización del exceso, ha declarado en el diario peruano El Comercio:La revolución industrial transformó nuestra percepción y para ello la fotografía fue una herramienta muy importante. La gente empezó a acceder al mundo a través de la imagen, y a generar deseos que no podían ser satisfechos. La dicotomía entre el ser y querer ser se exacerbó sin mesura. Para mí, la definición de exceso es la discrepancia entre lo que necesitas y lo que quieres tener. Yo nací a las afueras de una favela de Sao Paulo, y, desde esta perspectiva, puedo estar en una gala del Metropolitan de Nueva York o recibir el encargo de un oligarca ruso para su chalet. Mi responsabilidad no es solo mostrar el contraste entre estos dos mundos, sino hacerlos encontrarse, como sucedió en todo el proyecto Waste Land”.

Y en declaraciones al diario argentino La Nación nos da más pistas sobre sus obras-collages de desechos: “Detesto el arte que le dice a la gente qué es lo que está viendo, qué es lo que tiene que pensar. Para mí, el artista crea situaciones, algunas más personales, otras con un significado más universal, pero de cualquier modo crea una relación entre la obra y el espectador. Quiero que los espectadores tengan con mi obra relaciones intensas, complejas, profundas. Pero cada uno viene con un conjunto de experiencias personales, de ideas, de prejuicios… Todo eso hace que la relación entre el espectador y la obra sea un producto único, personal, y eso es lo más bonito”.

Seguramente muchas de las reflexiones sobre esta sociedad del exceso y del despilfarro que le surgen mientras monta sus gigantescas composiciones con miles de objetos desechados le trasladan hasta la favela de Sao Paulo donde se crio, y donde estaban acostumbrados a aprovechar y reaprovechar lo máximo posible.