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Biológico, orgánico y ecológico. Descubre las diferencias

Con esto del consumo responsable nos estamos (nos están) liando. Porque no es lo mismo productos ecológicos que biológicos, orgánicos, naturales o sostenibles.

Un alimento ecológico puede perfectamente ser malo para nuestra salud si es un ultraprocesado de cuyo consumo abusamos. Y puede ser terrible para el medio ambiente si procede de la otra parte del mundo y nos llega congelado o envuelto en toda clase de plásticos, por muy ecológico que se presente.

Puede ser biológico porque se ha producido sin usar productos químicos, pero puede ser absolutamente insostenible si para obtenerlo se sobreexplotan acuíferos, destruyen bosques, utiliza mano de obra semiesclava o maltratan animales.

Para ponérnoslo todo aún más difícil, las diversas etiquetas no nos aclararán todas las dudas. Como siempre, la responsabilidad final de elegir bien o mal recaerá en nosotros, en que tengamos las ideas bien claras.

Y también, no nos queda más remedio, será necesario dedicarle mucho tiempo a revisar los etiquetados de lo que compramos, esquivando los mensajes falsos o torticeros de la invasiva publicidad. Seguramente, y ahí tenemos un reto añadido, deberemos preguntar muchas veces a nuestros vendedores todos estos detalles que nos preocupan con la insistencia de un martillo pilón.

Pero aclaremos conceptos. Como explican Laura Villadiego y Nazaret Castro en su libro Carro de combate, “si el consumo es un acto político, la primera batalla es la de la información”.

Alimentos ecológicos

Primer lío, el idioma. En España llamamos Ecológico a lo que en los países anglosajones denominan Organic (orgánico) y en Alemania o Francia llaman Bio, pero en todos los casos hacen referencia a lo mismo. Son productos que se ajustan a un estricto reglamento europeo de producción y etiquetado más respetuoso con el entorno.

En el caso de la agricultura ecológica prohíbe el uso de pesticidas y fertilizantes sintéticos o plantas transgénicas. Para la agricultura ecológica, los piensos deben de estar certificados como ecológicos, no se aceptan modificaciones genéticas, está prohibido el uso de hormonas, restringidos los antibióticos y quedan excluidas grandes explotaciones donde no se garantice un mínimo bienestar animal.

El famoso sello de agricultura ecológica europea, la hoja verde con las estrellas, es siempre garantía de estas buenas prácticas perfectamente controladas y certificadas.

España es el máximo productor de productos ecológicos certificados en el continente y el cuarto en el mundo de una industria que va en aumento, aunque la mayor parte se dedica a la exportación. De aquí a 2030, está previsto que el 25 % de las tierras agrícolas de la UE se cultiven de forma ecológica, gracias a la ayuda de la estrategia de la UE denominada “de la granja a la mesa”.

Verás hamburguesas vegetales hechas en Alemania con soja china y pimientos peruanos envasados al vacío en duro plástico, pero eso sí, todo muy bio.

Algún dato más. Un producto solo puede llevar el logo de ecológico si contiene al menos un 95% de ingredientes ecológicos y si el 5% restante cumple unas condiciones estrictas. El mismo ingrediente no puede estar presente de forma ecológica y no ecológica.

Pero ojo, que este tipo de alimentos no son la panacea. Lo advierte José Miguel Mulet en su libro Ecologismo real: “El reglamento de agricultura ecológica se basa en que todo lo que se utilice en el cultivo sea natural. No se habla de consumo de proximidad, huella de carbono o huella hídrica”. Vete al herbolario del barrio y verás ejemplos prácticos de hamburguesas vegetales hechas en Alemania con soja china y pimientos peruanos envasados al vacío en duro plástico, pero eso sí, todo muy bio.

Productos ecológicos

Terminemos de liarnos. Los productos ecológicos son diferentes de los alimentos ecológicos y tienen un logo distinto, la Etiqueta Ecológica Europea (EEE) o Ecolabel. Para entendernos, son la sección de los no comestibles: cacharrería electrónica, higiene, productos de limpieza y de jardinería, lubricantes, muebles, pinturas y barnices, complementos del hogar, papel, ropa e incluso hoteles y cámpings.

Esta etiqueta demuestra que el producto cumple criterios ecológicos estrictos, desde las materias primas usadas hasta su reciclaje. Pero atención, no significa que su producción sea ecológica, al estilo de los alimentos.

Así, por ejemplo, en un detergente obliga a no usar elementos cancerígenos, estar libre de los contaminantes fosfatos, no contener microplásticos y ser eficiente con agua templada, entre otros requisitos, pero es pura química convencional.

Los electrodomésticos con la Ecolabel deben generar menos CO2 en su fabricación y uso, ser más eficiente los recursos en cuanto ahorro de energía, agua y materias primas, deben durar más y ser más fáciles de reparar y reciclar, pero tampoco tienen nada que ver con un origen diferenciado.

Productos sostenibles

Aquí llegamos a la madre del cordero. ¿Qué significa ser sostenible? Básicamente, son sistemas de producción convencionales que no pueden aspirar a ningún sello y se acogen “bajo sagrado” a la palabra más manoseada del siglo XXI. Forman parte de esa gran familia del marketing alimentario del tipo “hecho en casa” o “receta tradicional”, carente de significado real y que ofrecen confianza al consumidor sin que nadie de confianza lo pueda acreditar de forma fehaciente.

A su favor tienen que suelen apostar por pequeños productores relativamente locales, pero detrás de ellos están las grandes marcas. Eso sí, siempre será mejor esto que nada.

¿Solo los productos certificados son ecológicos?

No necesariamente. Cualquier producto con un bajo impacto medioambiental es ecológico, tenga o no etiqueta, pero en estos tiempos de incertidumbre no sirve con fiarte de quien te lo diga, salvo que te fíes mucho de él.

El certificado oficial te da garantías testadas de que es verdad lo que asegura quien te lo vende, al basarse en la verificación técnica hecha por un tercero según unos estándares internacionales. También confirma que se ha respetado la cadena de producción y no te han colado mezclas.

Como conclusión, la de siempre: échale tiempo a revisar etiquetas y sellos, a tener una lista personal de productos y productores de confianza, a apostar por la sostenibilidad, lo natural, local y de temporada. Al principio cuesta un poco, es verdad, pero enseguida se convierte en hábito saludable. Para ti, los tuyos y el medio ambiente.

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