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Reciclaje

La ‘mina de oro’ oculta en los aparatos electrónicos

Si pensáramos en una forma de extraer oro, cualquiera se imaginaría un western en el que un vaquero armado con una batea se pasa horas en el cauce de un río lavando arena para intentar encontrar una pepita de oro. Son pocos los que continúan con esta labor en la que es difícil tener éxito.

Encontrar oro es un sueño de la Humanidad desde tiempos inmemoriales. Y sin embargo, hoy, sin apenas darnos cuenta, estamos rodeados de oro por todas partes. Sin ir más lejos, y según un informe de Naciones Unidas y PACE, hasta el 7% de todo el oro que hay en la Tierra puede estar contenido en desechos electrónicos, de tal forma que hay 100 veces más oro concentrado en una tonelada de desechos electrónicos que en una tonelada de mineral de oro. Sí, un smartphone, una televisión o un ordenador tienen oro. De hecho se calcula que si se juntaran 41 smartphones de gama alta (que son los que emplean más cantidad de este mineral por ser uno de los mejores conductores de electricidad) se obtendría un gramo de oro. Esto significa que, al precio actual, si se extrajera el oro de esos 41 terminales obtendríamos alrededor de 57 euros. Es decir, en nuestro bolsillo llevamos 1,39 euros de oro.

Pero no sólo de oro vive cualquier producto tecnológico. En un ordenador o en un móvil también hay plata, níquel, cobalto o litio entre muchos otros. Y la inmensa mayoría de todos esos metales no sólo no se aprovecha sino que acaban formando montañas de basura electrónica. El estudio de la ONU señala que el valor anual de los desechos electrónicos que se generan en todo el mundo supera los 62.500 millones de dólares, más que el PIB de Estados Unidos, la Unión Europea y China juntos. Es decir, cada uno de los habitantes del planeta genera al año más de seis kilogramos de basura electrónica, lo que equivale al peso de todos los aviones comerciales que se han fabricado hasta la fecha.

Minería urbana

La apuesta por la economía circular podría paliar, al menos en parte, uno de los mayores desastres medioambientales a los que se enfrenta el planeta. Y lo puede hacer en dos frentes. La estampa bucólica del cowboy buscando oro forma parte del imaginario colectivo, pero está alejada de la realidad. La tecnología y muchas otras actividades, necesitan de la extracción de metales para que pueda seguir progresando. El problema es que la minería no está exenta de complicaciones medioambientales. Para extraer cualquier tipo de mineral hay que destruir un ecosistema, acabar con capas de suelos, generar emisiones y gases nocivos o consumir grandes cantidades de recursos. Además, un proceso minero degrada de la tierra, incrementa la deforestación, hunde terrenos, contamina el agua y el aire debido a la liberación de gases y polvo además de producir daños casi irreversibles a la flora y fauna del área que la rodea. Y aunque una mina se cierre permanentemente, seguirá contaminando dado que continuarán permaneciendo contaminantes en las aguas o generando toxicidad en el aire.

Los teléfonos móviles esconden 100 millones de euros en oro solo en España

Invertia (junio 2021)

La obtención de determinados minerales para fabricar productos tecnológicos ha de hacerse obligatoriamente con procesos de minería… hasta ahora. En los últimos tiempos ha cobrado interés el concepto de minería urbana que no es más que extraer de forma separada cada uno de los minerales que componen un producto. Sí, el oro del teléfono móvil que mencionábamos al principio. El oro, el cadmio, el niquel, la plata y cualquier elemento que componga el smartphone. El concepto, creado en el siglo XX, pretende aprovechar cada desecho que se genere, de tal forma que los minerales que se obtienen dejan de convertirse en residuos para transformarse en materias primas secundarias.

¿Y por qué es ahora cuando la minería urbana está cobrando vigor?

Básicamente por tres motivos. El primero porque hay una mayor concienciación en torno a la sostenibilidad y la importancia que empieza a tener entre las empresas la denominada economía circular. En segundo lugar porque estamos hablando de materias finitas. Se calcula que en los próximos 100 años ya habremos acabado con todas las reservas de metales como el Indio, empleado para hacer las pantallas de televisores, monitores o móviles. También estará muy comprometida la obtención del Litio, un elemento fundamental para la fabricación de las baterías de coches eléctricos así como de portátiles o smartphones. Pero no sólo hablamos de metales, también de gases como el helio, que además de para inflar globos, se emplea en los escáneres de resonancias magnéticas. Además, escasean los minerales de tierras raras como el lantano, el promedio, el gadolino, el lutecio o el prasedomio que se utilizan, entre otras cosas, para generar la energía eólica, fabricar paneles solares, bombillas LED, imanes o cables de fibra óptica. La UNESCO publicó en 2019 una Tabla Periódica de los Elementos en la que con los colores de un semáforo daba los datos de las posibilidades de agotamiento de cada uno de ellos en los próximos 100 años.

El argumento del coste

Ya sólo con esta serie de datos deberíamos plantearnos si realmente debemos cambiar de móvil cada pocos meses o si incluso necesitamos hacer ese cambio comprando uno nuevo en lugar de uno reacondicionado.

Son muchas las personas (y también Gobiernos y determinados partidos políticos tendentes a la demagogia más barata) a las que esta serie de argumentos no convencen. Pero como en casi cualquier apartado relacionado con la sostenibilidad, el primero de los “argumentos de venta” se encuentra en el coste.

Hasta hace no mucho tiempo extraer los minerales o materiales que componen un teléfono inteligente o un ordenador para separarlos y a continuación darles una nueva vida era muy costoso. Mucho más que extraer cualquier mineral de una mina. Ya no. Existen numerosos estudios que demuestran que la minería urbana es mucho más rentable que la tradicional.

La tecnología ha ayudado a reducir esos costes de separar, clasificar y volver a llevar al mercado los componentes de un ordenador o un smartphone. Los diferentes cálculos sitúan que , los costes asociados a este tipo de reciclaje (recolección de residuos, mano de obra, energía, materiales, transporte y tecnología) se han desplomado durante la última década. Mientras, las dificultades cada vez mayores de la minería tradicional han doblado sus costes. Así, extraer un kilo de cobre a través de la minería urbana cuesta algo menos de 1,70 euros, mientras que hacerlo mediante la minería tradicional cuesta prácticamente lo mismo pero produciendo un importante impacto ambiental. Si vamos al oro del teléfono, vemos que extraer ese kilo tiene un coste de 1.290 euros con la minería urbana y de ¡33.400 euros! si se utiliza la extracción tradicional.

La minería urbana trae consigo además de ser más sostenible y beneficiosa para el planeta otra serie de bondades. Entre ellas, una mayor generación de empleo. Un empleo que es accesible y que no requiere de una formación muy avanzada más allá de las medidas de seguridad que hay que tomar al tratar con materiales que en algunos casos son contaminantes.

En definitiva, la minería urbana proporciona ventajas económicas, pero además, se encuentra encuadrada en los ODS y es una necesidad ambiental y una obligación social que se debería tener en cuenta por Gobiernos, empresas y usuarios.

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