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Fernando Valladares, científico: “Lo que le va bien al medio ambiente nos va bien a nosotros”

Fernando Valladares

Fernando Valladares es doctor en ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, con premios extraordinarios de licenciatura y doctorado y premio internacional Mason Hale. Es profesor de investigación del CSIC, donde dirige el grupo de Ecología y Cambio Global en el Museo Nacional de ciencias Naturales. También es profesor asociado de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Pero ante todo es uno de los mejores divulgadores científicos de España. Pronuncia conferencias, participa en debates televisivos y radiofónicos, escribe artículos para los mejores periódicos y es muy activo en las redes sociales a través de su canal en YouTube y su blog La salud de la Humanidad.

Galardonado por los periodistas ambientales de APIA por su “capacidad didáctica para explicar con rigor y claridad, desde la ciencia, la relación entre el coronavirus y la pérdida de biodiversidad”, lo entrevistamos en nuestras “Charlas en Verde”, los directos en la cuenta de SIGNUS Ecovalor en Instagram.

¿Eres un científico ecologista, un ecologista científico o, sencillamente, una persona bien informada?

Cuando era joven, Félix Rodríguez de la Fuente me influyó mucho y tenía una sensibilidad especial por conservar el medio ambiente. Luego me dice biólogo, me dice científico y profesional de estudiar el medio ambiente. Ahora, después de 30 años desde que leí la tesis, estoy en una fase muy madura en investigación, y ante la gran crisis ambiental en la que estamos me he lanzado a contar la evidencia científica sobre el cambio climático o las pandemias y otras amenazas que tenemos la especie humana y que las hemos generado nosotros mismos. Soy una especie de científico que ahora está volviendo un poco a sus orígenes del activismo, pero de un activismo informado. Algunas veces me pongo más el sombrero de activista y otros más el de científico, pero en general soy más un académico con formación que intenta ponerla al servicio de causas, de estrategias o de planes para lograr un cambio social que nos haga más compatibles con la vida en el planeta.

https://youtu.be/5nOiaQTOTwE

A vosotros los científicos también da la impresión de que nadie os hace caso. O no os entendemos o no nos tomamos en serio vuestros avisos.

Nos hacen algo de caso, pero es una atención que se interrumpe, no es continuada y no da lugar a una estrategia social sostenida. Ha pasado con el coronavirus. Las primeras semanas o meses teníamos a Fernando Simón contando casi a tiempo real cómo iba la pandemia y eso nos hizo mirar todos hacia la ciencia. Pero luego hemos pensado que el verano es el verano, las costumbres son las costumbres, y se empezaron a tomar decisiones no científicas y se fue desdibujando el discurso científico. Ya avisamos de que esas decisiones provocarían un segundo rebrote y por desgracia así ha ocurrido.

Tenemos la certeza de que vamos por mal camino

El otro día publicaba una diapositiva que tenía valor documental. Era una de tantas sobre el cambio climático pero que mostré por primera vez hace 21 años en una conferencia que di en Barcelona. Y la saqué por ese valor testimonial de que desde entonces no ha cambiado prácticamente nada. Los informes del IPCC del año 1991 decían prácticamente lo mismo que dicen ahora. Claro que ha mejorado la comprensión que tenemos del sistema climático y lo mismo podríamos decir de las pandemias o de la contaminación, pero en el fondo seguimos diciendo lo mismo. Por eso los vídeos y mensajes de Félix Rodríguez de la Fuente son ahora tan actuales, porque en el fondo él ya se quejaba de que a los científicos no les escuchaban los políticos. Y eso lo decía hace 40 años.

No se trata de reclamar mi sitio de científico. Es que creo que tenemos una mirada a la realidad bastante objetiva en un tema muy controvertido como es el de las pandemias. Con las medidas de prevención hay mucho margen de subjetividad y la ciencia puede poner un poco de frialdad, de racionalidad a las decisiones que se tomen. Aplicar probabilidades y luego, por supuesto, permitir que la sociedad tome sus propias decisiones, pero que sean decisiones informadas basadas en modelos epidemiológicos o climáticos.

Pero también es verdad que hay científicos que dicen una cosa y otros que dicen la contraria. No sabemos cuál es la verdad inmutable que debemos seguir.

La ciencia funciona con la discrepancia. Es el arte de discrepar, no de pelearse ni de decir yo creo. En ciencia el yo creo no tiene lugar. Los científicos, cuando acabamos de dar una conferencia o contar unos resultados, nos podemos ir a tomar una cerveza y entonces sí que sale el yo creo. Pero cuando doy una comunicación o presento algún resumen científico no utilizo la palabra yo creo, yo le asigno una probabilidad a lo que digo. Propongo un modelo matemático. Pongo los datos que hay detrás para una determinada afirmación.

Es lógico que cuando estás en el límite del conocimiento haya discrepancias. Pero una cosa es discrepar y otra es que no me creo nada porque ayer un científico decía blanco y otro decía negro. Si nos fijamos, los científicos normalmente están entre el gris marengo, el gris pizarra o el gris antracita. No sabemos exactamente la temperatura que va a hacer en Cuenca dentro de 40 años, pero que va a hacer más calor está claro. Y te podemos dar una horquilla de la temperatura de Cuenca. Pero si utilizas el modelo de Oxford o el modelo de Princeton te sale un aumento de 1,8 ó 2,4 grados. Eso no significa que no sepamos nada. Hay discrepancias, pero esa matización enriquece el debate.

Lo comentas en esa nueva serie de televisión recién estrenada en la que participas, “Porvenir”. Decís: “No es lo que va a pasar, es lo que nos va a pasar”.

Tenemos la certeza de que vamos por mal camino. La experiencia con esta serie en la que ha participado tanto en el guion como incluso de actor o medio científico actor busca una nueva narrativa del cambio climático. No terminamos de llegar a un sector de la sociedad que vive un poco de espaldas a la naturaleza y que piensa que todas estas cosas son pequeñas anécdotas que no van a frenar al Homo sapiens en su desarrollo. Pero es lo más probable que nos puede pasar. Ojalá el pensamiento científico con proyectos como éste vaya entrando y calando en toda la sociedad.

¿Y no nos pasamos de tremendistas?

Ese es el equilibrio maestro que hay que tener. Yo antes también me ponía en un discurso un poco Nostradamus, porque en esos años la gente prácticamente no había oído hablar de cambio climático y tenías que generar un impacto. Ahora el impacto ya está conseguido. Las estadísticas revelan que casi el 88% de los españoles no solo cree que el cambio climático existe, sino que es una de las principales amenazas que tenemos. No hay que cargar más las tintas. Ahora hay que buscar nuevas narrativas. No sentirnos paralizados por el pánico, pero tampoco dejarnos llevar por el Carpe diem, si esto va a explotar pues que me pille feliz, voy a emitir todos los gases de efecto invernadero en una semana que podía haber emitido en toda mi vida, aunque reviente.

Lo importante es conseguir que la gente encuentre una motivación en ser parte de un momento histórico que nos obliga a acometer un cambio profundo en nuestras vidas. Porque tampoco el enfado es una buena solución. Una parte de la sociedad está ya un poco harta de todas estas nuevas limitaciones, todas estas nuevas responsabilidades con el reciclaje, con el transporte, con el consumo. Pero no se trata de molestar a la gente por molestar, se trata de afrontar un cambio importante para evitar problemas como por ejemplo esta pandemia que nos ha llegado por culpa de la pérdida de la biodiversidad.

Háblanos de esa relación entre destrucción de la naturaleza y coronavirus

La relación entre virus y pérdida de la biodiversidad la conocemos desde hace mucho tiempo. Hay una frase que me gusta mucho que dice que lo que no vemos no existe y la gente no ve un proceso ecológico. Es algo que ocurre, puedes medirlo, interpretar sus efectos, pero normalmente un proceso ecológico no se ve. La fotosíntesis no se ve. La polinización no se ve; puedes ver el polinizador, pero no el grano del polen entrando por el tubo polínico. Los procesos ecológicos no se ven y por lo tanto uno tiende a ignorarlos. Eso ocurre con muchas de las funciones que realiza la biodiversidad. Una de esas funciones que no habíamos visto era la protección que ejerce la biodiversidad ante el riesgo de zoonosis, estas infecciones que se originan en animales y que pueden saltar a la especie humana.

El coronavirus es una zoonosis que con la globalización y la simplificación de la naturaleza es difícilmente controlable. La biodiversidad tiene tres mecanismos que ninguno de ellos es perfecto y que ninguno nos va a proteger al 100% de una zoonosis, pero que juntos reducen la probabilidad de un contagio. Es un tema de probabilidades. Tú puedes tener delante a una persona contagiada de coronavirus y no contagiarte o sí contagiarte. Cuanto más cerca estés de esa persona, cuantos menos mecanismos de protección tengas, aumentas las probabilidades del contagio. Los grandes grupos funcionales establecen entre sí distintas relaciones que hacen difícil que ninguna especie pueda saltarse los controles demográficos. Eso nos puede proteger de una zoonosis, porque alguna de esas especies puede tener un virus o una bacteria peligrosa para nosotros, y si están en un ecosistema en el que no faltan las especies principales, las probabilidades de que por ejemplo un roedor o un murciélago salte demográficamente y sea mucho más probable el contacto con humanos son muy bajas. Pero si empiezas a quitar especies de ese ecosistema, aumenta la probabilidad de encuentros porque la falta de control demográfico permite aumentos poblacionales.

Tener cerca una zona verde te hace vivir 3 o 4 años más”

Otro mecanismo es la diversidad de especies dentro de un mismo grupo funcional. No es lo mismo tener una especie de aves que muchas especies de aves. Eso se ha visto en el caso del virus del Nilo Occidental. Cuando hay muchas especies de aves esas especies pueden compartir el patógeno y se diluye la carga vírica. Hay como pequeños cortafuegos entre unas especies y otras. Riesgo cero con las pandemias no existe, pero ojalá tuviéramos el nivel de riesgo que teníamos hace 80 años.

¿Quieres esto decir que vamos a peor?

Claro que sí. En los últimos 40 años el 70% de las enfermedades emergentes o nuevas son zoonosis. Este ritmo no se había dado nunca. Hace 5 ó 6 años las Naciones Unidas ya habían avisado de que teníamos muchas papeletas para un riesgo zoonótico semejante al que estamos sufriendo ahora. Y van a saltar más si no cambiamos las causas últimas.

El historiador y escritor israelí Yuval Noah Harari ha dicho: “Nos esperan cosas muchísimo peores que la covid-19 si no tratamos el problema medioambiental”

Sin duda que va a ocurrir. A mí me gusta enfatizar que la pérdida de biodiversidad, el riesgo de pandemias, la contaminación y el cambio climático, que son las principales amenazas que recibimos del ambiente y que las hemos causado nosotros, nos vienen de vuelta como una especie de bumerán. Todo tiene una causa común, que es la insostenibilidad ambiental. Esta degradación de los ecosistemas hace que cada vez funcionen peor. Nos acordamos de la función protectora de la biodiversidad cuando sufrimos sus consecuencias, pero antes nadie se acordaba de ella.

Danos consejos para ser más sostenibles. ¿Cuáles son esas cosas que podemos hacer cualquiera de nosotros para mejorar el mundo?

Hay muchas cosas que podemos hacer. La primera es encontrar motivación y eso requiere tener una actitud positiva, porque los cambios que afrontemos no van a ser muy cómodos. Pensemos primeramente en la gobernanza global, cómo elegimos a nuestros representantes que serán luego los que tomarán las decisiones globales. Muchas veces nos vamos a la acción individual y doméstica, pero nos hemos saltado un nivel muy importante que es el político en el sentido noble de la palabra política.

Hay que ser conscientes de ese nivel de acción, a quién votas, qué compras, a qué compañías apoyas, qué campañas más solidarias o menos sigues. Las decisiones grupales son muy importantes. De poco sirve que tú o yo reciclemos todas las bolsas de plástico de nuestra casa. Hagámoslo, pero es mucho más importante formar parte de un colectivo que globalmente descarta el uso del plástico. Ése es el nivel al que hay que llegar.

Ver una película en Netflix tiene las mismas emisiones que un viaje en coche de 20 kilómetros

Ahora vayamos a la tercera parte de las recetas. Propongo que cada uno de nosotros haga una lista personal. Busquemos esa lista más motivadora, como comer menos carne, usar menos plástico, ir en bicicleta, en transporte público, aislar la casa, viajar menos en avión, … qué sé yo. Puedes hacer la lista todo lo larga o corta que tú quieras, pero lo más importante es que le añadamos dos columnas. Una con el grado de importancia, dependiendo del efecto ambiental que podamos lograr en una escala del 1 al 3. Por ejemplo, ver una película en Netflix tiene las mismas emisiones que un viaje en coche de 15 kilómetros. La segunda columna que matizaría mi lista es la de la viabilidad. Cómo de factible es para mí ponerlo en práctica, con mi vida real, sin engañar a nadie.

Al final nos quedaremos con aquellas cuatro o seis cosas de esa lista que dentro de las que más impacto positivo tienen son las más viables para ti. Son las que tú puedes hacer.

Al final lo más importante es la motivación

Y una de las motivaciones más transversales es precisamente ser parte de un movimiento histórico. Estamos en un momento en el que todas nuestras acciones, mejor o peor encadenadas, pueden contribuir a salirnos de ese rumbo de colisión que llevamos. Y eso tiene que darte ilusión. Tienes que convencerte de que es así. Reciclas porque eso también te empodera, se va generando una sociedad informada y activa que va ganando derechos por seguir en ese rumbo.

Aseguras que la biodiversidad de los parques urbanos tiene muchos y muy positivos efectos en nuestra salud.

Uno de los principios que me obsesionan son las conexiones. Por ejemplo, hay una relación directa entre la salud de las personas y la salud de los ecosistemas. Lo que le va bien al medio ambiente nos va bien a nosotros y viceversa. Tanto en la dieta de lo que comemos como en la composición atmosférica que respiramos, las cosas que van bien a nuestros pulmones o a nuestro sistema digestivo también le van bien al Planeta.

Respecto a la naturaleza en las ciudades, lo que ocurre es que nos hemos olvidado de ella. Vemos documentales preciosos, pero luego vivimos en ciudades alejadas de esos espacios naturales. Sin embargo, en las ciudades también hay naturaleza, aunque sea en jardines. Hay un trabajo que me gusta mucho citar que estudió con más de siete millones de personas en 8 países del mundo el efecto que tienen las zonas verdes sobre la salud de las personas. La gente que vivía en un radio de 500 metros de una zona verde en sus ciudades vivía entre 3 y 4 años más. No estamos hablando de que estés más feliz, es que me mola el rollo verde, no. Es que vivimos 3 o 4 años más. Y no es una suposición. Es algo que está medido y comprobado científicamente.

También es algo de cajón. Somos una especie biológica. Aunque haya gente que vive un poco de espaldas a naturaleza, incluso a esas personas las sientas debajo de un árbol que da una buena sombra y psicológicamente se sienten mejor. Hay indicadores fisiológicos que demuestran cómo se reducen los síntomas de ansiedad o de estrés. Somos una especie biológica al 99%. Las personas disfrutamos de la naturaleza y en las ciudades hay esos espacios, aunque sea una naturaleza simplificada, que cumplen la misma función psicológica y también ecológica y ambiental y nos protegen de un montón de cosas.

Aseguras que la contaminación expande la covid-19.

Eso es un ejemplo tremendo de cómo interaccionan las cosas y se amplifican los impactos. Pero por desgracia es así. El cambio climático, el coronavirus y la contaminación están muy relacionados. El calentamiento global facilita y hace mucho más fácil la vida a vectores de enfermedades infecciosas. Ahora se sabe que incluso hay algunos patógenos que se ven favorecidos por el calentamiento global. Pero también se ha visto en estudios realizados en ciudades del norte de Italia o de Estados Unidos que el respirar aire un poco contaminado, solo con un microgramo más de partículas contaminantes por metro cúbico durante unos meses, la probabilidad de mortandad por coronavirus aumenta un 15 %. Es un efecto muy directo, aparte de que también se especula con que las propias partículas contaminantes pueden ser vehículos de expansión del virus. Lo que sí que está claro es que respirar aire contaminado nos hace mucho más vulnerables a los efectos de la enfermedad.

Por eso, si limpiamos la atmósfera de las ciudades, reducimos el impacto del cambio climático, mejoramos directamente nuestra salud y nos hacemos menos sensibles al coronavirus en el caso de que lo lleguemos a contraer.

Da la impresión de que cada vez más aceptamos ese cambio de modelo hacia otro más sostenible, pero con la idea de que nada va a cambiar.

La transición solo puede ser justa. Estamos acostumbrados a elegir y pensamos que todo se puede elegir. El cambio del modelo socioeconómico que necesitamos se relaciona con la naturaleza de forma no destructiva y por tanto sostenible, pero por nuestro propio bienestar solo puede ser justo, de tal manera que los efectos tanto negativos como positivos se repartan entre mucha gente. Lo estamos viendo con el coronavirus o el cambio climático, que nos acaba afectando a todos tengamos un nivel de vida alto o bajo. Todo es transversal. Cuanto más justo sea ese cambio más eficaz será.

No es que podamos leer el futuro, pero tenemos unas proyecciones científicas que nos dicen claramente lo que puede ocurrir si no cambiamos el rumbo. Y no quiero sonar tremendista, pero la sociedad tiene ahora la posibilidad de elegir y no hacer lo que hemos hecho siempre, que es esperar a darnos el gran bofetón.

Hay toda una ciencia de la colapsología que analiza las causas que llevaron al colapso de distintas civilizaciones y demuestra que el ser humano repite su propia historia y caemos en nuestros propios errores una y otra vez. Ahora tenemos el conocimiento científico para saber que nos acercamos a uno de esos posibles colapsos. Tenemos herramientas tecnológicas de sobra para cambiar el rumbo. Lo que nos falta es querer hacerlo, pero de momento no queremos.

Estamos dando pasos muy importantes en la lucha contra la crisis climática pero ¿vamos a llegar a tiempo?

El vaso medio lleno es que estamos cambiando de rumbo. Lo importante es que vayamos acelerando, poniéndole un poco más de ritmo, porque cuanto más rápido avancemos en ese nuevo rumbo más opciones y más posibilidades tendremos de acomodar nuestro modo de vida a esas nuevas situaciones.

Estamos a tiempo, por supuesto. Estamos en una situación en la que todavía tenemos un abanico de opciones que nos permiten poder acomodar distintos modelos socioeconómicos. Ninguna es perfecta, pero ahora podemos ponerlas en práctica. Quizá dentro de 10 años ya no sea posible. Y dentro de 70 u 80 años el clima será tan inestable que será muchísimo más difícil hacer algo.

Es el momento de afrontar el cambio. El rumbo lo estamos enderezando. Ahora hay que ir con más decisión, con más brío.

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Un comentario

  1. Desde mi conocimiento y experiencia, no puedo poner un pero a lo expuesto. Yo compruebo que “los problemas verdes” se cronifican con el paso del tiempo. Avanzamos muy timidamente aunque las advertencias sean muchas.
    Me gusta el enfoque.

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