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Los cuentos clásicos esconden muchos secretos verdes: archivos desclasificados

Miriam C. Leirós, maestra y una de las coordinadoras de Teachers For Future Spain / Profes por el Futuro ha accedido a los archivos secretos sobre Caperucita Roja, Los Tres Cerditos, Blancanieves, Cenicienta… con un enfoque actualizado y medioambiental. Los ha recogido en el libro ‘Los secretos de los cuentos clásicos’, con ilustraciones de Paloma Corral y recientemente editado por MadLibro . Aquí te contamos algunas de las grandes sorpresas de este ‘trabajo de investigación’.

Preséntate, Miriam, en tres líneas.

Maestra de Primaria desde hace más de 20 años y activista medioambiental desde la educación. Antes luchaba sola, ahora con miles de docentes que me acompañan.

Y en tres líneas, preséntanos tu libro.

Los secretos de los cuentos clásicos es un libro que trata de acercar los problemas medioambientales desde el humor y empleando los cuentos clásicos, archiconocidos, pero dándoles la vuelta, esa vuelta que necesitamos dar a todo para proteger el planeta.

¿De verdad has accedido a los archivos desclasificados de los cuentos clásicos? ¿Cuál fue tu mayor sorpresa?

Pues sí, basta con hablar con todo el mundo, de todas las generaciones y estratos sociales; es increíble todo lo que se aprende de las personas. Mi mayor sorpresa fue descubrir que muchos incumplían por desconocimiento y que, al igual que escribió Goytisolo y cantó Paco Ibáñez, hay “lobitos buenos”. Buenos y necesarios.

Tengo entendido que Caperucita Roja era en realidad una ‘fashion victim’.

Sí, una absoluta consumista de moda, en este caso de caperuzas de moda, pero a fin de cuentas ella no es más que una víctima más del voraz sistema publicitario.

Y que los Tres Cerditos construyeron sus casas sin respetar la Ley de Costas…

Exactamente, sólo pensaron en poner sus casas en el sitio que mejor les pareció, sin respetar el entorno natural ni el espacio público, que como su nombre indica es el espacio de todos y todas.  En España tenemos suerte de que todas las playas son públicas, no como, por ejemplo, en Italia, donde en la mayor parte de la costa debes pagar por poner tu toalla. Deberíamos tomar más conciencia de la fortuna de disfrutar de espacios públicos y cuidarlos más.

Y que La Bella Durmiente lo que quería era ser una ‘influencer’ en redes, una ‘youtuber’ famosa…

Como mucha gente, estamos en la época de la imagen y la cosificación; la pobre se quedó absorbida por la tiranía del like y consumiendo energía sin parar para todos sus dispositivos móviles.

¿Tú crees que a los niños les gusta que les cambien el cuento?

Los niños suelen resguardarse en lo seguro, en lo que conocen, por eso a determinada edad son un poco inmovilistas; pero, precisamente por eso, el libro es una herramienta perfecta para educar en tolerancia, en aceptar otros puntos de vista y otras versiones. Deberíamos recuperar el diálogo sin crispación aprendiendo a valorar que llegar a entender el punto de vista del otro nos puede enriquecer.

¿Cuál ha sido para ti tu personaje de ficción más inspirador?

Yo soy muy fan de Batman; no es un personaje de cuento clásico sino de cómic, pero es un personaje que se acerca a lo creíble, no tiene superpoderes pero invierte gran parte de su dinero de millonario en ciencia para poder volar o luchar contra el mal. Batman es un personaje controvertido, se enamora de su enemiga y tiene mayordomo. Aceptarlo en sus contradicciones es un buen ejercicio de reflexión.

¿Y el de la vida real?

Admiro a tanta gente que me resulta difícil decidir. Me gusta mucho Wangari Maathai como activista por la democracia, alfabetización de la mujer y por sus proyectos de ecologismo. En general, admiro a gente que lucha de verdad por el bien común.

A ti lo de ‘se casaron y comieron perdices’ no te parece un buen final, ¿no? ¿Cómo es para ti un final feliz?

¡Pues claro que no!, justo ahí deberían empezar las historias, independientemente de que se casen o no. ¿Qué hicieron?, ¿cómo se enfrentaron al día a día?, ¿cómo ayudaron para hacer de su barrio un lugar mejor? Y cuando se les acabó el amor, ¿fueron valientes para seguir cada uno por su lado o siguieron juntos por convencionalismo? Me surgen miles de historias a partir de esos finales.

Como aperitivo del libro, publicamos aquí en exclusiva para Signus Ecovalor uno de sus siete cuentos:

Los Tres Cerditos’ (habla el lobo)

Yo sé que no actué de la forma más correcta. Reconozco que mi carácter lobezno me pudo. ¡Auuuuu! A pesar de mis clases de yoga, no controlé la ira, pero voy a contar mi versión de los hechos, que han corrido muy distorsionados de boca en boca:

Yo necesito la naturaleza para vivir, recordad que en las últimas décadas me muevo siempre en esa categoría que me pone los pelos de punta: especie en peligro de extinción. Así que ahora cuido mucho los lugares naturales y vigilo su buen estado, por la cuenta que me tiene. En esas estaba yo, vigilando, cuando un día vi que los tres cerditos dejaban su granja y se construían alegremente chalets a pie de playa incumpliendo la ley de costas. Eso me enfadó muchísimo. ¡Auuuuu! Nadie ha contado ese detalle, pero tenéis que saber que sus casas estaban demasiado cerca de la playa, invadiendo las dunas de un paraje natural, y que incluso cortaban la ruta del Flautista de Hamelín cuando pasaba tocando tan animadamente de camino al mar.

Primero intenté hablar con ellos, hacerles razonar, que entendieran que la naturaleza y esos parajes eran para el disfrute común y que nadie puede hacerse una casa donde le apetezca. Les expliqué que construir en aquel lugar era un atentado contra la naturaleza, pero los muy soberbios hicieron oídos sordos. En un segundo intento, les llevé la normativa urbanística y un informe sobre daños ambientales por la construcción, pero nuevamente los tres cerditos se rieron de mí. ¡Auuuuu, cómo me dolió eso!

En un tercer intento de diálogo, ellos empezaron a burlarse cruelmente, yo me puse nervioso y recordé lo que me dicen en clase de yoga: “Si te pones nervioso, respira y sopla, canaliza tu ira, centra tus chakras”. Y eso es lo que hice, traté de centrar mis chakras, respiré y soplé, respiré y soplé… y soplé, soplé y soplé. Escuché a dos de los cerditos gritando, pero yo seguía con mi yoga, tratando de calmar la ira de sus burlas, así que seguía soplando muy fuerte, muy fuerte… Cuando abrí los ojos, el único chalet que seguía en pie era el de ladrillo. ¡Auuuuu!

El cerdito del chalet de ladrillo dijo que me denunciaría por desperfectos y así lo hizo. Lo peor es que este cerdito ni siquiera vive en esa casita; la ha convertido en una vivienda de alquiler vacacional por días, así que no consigo hacer amigos ni tener vecinos. Me parece todo muy injusto, un atentado ambiental como la copa de un pino. Y encima, auuuuu, me han hecho pasar a la historia como el malo de la película.  

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