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Playas: ¿ ecosistemas o infraestructuras turísticas?

Las playas están tan asimiladas a las vacaciones, al tiempo libre, al disfrute del sol y el agua, a los juegos de niños y mayores, al paseo, al no hacer nada más que estar ahí… que es posible que, a menudo, se olvide que son también espacios naturales. Más si están en las ciudades y más, quizá también, para las personas de tierra adentro. Pero, aunque estén en ciudades, más o menos grandes, y en zonas súper turísticas de las de turismo masivo de sol y playa, no dejan de ser ecosistemas. De hecho, en España, con 7500 kilómetros de costa, entre peninsulares, insulares y ciudades autónomas, hay 3514 playas, según Bandera Azul.

Y como ecosistemas, más que como meras infraestructuras turísticas, deberían ser tratadas a la hora de adecuarlas sanitariamente para asegurar el uso y disfrute de las personas. Pero, también, los usuarios deberían tener en cuenta esa condición a la hora de disfrutarlas.

«Aparte de tumbarse al sol y tomar un baño, en realidad la playa tiene parte de su atractivo en la vida que tiene, y sensibilizar en este sentido es muy importante. En la mayoría de ellas, incluso en las urbanas, si uno se queda hasta al anochecer, cuando la gente se va, aquello empieza a llenarse de aves que van a alimentarse allí: gaviotas, aves marinas, correlimos, etc. y empiezan a salir pequeños invertebrados. Es decir, la playa está completamente viva. Aunque lo único que veamos sean las toallas encima de la arena». Son palabras de José Luis García Varas, responsable del programa Marino de WWF España. Como miembro de una organización conservacionista aboga por un enfoque que mantenga las playas «los más naturalizadas posible, y que las acciones de mantenimiento para el uso recreativo tengan en cuenta las peculiaridades de cada playa y, sobre todo, que aunque estén muy transformadas siguen teniendo una importante interacción con la parte marina, con otras playas, con la costa, y siguen siendo un sistema natural muy importante en términos de biodiversidad».

Playa limpia, playa sucia

Resumiendo mucho, dos cuestiones son las que más impactan en la vida de las playas. Por una parte, y más inmediata en el día a día, la limpieza de residuos, basuras, etc. Y, por otra, especialmente en la consideradas playas urbanas «una distinción que se introdujo en la reforma de la ley de costas y con la que no estuvimos muy de acuerdo», las construcciones de infraestructuras cercanas. «Sobre todo en las playas de ciudades, que pueden llegar a estar muy enclaustradas y han perdido su funcionalidad como ecosistemas. Porque estas construcciones, los espigones, puertos deportivos o paseos marítimos, que están hechas sobre los sistemas dunares que aportan áridos naturales, alteran su dinámica natural, además de que desaparecen los espacios donde naturalmente se encuentra mucha biodiversidad».

Pero, centrándonos en la limpieza «yo creo que hay bastante terreno para avanzar y que el uso lúdico de la playa pueda ser compatible con la conservación. Porque, además, en muchos sitios el uso de la playa de forma intensiva se limita a unos meses, dos, tres o incluso cuatro. Y cuando se habla de que una playa está sucia es importante tener en cuenta que muchas veces se trata de basura que llevamos nosotros mismos, como botellas, plásticos, colillas, etc. Ahí todos tenemos un papel. Deberíamos disfrutar de la playa como de los parques. Y no solo irnos llevando lo nuestro y dejándolo en los contenedores, también lo que veamos, para que la necesidad de limpieza sea menor. Y, por tanto las agresiones con maquinaria sean las menos, porque los tratamientos con maquinaria las alteran».

Por otra parte, también es necesario, recalca García Varas, «tener en cuenta que es un entorno natural y que la playa no va a dejar de tener esa interacción con el mar de forma continua y constante. Por eso siempre va a haber aportaciones desde el mar. Que pueden ser restos de plásticos o de emisarios submarinos, pero también puede llegar biodiversidad, especies, ovocitos, materiales que intentan recobrar ese espacio. Siempre hay esa pelea entre la acción del hombre y la reconquista por parte de la naturaleza, por lo que es normal que haya restos de vegetación marina o playera. Y hay que verlo como un indicador positivo, no como algo negativo».

Lo que el mar nos trae

Quizá un buen ejemplo de cómo una aportación del mar a la costa es generalmente considerada como no muy positiva siéndolo mucho, sea la posidonia en las playas mediterráneas. «Es un resto natural que van a recibir todas las playas que tengan una pradera enfrente. En muchos casos se retira, pero con ello se impide la llegada de biodiversidad del mar, que viene mezclada en ella; pero también, se impide la acción conservadora de la playa que ejercen los restos de posidonia, que es conocido que frenan la pérdida de arena y evitan mayor erosión». Pone el ejemplo García Varas de Menorca, donde «hacían una gestión de la posidonia muy interesante: en verano la retiraban con máquinas específicamente diseñadas para no llevarse la arena. Y al terminar la temporada, a finales de septiembre que es cuando comienza a haber temporales de otoño, devolvían esos restos a la playa para que permanecieran todo el otoño y el invierno, acumulando y reteniendo la arena para reducir la erosión, además de aumentar la biodiversidad de la playa y su calidad natural. Así que, sí, es importante ayudar a mantener este tipo de dinámicas naturales».

Que luego, también es muy fácil ver que a mucha gente le gusta «porque cuando te das un paseo si hay zona de rocas, ves a los niños con el bicherío que haya allí de forma natural como los cangrejos (que tampoco habría que cogerlos por cogerlos, dicho sea de paso). Y vas viendo las lapas que se pegan en las piedras o restos de mejillones. Hay mucha vida que está intentando agarrarse a esos huecos que les dejamos. De alguna forma una playa te pone en contacto con la naturaleza, aunque sea en un entorno muy humanizado.

Sobre el terreno la responsabilidad de mantener las playas en condiciones óptimas para el uso recreativo corresponde a las corporaciones locales, y son ellas las que tienen que aplicar los criterios para compatibilizar estas acciones con la protección de un ecosistema la tienen.

No todas las playas son iguales

De los miles kilómetros de litoral y de playas que hay en España, 28 y 36, respectivamente, están en el término municipal de Águilas, Murcia. Playas que, como dice Ginés Navarro, concejal de Turismo, Educación Ambiental, Comercio, Industria y Plazas de Abastos, «son de muchas tipologías, desde absolutamente salvajes, y a las que van solo tres o cuatro personas en agosto; a las típicas urbanas, con muchísima gente. Incluso hay algunas que, no siendo urbanas, sí tienen una alta ocupación porque están cerca y tienen fáciles vías de comunicación que las hacen muy visitables».

Aparte de las medidas especiales que, obviamente y dadas las circunstancias sanitarias, este verano ha tomado el ayuntamiento para un uso seguro de las playas, para la gestión habitual de estos espacios Navarro manifiesta que «intentamos hacer una diferenciación en cómo las tratamos a nivel de mantenimiento. En unas se hace solo limpieza manual, y en otras manual y mecánica y en otras mecánica. Intentado siempre que nuestra influencia sobre la playa sea la mínima posible».

En las playas de zonas vírgenes o en espacios protegidos, como las de Marina de Cope, «que, además, estan en la Red Natura 2000. Ahí toda la limpieza es manual. Porque consideramos que parte de su atractivo, y parte de nuestro deber, es conservarlas lo más naturales posible. De tal manera que no se les pone ninguna infraestructura; lo único, unos balizamientos para impedir que entren los vehículos a la arena. Solo en circunstancias muy excepcionales entra alguna máquina; por ejemplo si ha habido una dana y aparece algo voluminoso y pesado, e como tuberías de 300 o 400 kilos. Pero, en esos casos, se establece un protocolo para retirarlo de manera que la playa se dañe lo menos posible. Porque nosotros sí entendemos que la playa es un organismo vivo. Con dos biotopos diferentes, el marino y el terrestre, y es una zona de transición especialmente sensible».

En estas playas vírgenes, además «se hace un seguimiento de las aves que anidan en la arena, como los chorlitejos patinegros, que ha habido varios nacimientos en la zona. Incluso, si hace falta, se colocan carteles indicadores para que las personas que acude tengan cuidado en las zonas donde anida. También se hace un seguimiento exhaustivo, con la comunidad autónoma, de rastros de tortuga marina, la caretta caretta. Por eso, también, es por lo que intentamos no entrar con vehículos a la playa cuando hay que retirar algo voluminoso que ha arrastrado el mar».

Especialistas en playas salvajes

Navarro destaca otra aspecto importante en la gestión de las playas salvajes en Águilas: «todo nuestro personal de limpieza de playas sabe perfectamente cuáles son los rastros que deja una tortuga cuando va a anidar o cuando hace un intento de anidación. Saben perfectamente que, cuando se va a instalar alguna infraestructura, un puesto de socorro o algo así, primero hay que ir y ver si hay algún ave limícola que esté en el periodo de preparación del nido; entonces se cambia el protocolo de preparación de las playas. De hecho, lo hemos hecho en una ellas, en Calarreona, que teníamos que instalar el puesto de socorro y se cambió todo el protocolo de instalación porque había dos nidos de chorlitejos. Que, afortunadamente, como anidan a primeros de junio para cuando empieza a haber gente, los pollos ya tienen movilidad suficiente y se esconden entre los matorrales, porque saben las horas en las que se tienen que mover y en las que no».

Por el contrario, en las playas urbanas, que son las más concurridas, «en esas sí se hace limpieza mecánica. Pero, igualmente, con cribado de arena. Y si al terminar la temporada de baño hay que retirar la posidonia, porque está muy seca, se emplea la pala perforadora, para no llevarnos la arena».

A vueltas con la posidonia

La posidonia, un tesoro natural del mar Mediterráneo, pese a serlo es uno de los caballos de batalla recurrente en cada temporada de verano en muchos ayuntamientos costeros. «Aquí seguimos un protocolo de conservación de la posidonia desde hace varios años. En las playas naturales o seminaturales, en invierno se mantiene hasta que se empieza a pudrir, que ya se retira. En las urbanas, en verano se deja dos o tres días después del temporal para que decante la arena y no se pierda al retirar la posidonia. Y lo que hacemos es abrir pasos entre los arribazones para que la gente pueda entrar y salir del agua. Pero no a todo el mundo le gusta, a veces hay quejas, de gente que no está acostumbrada. Desafortunadamente, venimos de una corriente de pensamiento en el que las playas urbanas tienen que estar perfectas, bonitas, visualmente agradables».

En el grado de aceptación de la posidonia en la orilla influye mucho la procedencia: «los locales estamos más acostumbrados, aunque a algunos al principio también les costó un poco aceptarlo. Ahora ya prácticamente todo el mundo tiene asumido que es importante dejarla para evitar que se pierda arena o que se formen escalones en la playa. Entre los foráneos, si no conocen las dinámicas anuales de las playas tienen otro concepto, tienen un concepto de playa asociado a como se ve en tantas fotos, y les cuesta más».

Pero para eso está la educación ambiental, que también es responsabilidad de la concejalía que dirige Ginés Navarro «Vamos haciendo acciones educativas explicando a la gente porqué la dejamos. Incluso hemos ido playa por playa explicándoselo personalmente a los bañistas, que es para que la playa se mantenga, para que no pierda arena, para protegerla del embate de las olas y para crear más vida marina. Así que, estamos haciendo un proceso gradual y vamos acostumbrando a la gente a que la posidonia se quede un poco más de tiempo».

Y si la zona se vuelve peligrosa

Otra situación que a menudo se da, más en el litoral mediterráneo sureste, es que las lluvias torrenciales de otoño o invierno abran alguna zanja, «en esos casos intentamos que la playa se regenere por sí misma. Solo se interviene si puede darse algún peligro para la gente que pueda pasear por la playa, que aquí también en invierno se hace mucho en invierno. Entonces, lo que se hace es suavizar el terreno, convertirlo en una pequeña rampa para que no haya grandes desniveles. Pero nada más. Y en las urbanas, a veces también y por motivos estéticos, que todos los ayuntamientos costeros lo hacemos, se lleva por arrastre arena de una zona a otra para cubrir puntos donde las avenidas de agua puedan haber dejado zonas descubiertas».

José Luis García Varas, incide en que con la educación ambiental «se enseña cómo la playa tiene parte de su atractivo, precisamente, en la vida que tiene y sensibiliza sobre su interés e importancia. Probablemente así también vas a tener más gente y más gente disfrutará más de la playa. Pero también de otras cuestiones que son muy enriquecedoras. Además, una visión integrada de la costa, que se aplica en casos muy concretos, sabe aprovechar lo que la naturaleza ofrece para hacer más sostenible en el tiempo la propia actividad turística. Por eso, tanto los proyectos más grandes, como las acciones del día a día, deben tener en cuenta los impactos ambientales».

Por cómo afrontan la gestión de los espacios playeros en Águilas y por las palabras de Ginés Navarro, se puede considerar que ambos tienen una visión bastante acorde: «en la corporación tenemos muy claro que uno de nuestros activos más importantes es el entorno natural. Y que lo tenemos que mantener. La conservación ambiental es un deber nuestro para con los que vienen detrás de nosotros. Y también tenemos que darlo a conocer, para ser conscientes de la importancia que tiene. Solo en el espacio de Marina de Cope tenemos más biodiversidad que en toda Suiza, con lo que eso supone de riqueza para el territorio. Así que tenemos que aprender que la riqueza no solo es la visual, es intrínseca al territorio».

Playas urbanas

Sin embargo, sí hay algún matiz de diferencia entre ambos al considerar las playas urbanas y si es más práctico que sean las que más gente utilice, manteniéndolas y  de la mejor manera y con el menor impacto posible, para conservar mejor las que todavía permanecen salvajes y las semiurbanas. Para García Varas, «Ese es otro dilema. Concentrar o dispersar. Está claro que las urbanas tienen características peculiares; pero, aun así, habría que intentar naturalizarlas al máximo y no considerarlas un mero sustrato físico. Transformadas y todo, siguen teniendo una importante interacción con el mar y con otras playas y la costa; y no son un basurero ni se puede hacer cualquier cosa en ellas».

Por su parte, Navarro admite que «tenemos un poco la visión, como en mi época de montañero, de que quizá es mejor tratar de que, en vez de que haya 50 acampadas dispersas en un parque, vamos a tenerlas todas concentradas en un punto y las tenemos muy vigiladas. Y, aunque es cierto que esos tres puntos van a sufrir mucho, los restantes se van a recuperar y a mantener. Nosotros consideramos la playa urbana como la factura que hay que pagar para que el resto se conserve lo mejor posible»

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