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Por qué la luz sigue subiendo (y la culpa no la tienen, sólo, las emisiones de CO2)

El precio de la electricidad en el mercado mayorista sigue encadenando un récord tras otro de subidas estratosféricas después de haber superado todos los techos inimaginables hasta saltar por encima de la barrera de los 200 euros el megavatio hora (MWh). Pero en estas semanas previas a la Navidad lo peor puede estar todavía por llegar, para terror de nuestros bolsillos. Y la culpa no la tienen la crisis climática y la lucha desesperada de la sociedad por reducir urgentemente sus emisiones de CO2 a la atmósfera. O no sólo ellas. También aquí la culpa es del mercado.

Esta escalada de los precios de la electricidad que afecta a gran parte de Europa se debe principalmente al encarecimiento del gas natural en los mercados internacionales. Ese gas marca el precio de toda la energía eléctrica, se produzca como se produzca. Y además de sus precios especulativos lleva acarreado en Europa un sobreprecio, el de los derechos de emisión de dióxido de carbono (CO2).

Un sistema viejuno, caro e injusto

La transición energética hacia una economía descarbonizada, una necesidad urgente para poder evitar los terribles desgarros de la crisis climática, se está haciendo con unos mimbres equivocados. Así lo denuncia José Luis García Ortega, responsable del Programa de Cambio Climático en Greenpeace España. “El problema es el mal diseño de un viejo sistema de fijación de precios en el mercado mayorista de la electricidad pensado para centrales que quemaban cosas y que no tiene en cuenta a las renovables”, critica este experto, licenciado en Ciencias Físicas. Ese sistema “viejuno” viene impuesto por Europa. Y obliga a que toda la electricidad, venga de donde venga, se pague al precio de la tecnología más cara, que en estos momentos es el gas. Y eso que la electricidad que generó sólo ha supuesto en España el 13% del total producido.

Como si se tratara de una subasta amañada, el resto de los sistemas de producción eléctrica, se produzcan al precio que se produzcan, se venden al precio más alto; en este caso el marcado por el gas natural.

Es un chollo para las compañías eléctricas, “obligadas por el sistema europeo a vender caro lo que les cuesta barato producir”, señala García Ortega. Un modelo injusto que finalmente paga el consumidor. Y que no solo afecta a las economías familiares. Está poniendo contra las cuerdas a grandes y pequeñas fábricas, incapaces de poder repercutir en el precio de sus productos estas subidas. También afecta a los agricultores, pues se ha disparado el precio de los fertilizantes, cuya producción consume mucha energía.

“Es un disparate”, reconoce Javier Andaluz, responsable de Energía y Clima de Ecologistas en Acción. En su opinión, este sistema europeo no tiene en cuenta algo tan elemental como que no todas las formas de generación eléctrica tienen los mismos costes, ni los mismos impactos ambientales, ni las mismas prestaciones. “Mientras el gas siga marcando el precio, las renovables no van a poder bajarlo”, se lamenta.

Un precio para cada electricidad

Los ecologistas proponen hacer una auditoría clara que haga públicos los costes reales de cada sistema de generación eléctrica y marque el precio final de cada uno de ellos. Lo lógico es que el consumidor, grande o pequeño, pudiera elegir el tipo de electricidad que utiliza en base a su precio. Eso permitiría que la sociedad se decantara por las renovables, las más baratas, y rechazara las de generación más cara como el gas, el petróleo o el carbón. O la peligrosa nuclear.

Parece sencillo, pero en la práctica es casi imposible. A pesar de que este año se han batido récords en producción de la más barata electricidad descarbonizada (solar, eólica, hidráulica y geotérmica), el precio de la luz que ha pagado el consumidor ha sido el más caro de la historia. Y no tiene pinta de ir bajar. Es el sistema impuesto por Europa y de momento no se puede cambiar, por mucho que lo está intentando el Gobierno español.

“Cuanto antes saquemos al gas de la ecuación de la generación energética antes nos quitaremos de encima el problema del alto precio de la electricidad”, sentencia el ecologista de Greenpeace José Luis García Ortega. La paradoja es que, en el urgente camino hacia la transición energética, el especulativo precio del gas y el petróleo están marcando el alto precio del cambio.  

El problema no es el mercado de carbono (o quizá sí)

El precio de la electricidad lo determina ahora mismo en España el gas natural. Y su precio no ha dejado de subir debido a la escasez mundial y restricciones en su distribución, como es el caso reciente del gaseoducto argelino cerrado en Marruecos y que ya no llega a España. Pero la tecnología del gas tiene un problema aún mayor que el de su precio: contamina. Y en Europa, el que contamina, paga.

Quemar gas natural en centrales españolas de ciclo combinado para producir electricidad supone emitir a la atmósfera unos 40 millones de toneladas de dióxido de carbono al año, el principal gas de efecto invernadero. La normativa europea obliga a compensar esas emisiones acudiendo a los mercados de carbono, donde se paga por cada tonelada emitida.

Desde 2005, en la Unión Europa opera un ambicioso y estricto mercado de derechos de emisión de carbono que cubre las emisiones de centrales contaminantes, refinerías, siderurgias y otros sectores industriales.

Al principio era apenas un impuesto simbólico, pues el precio de la tonelada no llegaba a los 5 euros. Pero hace cuatro años el sistema ha sido actualizado y la tonelada de carbono emitido se ha disparado a los 75 euros. Un dinero extra que se añade al de los costes de producción.

El coste de los derechos de carbono que las empresas generadoras deben comprar se carga al consumidor a través de los precios finales de la electricidad. A medida que el precio del carbono sube, la factura también sube. La esperanza es que cada vez se consuma más energía de origen renovable, exenta de este sobreprecio. Se trata de desincentivar la producción contaminante, pero de momento ese recargo lo pagamos los de siempre.

Los ecologistas critican además este modelo pues se habla de compensar, de pagar, y no de reducir emisiones. Lo consideran más un acuerdo comercial que climático.

Beneficios caídos del cielo

Sin embargo, como destaca Javier Andaluz, de Ecologistas en Acción, el sobrecoste de los derechos de carbono no afecta especialmente al consumidor. “No es proporcionalmente alto”, confirma. En su opinión, el auténtico problema es ese sistema injusto que permite a las eléctricas grandes ganancias gracias a lo que se ha dado en llamar “beneficios caídos del cielo”.

Aunque parezca increíble y hasta delictivo, ese cargo añadido en todas las facturas de la luz nos lo cobran las compañías eléctricas, contaminen o no. Pagamos el sobrecoste incluso por aquella electricidad producida en centrales nucleares o a partir de energías renovables que lógicamente no emiten CO2 para generar electricidad.

Adiós al carbón, pero no al gas

La primera gran victoria de este mercado europeo de emisiones ha sido encarecer la generación eléctrica a partir del carbón, que ha dejado de ser competitiva. Gracias a ello la atmósfera está ahora mucho más limpia y los compromisos ambientales europeos para luchar contra el cambio climático son más realistas.

La contrapartida es que el mercado de carbono supone un sobrecoste para otras energías sucias como la del gas natural. Que se suma a la subida de un combustible fósil cuyo precio se ha triplicado a lo largo del año. Porque hay menos gas natural que nunca en el mercado mundial y más necesidades de consumo que nunca.

Es la tormenta perfecta. El precio del gas cada día es más alto y dispara artificialmente el precio del resto de los sistemas de generación eléctrica.

Por eso Greenpeace y Ecologistas en Acción rechazan la actual dependencia energética del gas, causante de la subida del precio de la energía y de la emergencia climática. Según ambas organizaciones ecologistas, el gas es un combustible fósil contaminante, como lo son el petróleo o el carbón. Y sin su eliminación paulatina no se podrá frenar la emergencia climática y la actual crisis energética.

Un sistema eléctrico 100% renovable acabaría con la volatilidad de los precios. Y haría más viable esa urgente necesidad señalada por el Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), que advierte de los peligrosos e irreversibles efectos del calentamiento global si no nos tomamos este asunto en serio.

Porque el problema no es solo que la electricidad sea más o menos cara. Eso se podría solucionar reduciendo el consumo de energías fósiles y aumentando la eficiencia. El problema es que la crisis climática avanza desbocada y nos acercamos a un punto de no retorno.

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