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La industria textil no sabe qué hacer con la ropa usada (y nosotros tampoco)

Huston, tenemos un problema… en el armario. No nos cabe tanta ropa como compramos. Según el estudio “Los españoles y su armario“, seis de cada 10 españoles se gastan unos 100 euros al mes en moda. En 2019, 22.530 millones de euros. Pero apenas utilizamos el 40 % de todas esas prendas. Y la mitad las usamos apenas una vez o nunca. Porque también al mundo de la moda ha llegado el disparate del “usar y tirar”, como si una camisa fuera un vaso de papel.

Huston, tenemos un problema… en el vertedero. Cerca de un millón de toneladas de ropa se acumulan cada año en España a la espera de su reciclaje o envío a otros países, principalmente Togo, Emiratos Árabes, India y Pakistán, según datos de ASIRTEX. Cada español tira a la basura una media de 10 kilos de ropa usada al año. Apenas el 1 % se recicla.

Huston, tenemos un problema… en el planeta. La industria de la moda es la segunda más contaminante del mundo, incluso por encima del transporte. Produce más emisiones de carbono que todos los vuelos y envíos marítimos internacionales juntos, con las consecuencias que ello tiene en el cambio climático. Es además responsable de un consumo despiadado de agua y del 20% de los productos tóxicos que se vierten en ríos y mares.

Y registra un crecimiento exponencial, unos 100.000 millones de prendas anuales. En los últimos 50 años la producción mundial de fibras textiles se ha multiplicado por cuatro mientras que la población lo ha hecho por dos. La previsión es que aumente aún más debido al mayor consumo de las economías emergentes. Un estudio de la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), advierte que la moda tiene un coste ambiental mucho más elevado que el precio que pagamos por ella. Por ejemplo, confeccionar unos pantalones vaqueros requiere consumir unos 7.500 litros de agua, el equivalente a la cantidad que se bebe una persona en siete años.

¿Soluciones ante el despilfarro en moda?

No panic, Huston. Tenemos soluciones. Pese a tantas estadísticas desalentadoras, fabricantes y consumidores somos cada día más conscientes de la necesidad de cambiar producciones y conductas. La industria está preocupada y está apostando de manera decidida por la sostenibilidad de sus productos, por la economía circular. Y los ciudadanos también estamos preocupados y empezamos a mejorar nuestros hábitos de consumo para no seguir liándola parda. Nos hemos vuelto más conscientes respecto a lo que consumimos y cada vez son más los que antes de comprar algo se lo preguntan dos veces: ¿Lo necesito? ¿Merece la pena? Evidentemente, a medida que los consumidores estemos más informados y marquemos una tendencia crítica, la industria no tendrá más opción que adaptarse a nuestras nuevas exigencias.

Algunos ejemplos esperanzadores de este cambio. El grupo Inditex (Zara, Berhska, Pull&Bear, …) ha sido la primera gran compañía de moda en dar un giro a sus producciones. Closing the loop, cerrando el ciclo, es el programa de recogida de ropa usada que ha implementado en todas sus tiendas. Pero como necesita mucha mayor cantidad que la recibida de sus clientes, la multinacional española invertirá más de 100 millones de euros en comprar fibra reciclada. Y ha anunciado que el 47% de sus prendas vendidas en 2021 ya llevan la etiqueta ‘Join Life’, lo que significa que han sido producidas con materiales y procesos sostenibles. Para no quedarse atrás, desde 2013 la cadena H&M ha adoptado un proyecto semejante.

Las pequeñas compañías son sin duda las que con más éxito se están sumado a este nuevo modelo de negocios sostenible. La suiza Freitag utiliza lonas y cinturones de seguridad de camiones para hacer bolsas y mochilas. La colombiana NeoMatic Workshop fabrica bolsos con neumáticos viejos de bicicletas que recogen en las tiendas de reparación de Medellín. Y en España destacan cinco empresas zapateras que emplean neumático reciclado en todas sus colecciones.

Aunque mucho ojo. Como advierte el grupo de periodistas de investigación Carro de Combate, en esta nueva tendencia por “reverdecer” a la industria de la moda abunda más el greenwashing (lavado de imagen verde) que verdaderos compromisos reales.

Con las rebajas el problema se agrava

Con la llegada de las rebajas veraniegas aumenta el problema. Ajenos a la crisis, durante estos dos meses cada español gastará en comprar ropa de saldo una media de entre 80 y 100 euros. Según un informe elaborado por la consultora Kantar, se espera que en estas fechas los consumidores españoles adquieran entre 6 y 7 prendas.

Los más previsores habrán aprovechado la primavera para hacer sitio en el armario tirando ¿al contenedor de ropa o a la basura? toda esa indumentaria que ya no nos gusta o quedó desfasada, alguna todavía sin estrenar. Y lo repetiremos cuando lleguen los primeros fríos del otoño. Otros seguirán llenando sus armarios, cada vez más repletos y menos eficaces, muy alejados de esa teoría tan hermosa de la japonesa Marie Kondo y su “magia del orden”.

Cada uno de nosotros nos deshacemos al año de no menos de ocho kilos de ropa, de los que apenas se recicla medio kilo. Pero, aunque nuestros vertederos recibieran menos toneladas de productos textiles y utilizáramos más esos contenedores específicos instalados en las calles, el problema ambiental de este consumo loco no se solucionaría. Las tendencias estéticas cambian a una velocidad de vértigo, convirtiendo en viejo algo que apenas acabamos de estrenar, al tiempo que cada vez lo encontramos todo más barato. Nos empuja ese instinto atávico de la caza de gangas, el irresistible encanto del “usar y tirar”, del “yo no soy tonto”.

Esta fast fashion (moda rápida) es, más que un comportamiento social, una adicción por comprar y mandar a la basura ropa barata que nos permita estar siempre al último grito, cambiando permanentemente de atuendo, incluso varias veces al día. Pero en realidad ese último grito no es nuestro, es del planeta, asfixiado por un consumo ambientalmente insostenible que daña el entorno, al trabajador, a nuestra economía doméstica, a nuestra salud mental y, también, a muestra conciencia ética.

Algunas cifras para repensar nuestras compras

Según la ONU, el costo ambiental de estar a la moda no para de crecer año tras año, amenazando con convertirse en un auténtico tsunami de basura. Para concienciar sobre el problema ha difundido las siguientes estadísticas preocupantes:

  • El sector de la moda emplea a 300 millones de personas en todo el mundo en toda la cadena de valor (muchas de ellas mujeres)
  • Solo la industria del vestido consume 93.000 millones de metros cúbicos de agua cada año, una cantidad suficiente para que sobrevivan 5 millones de personas
  • La industria de la moda es responsable del 20% del desperdicio total de agua a escala global
  • La producción de ropa y calzado produce el 8% de los gases de efecto invernadero
  • Cada segundo se entierra o quema una cantidad de textiles equivalente a un camión de basura
  • Los textiles representan aproximadamente el 9% de las pérdidas anuales de microplásticos en los océanos

Con esa misma preocupación ha nacido la Alianza de las Naciones Unidas para la Moda Sostenible. Es una iniciativa de las agencias de las Naciones Unidas y organizaciones aliadas diseñada para contribuir a los Objetivos de Desarrollo Sostenible a través de una acción coordinada en el sector de la moda. Promueve proyectos y políticas que aseguren que la cadena de valor de la moda contribuya al logro de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

La peor moda es la del desperdicio

Independientemente de las medidas tomadas por los productores de moda para que su industria dañe menos al medio ambiente, la única forma de reducir el problema es poner fin a la moda rápida, hija del desperdicio.

En contra de lo que los más jóvenes puedan pensar, se trata de un fenómeno reciente. Nació en el año 2000. Y la llegada del comercio electrónico, unido a un agresivo márquetin digital y a un descenso de los precios, ha disparado aún más su consumo. Las marcas de moda están produciendo hoy casi el doble de la cantidad de ropa que hace 20 años. Es moda low cost, moda barata, que en realidad deberíamos llamar moda basura. Porque promueve comportamientos compulsivos de compra de productos a bajo precio que, más pronto que tarde, acabarán en el contenedor dada su mala calidad.

Es moda rápida nacida de la deslocalización y el trabajo en el Tercer Mundo en régimen de semiesclavitud, contaminadora y devoradora voraz de recursos naturales.

La alternativa frente a este disparate es la moda sostenible, una tendencia cada vez más extendida entre diseñadores y consumidores. Moda respetuosa capaz de convivir con el reciclaje, favorecedora de la economía circular y local, delicadamente cuidadosa con el entorno. Rechaza la explotación infantil, el uso de tejidos sintéticos, modificados genéticamente o altamente contaminantes, exige prendas basadas en la sostenibilidad, en el reciclaje, ecológicas, certificadas, basadas en el ecodiseño, respetuosas con el medio ambiente y sobre todo sanas, que no nos provoquen alergias ni enfermedades extrañas. El problema, no pequeño, es que queremos que este cambio no repercuta en el precio final.

Sus entusiastas miran bien las etiquetas antes de comprar nada. Eligen prendas elaboradas con materiales reciclados o ecológicos, nunca algodón transgénico, el mayoritario. Mucho mejor si proceden de comercio justo.

Son una minoría, es verdad, pero minoría sabia. Porque tienen muy claro que lo barato nos sale muy caro. A todos.

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