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¿Qué frutas y verduras comeremos dentro de 20 años?

La tecnología está transformando el mundo a una velocidad de vértigo. Gracias a ella, o por su culpa, según se mire, han cambiado nuestros hábitos, nuestra forma de comunicarnos e incluso de percibir la vida en muchos sentidos. Sin la tecnología sería muy difícil entender los descubrimientos médicos de las dos últimas décadas, comprender cómo nos relacionamos o simplemente dar una explicación a la mejora de los procesos productivos de infinidad de productos, abaratando costes e incrementando su rentabilidad hasta límites inimaginables hace tan solo unos años.

Todo hace pensar que la revolución tecnológica experimentada en la medicina, las comunicaciones o la industria se trasladará muy pronto a los alimentos, con un cambio radical en la manera de concebir la agricultura y muchas de las frutas y verduras que están presentes en nuestra mesa a diario. Hablamos de la biotecnología o, mejor dicho, de la modificación genética de los alimentos ¿En qué consiste? ¿Qué puede aportar? ¿Cuáles son sus objetivos? ¿Cuáles sus limites? Y, sobre todo, ¿por qué hablamos de ella en estos momentos?

Impulso de la Unión Europea

A principios de año, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaba las prioridades para la nueva legislatura de la UE recogidas en el Pacto Verde. Este documento político incluye entre otras estrategias la del Campo a la Mesa (From Farm to Fork), que abre la puerta a la modificación genética de los alimentos por primera vez en Europa. “Las nuevas técnicas innovadoras, como la biotecnología y el desarrollo de bioproductos, pueden influir en el aumento de la sostenibilidad siempre que sean inocuas para los consumidores y el medio ambiente y que aporten beneficios a la sociedad en su conjunto”, señala la estrategia de referencia para el sector agrícola. 

De esta manera, la Unión Europea da un giro de 180 grados en su postura histórica contra el desarrollo de biotecnologías y la puesta en marcha de programas de investigación para el impulso de la edición genética en el seno de los Estados miembros. “Era una noticia, hasta cierto punto, esperable”, asegura Pere Puigdomenech, profesor Titular del CSIC del Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG) en un webinar al que asistimos este verano organizado por la Asociación de Periodistas Agroalimentarios de España y la Asociación Nacional de Obtentores Vegetales (ANOVE). “La Unión Europea se va a quedar en una posición muy delicada. Rastrear una semilla modificada genéticamente es tremendamente complejo, sobre todo cuando muchas empresas europeas ya están haciendo sus investigaciones en Estados Unidos. No vamos a ser capaces de detectar lo que está ocurriendo y acabaremos consumiendo productos editados genéticamente sin darnos cuenta”, asegura el profesor del CSIC.

Una forma de adaptarse al cambio climático

Con la inclusión de la biotecnología en la Estrategia del Campo a la Mesa, Europa da un paso adelante en el uso de la modificación genética de los alimentos, como un aliado para cuidar y proteger el medio ambiente, agilizando el proceso de reducción a la dependencia de plaguicidas e incrementando la biodiversidad a través de nuevas variedades vegetales cada año. En este sentido, la Comisión ha comenzado a realizar un estudio que analizará el potencial de las técnicas genómicas para mejorar la sostenibilidad de la cadena del suministro alimentario. “Los agricultores –dice el comunicado– necesitan tener acceso a semillas de calidad para variedades vegetales adaptadas a las presiones del cambio climático, escasez de agua u otras limitaciones del entorno”. Además, la Comisión tomará medidas encaminadas a facilitar el registro de variedades de semillas e incluso de la agricultura ecológica y garantizar un acceso más fácil al mercado para variedades tanto tradicionales como adaptadas localmente.

En busca del tomate perfecto

Todo parece indicar que nos encaminamos hacia una revolución sin precedentes en la obtención y mejora de semillas modificadas genéticamente: patatas menos demandantes de agua, berenjenas resistentes a las heladas, arroces adaptados a suelos salinos, semillas que permiten producir trigo durante todo el año, aceites de soja con cualidades del aceite de oliva o la introducción de especies silvestres que pueden adquirir propiedades de productos comestibles. “Hay especies de tomates silvestres que se podrían convertir en domésticos con 5 o 6 genes nuevos”, explica  Pere Puigdomenech.

“La novedad de la edición genómica es que puedes modificar muchos genes al mismo tiempo, mejorando el rendimiento de la planta, su resistencia a las enfermedades o su calidad”, asegura el profesor de investigación del CSIC. Todo ello gracias a las nuevas tecnologías aplicadas a los alimentos que nos permiten reemplazar partes del genoma de una planta, crear una mutagénesis o introducir un ADN externo en un punto concreto de la cadena (lo que conocemos como productos transgénicos). “Hemos pasado de conocer el primer genoma de una planta a tener la configuración genética completa de más de 1.000 especies”, afirma Pere Puigdomenech.

Pasar del melón al pepino

La domesticación de las plantas para incrementar la eficiencia o la productividad de los cultivos agrícolas ha existido siempre. Son técnicas que utilizaban los mayas en la Edad Antigua. Desde que se empezó a desarrollar la agricultura, el ser humano ha intentado mejorar las plantas y obtener nuevas variedades con propiedades mejores y más productivas. La diferencia está en que hasta ahora se hacía a través de procedimientos naturales, cruzando una variedad con otra para satisfacer las necesidades humanas mediante pruebas de ensayo-error.

Hoy esa tarea se quiere dejar en manos de la investigación genética. Las tecnología aplicadas a la obtención de nuevas variedades de semillas y plantas permite conseguir avances más rápidos, más seguros y con mayores resultados. “Se abre un abanico de posibilidades extraordinarias pudiendo cambiar hasta 100 genes de una planta de manera simultánea. Toda esta revolución comenzará con las plantas hortícolas para después trasladarse a árboles frutales y a cereales. Las hortalizas tienen genes únicos de gran interés que permiten traspasar, por ejemplo, propiedades de un melón a un pepino para acabar con plagas resistentes o conferir nuevas cualidades a la planta”, afirma el profesor de investigación de la CSIC.

Defensores y detractores

Fuera como fuese, la modificación genética tanto en plantas como en animales sigue suscitando un intenso debate en Europa entre defensores y detractores. Según un estudio de la Fundación BBVA, España es el único país en el que esta técnica se sitúa en el umbral de aceptación (con una media de 5) para su utilización en la producción de medicamentos, mientras que es rechazada para la producción de alimentos (4,3). En el resto de países, se trata de una técnica rechazada para cualquier fin, siendo particularmente más acentuada la desaprobación en Francia y Alemania.

ANOVE, la asociación que representa a todas las entidades públicas y privadas que se dedican a investigar sobre nuevas variedades vegetales, insiste en que los Organismos Modificados Genéticamente (OMG) son la mejor vía para satisfacer las expectativas de consumidores cada vez más exigentes. El mercado demanda alimentos frescos de absoluta calidad, en cualquier época del año, cerca de casa, a precios asequibles, más duraderos y con plena seguridad alimentaria. “Por eso, la obtención vegetal contribuye a la mejora de la sostenibilidad económica, social y medioambiental de la cadena de producción agroalimentaria”.

La polémica esta servida. La UE se ha comprometido a abrir un profundo debate sobre esta cuestión, consultando a todos los actores implicados: agricultores, científicos, consumidores, etc. Los grupos ecologistas, así como el partido verde alemán, ya han confirmado su oposición a los OMG. De fondo, muchas preguntas en el aire: ¿Cómo se llevará a cabo esta transición? ¿Puede la genética mejorar el sabor o la nutrición de los alimentos? ¿Qué intereses prevalecerán en el desarrollo de alimentos modificados genéticamente: los del mercado o los del consumidor? ¿Se podrá seguir garantizando el acceso a variedades tradicionales?

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