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Dos amigas abrazándose Dos amigas abrazándose

“Quiero estar en Cercedilla”: volver al pueblo para vivir mejor

Martina es ingeniera ambiental, tiene 26 años y ha cambiado una supuesta vida de éxito a lo hollywoodense por una que le invita a desacelerar y reactivar la vida rural.

Martina atiende nuestra conversación online envuelta en una manta. Fuera, en Cercedilla, el termómetro marca tres grados y la lluvia promete una buena temporada de setas. Ella ríe diciendo que le “flipa” ir a por níscalos y boletus, y habla de noviembre como quien mira un puerto de montaña: hace falta un descanso, pero aún queda tramo.

Mañana cumple 26 años. Nació en este pueblo serrano, ya forma parte de la tercera generación de una familia de Cercedilla. Si alguien le pregunta qué quiere ser de mayor, ella no responde “ingeniera ambiental” o “emprendedora”. Dice: “Quiero estar en Cercedilla”. Viajará, estudiará, trabajará en Madrid o donde toque, pero hay una condición innegociable: cualquier plan de vida tiene que incluir seguir viviendo en su pueblo.

Porque Cercedilla, para Martina, es ante todo calidad de vida. Cuando llega en el autobús desde Madrid, lo primero que hace al bajar es llenar los pulmones de aire frío y limpio. “Se me rebaja la presión en la cabeza”, cuenta. En su entorno no hay tráfico rugiendo debajo de la ventana al amanecer. Ha aprendido a poner atención a los pájaros, el viento, las campanas de la iglesia… y las voces de siempre.

Salir a comprar el pan significa cruzarse con la amiga de su abuela. Ir a por tomates de temporada de los que ha podido disfrutar en cada desayuno significa pasar por la tienda de Sofía, que le comenta: “Estamos casi en luna llena, los guisantes están espléndidos”. Tomar un café en cualquier bar del pueblo es informarse de todo lo que pasa: quién ha sido madre, quién vende un mueble, a qué hora baja alguien a Moncloa por si quieres encargar algo. En un municipio de casi 7.700 habitantes, la comunidad es red de apoyo y de cuidados a la vez.

Mujer joven desembalando cervezas

Pararse a observar

En ese contexto creció Martina, con la naturaleza incorporada “genéticamente”. Pero su formación la llevó a la ciudad. Estudió Ingeniería Ambiental y, al terminar, entró en una gran consultora en Madrid, ese destino que tantas veces se da por supuesto para quien sale de una universidad madrileña como la Politécnica. Ante los plazos imposibles, la presión constante y las jornadas infinitas, tuvo que parar.

Ya lo había intuido durante la carrera. Hubo un tiempo en que sus días empezaban a las seis y media de la mañana, al coger el autobús hacia Madrid, y terminaban a las nueve y media de la noche al volver a casa. De lunes a viernes. Juventud mediante, tiró para adelante. Pero la factura llegó.

El metro empezó a producirle ansiedad. “El bus lo llevo mejor y ahora lo sigo aprovechando para mantener un buen ritmo de lectura”, relata. Dos años atrás, en terapia, puso palabras a algo que ya sentía: el ritmo acelerado de su cerebro a causa de la dinámica de la ciudad, esa cadena de estímulos que la dejaba sin capacidad de regularse. Dormía mal, llegaba a casa con la cabeza en llamas, vivía “siempre encendida”.

La solución fue un puñado de pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo. Cambió el transporte público por la bici y por caminar, aunque lloviera. Empezó a salir con más margen de tiempo, para no vivir atrapada en el “llego corriendo al bus”. Cuando se nota desbordada, se sienta en un banco, escribe qué le agobia, disfruta de un café acompañada de las personas del pueblo, respira. Ha aprendido a bajar revoluciones por su bien propio y “el de quienes me rodean”.

Grupo de personas disfrutando al aire libre

Crear redes de apoyo

Entonces, nació una intuición: lo que ella había conseguido podían conseguirlo otras personas. Esa intuición se cruzó con su curiosidad. Se apuntó a un programa de emprendimiento, casi como quien abre una ventana: quiere convertir ideas en un proyecto para acompañar a jóvenes que atraviesan una situación similar a la que ha vivido ella.

De esa mezcla de crisis personal, amor por la naturaleza y ganas de tangibilizar surgió emece.studio.ex, la agencia de experiencias de desconexión digital que ha cofundado con Lucía. No se trata de ir “al campo a respirar hondo y ya está”, sino de diseñar vivencias completas que conecten a jóvenes urbanos con el medio rural y, de paso, activen la economía local.

Una de sus experiencias más celebradas es una cata de cerveza artesanal con pintura en la sierra. Un pequeño grupo compartió un espacio rural, probando cervezas producidas allí por dos jóvenes hermanos, escuchando música en directo y, frente a un lienzo en blanco, se lanzaron a pintar. Al principio, algunos participantes se excusaban: “Yo he venido por la cerveza, lo de pintar…”. Al final, todos acabaron disfrutando.

El resultado es un viaje sensorial —sabores, olores, tacto, paisaje— y, sobre todo, un espacio de encuentro inesperado. En una de esas sesiones, compartieron mesa dos parejas de unos sesenta años y una pareja joven de veintitantos. La mujer mayor abrazó a la chica y le dijo, emocionada: “Qué gusto conocer a gente joven con ideas tan interesantes y con los que compartimos gustos culturales”. Aquella tarde se convirtió en un espacio intergeneracional.

Mujeres jóvenes pintando un cuadro

El propósito: Volver a compartir con la comunidad

En otros encuentros que han organizado, la gente quiso compartir en voz alta que, entre sus propósitos de nuevo año, “quiere ver más a su abuela”, desea cuidar mejor de su salud, que sueña con cambiar de trabajo… Se creó un ejercicio para compartir en comunidad.

Para profesionalizar el proyecto junto a su socia, Martina ha decidido vivir con menos ingresos, apretarse el cinturón, hacer cenas en casa en lugar de restaurantes, etc. Porque el reto ahora es darle estructura, construir un calendario: un par de experiencias al mes, retiros de fin de semana con artistas rurales como “una poeta amiga que vive en un pueblo cercano”, y, más adelante, una pequeña incubadora de proyectos locales que ofrezca formación en comunicación, finanzas o marca a productores y emprendedores del entorno. También sueña con un laboratorio de ideas, ya que confía en la juventud como motor de cambio.

Y el camino no es idílico: Martina habla de sus miedos, del vértigo de gestionar la incertidumbre, de tomar decisiones en días malos, de distinguir si lo que siente es tristeza, euforia o simple cansancio. Le abruma la parte burocrática.

Pero no está sola. Tiene a su familia, que le dice “adelante”; a su pareja, que también emprende y sabe cuándo aconsejar y cuándo escuchar; a su red en Cercedilla, que ofrece espacios, contactos y apoyo emocional. Sabe que siempre hay alguien dispuesto a echar un cable.

Tabla de quesos

Vamos a escuchar a los jóvenes

Si algo tiene como bandera es que la juventud posee un papel clave en el cuidado del medio rural. Quiere recordarles que de los pueblos sale la comida, el aire limpio, y una manera más pausada y consciente de vivir. Porque, en un mundo saturado de pantallas, la desconexión digital no es una moda, sino una necesidad humana.

“La tecnología está diseñada para captarnos, así que nos toca responsabilizarnos del uso que hacemos de ella”, resume. Martina ha elegido ofrecer una solución desde un lugar concreto del mapa, Cercedilla, y con un objetivo concreto: reaprender a moverse despacio para poder pensar en grande.

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