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Así es el material forestal más sostenible del mundo

¿Qué hace del corcho un material único?

Llamamos “cabeza de corcho» a los despistados, expresamos nuestra sorpresa diciendo ¡corcho! o ¡córcholis!, pero en nuestras sociedades tan urbanas, pocas veces caemos en la cuenta de que detrás de estas expresiones hay miles de años de cultura agroforestal mediterránea alrededor de algo tan increíble como la corteza de un árbol autóctono, el alcornoque (Quercus suber), un primo del roble y de la encina.

El corcho es un súper material natural extraordinario, procedente de la corteza del alcornoque (Quercus suber), un árbol exclusivo de la región mediterránea y especialmente emblemático en España. Reconocido por su ligereza, elasticidad, resistencia al agua y capacidades aislantes, no solo se ha consolidado como un recurso de gran valor económico, sino también como una alternativa clave para quienes buscan soluciones sostenibles en un mundo cada vez más consciente de la importancia de cuidar el medio ambiente.

Paradójicamente, la industria del corcho está pasando por un mal momento. Se calcula que su producción ha bajado en España un 30% respecto a los años 80 del pasado siglo, un descenso continuado debido a diferentes factores como la madurez de las masas de alcornoque, las enfermedades, el cambio climático y la competencia de materiales más baratos como los derivados del petróleo.

¿Qué hace del corcho un material único?

El secreto de su ligereza hay que verlo con microscopio, pues se esconde en su estructura celular. De hecho, la palabra célula nació en la gruesa y esponjosa corteza de un alcornoque. Proviene de celda, en alusión a las habitaciones donde viven los monjes en los monasterios. Y tiene su origen en las investigaciones que en el siglo XVII realizó el científico inglés Robert Hooke, al ver por un microscopio que las células del corcho estaban formadas por compartimentos a modo de celdas, de habitaciones monacales.

Estas células de la corteza del alcornoque, conocidas como células suberosas, están formadas por paredes impregnadas de suberina, una sustancia cerosa que les otorga impermeabilidad. Cada célula tiene forma de prisma y está llena de aire, lo que constituye aproximadamente el 90% de su volumen. Por eso pesa tan poco y flota en el agua.

El aire atrapado dentro de su peculiar estructura celular actúa como una barrera natural que absorbe vibraciones y ruido, además de ofrecer excelentes propiedades de aislamiento térmico. La distribución uniforme de estas células permite igualmente que el corcho se pueda comprimir sin perder su forma, recuperando con elasticidad el estado original una vez liberada la presión. Gracias a estas características únicas, es un material valioso y sostenible con múltiples aplicaciones, desde tapones de vino hasta paneles de construcción y productos altamente tecnológicos.

Resumiendo, el corcho tiene unas propiedades físicas y químicas que lo diferencian de cualquier otro material:

  • Ligereza: Aproximadamente el 90% de su volumen es aire, lo que lo hace extremadamente ligero.
  • Elasticidad y compresión: Puede comprimirse hasta la mitad de su volumen sin perder sus propiedades originales.
  • Resistencia al agua y a la humedad: Gracias a la suberina, una sustancia natural presente en su composición.
  • Aislamiento térmico y acústico: Ideal para aplicaciones constructivas y de decoración.
  • Durabilidad: Altamente resistente a la degradación, tanto biológica como física.
  • 100% natural: Tan del campo como una bellota suya, sin químicas.
  • Biodegradable y reciclable: A diferencia de otros materiales sintéticos, se puede reutilizar mil veces sin que se degrade y se convierte fácilmente en compost sin dejar residuos.

¿De dónde viene el corcho y por qué es tan sostenible?

La extracción del corcho, la saca, como popularmente se denomina en España, es una de las pocas actividades forestales que, lejos de dañar al árbol, contribuye a su longevidad, ya que estimula su crecimiento y fortalece su capacidad de absorción de dióxido de carbono. Además, al no implicar la tala del árbol, es un ejemplo perfecto de manejo forestal sostenible.

Su extracción es un proceso artesanal que se realiza con herramientas manuales y requiere manos expertas para asegurar precisión y eficiencia sin dañar al árbol. El corcho se extrae en primavera o verano, cuando la savia fluye con mayor intensidad y facilita el desprendimiento de la corteza. El primer descorche, conocido como bornizo, se realiza cuando el árbol tiene entre 25 y 30 años y un tronco de al menos 70 cm de circunferencia. De cada alcornoque se extrae una media de 70 kilos de corcho.

La corteza del alcornoque se regenera completamente de forma natural tras cada extracción, que se realiza de forma manual cada 9 a 12 años. Un alcornoque sano puede ser descorchado entre 12 y 17 veces durante su vida, ya que puede superar sin problemas los 200 años de vida productiva.

Las planchas de corteza se colocan en el suelo durante varias semanas para secarse al aire libre. Posteriormente, se clasifican según su calidad, destinándose las mejores a la fabricación de tapones de vino y champagne.

Estos largos ciclos de extracción y descanso permiten que los bosques de alcornoques estén bien conservados, sean rentables, ayuden a las economías locales, mantengan una cultura tradicional y actúen como sumideros de carbono, contribuyendo con ello a mitigar los efectos del cambio climático.

El corcho, importante para la economía española

España es el segundo productor europeo de corcho, detrás de Portugal, con 506.000 hectáreas de alcornocales que representan un 25% del total mundial. De ellos se extraen 88.400 toneladas de corcho (frente a las 200.000 de Portugal), el 30% de toda la producción global. Es una actividad que se concentra principalmente en Andalucía, Extremadura y Cataluña, con unas 150 empresas que ocupan a 2000 trabajadores y facturan anualmente más de 630 millones de euros. Andalucía es la región española que más corcho produce y dentro de ella destaca la provincia de Cádiz.

La producción mundial alcanza actualmente las 270.000 toneladas al año, que se obtienen de las casi 2,3 millones de hectáreas de alcornocales distribuidos por siete países del Mediterráneo occidental. Pero no todos los bosques son igual de eficientes. Mientras que en Portugal los alcornocales producen unos 15 kilos por hectárea y año y los españoles 107 kilos, los alcornocales marroquíes apenas llegan a 4 kilos y los argelinos a 2 kilos. No obstante, la superficie sumada de los alcornocales de Marruecos (375.000 ha) y los de Argelia (440.000 ha) arrojan un total de 815.000 ha, que es casi la superficie de alcornocales de Portugal, el primer productor de corcho del mundo. Italia, Francia y Túnez, de productividad media, mantienen en conjunto 287.000 ha de alcornocales que, bien gestionados, podrían superar sus 28.000 toneladas actuales.

Un material con futuro

El corcho no solo representa una oportunidad para la sostenibilidad y la innovación, sino que también simboliza el equilibrio entre tradición y modernidad. Desde sus usos ancestrales en la vinicultura hasta aplicaciones vanguardistas en la industria tecnológica, este material sigue demostrando su valor como un recurso versátil y respetuoso con el medio ambiente. Sin embargo, para asegurar su futuro, será necesario superar los desafíos actuales mediante la investigación científica, la innovación empresarial y el compromiso político. La protección de los alcornoques y sus dehesas, así como la promoción del corcho frente a alternativas sintéticas, son pasos esenciales para fomentar un desarrollo económico que respete los límites del planeta. Apostar por el corcho es, sin duda, una inversión en sostenibilidad, biodiversidad y calidad de vida para las futuras generaciones. Visto así, tampoco es tan malo ser un cabeza de alcornoque.

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