“El ruido es el asesino escandaloso de las ciudades”. La afirmación puede sonar exagerada, pues nadie concibe una ciudad sin ruidos, pero algo así, tan categórico y tremendista, no lo afirma un ecologista furibundo. Lo destaca el informe Fronteras 2022: ruido, llamas y desequilibrios del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). En el capítulo “Escuchar las ciudades: de entornos ruidosos a paisajes sonoros positivos”, la ONU alerta sobre la contaminación acústica y sus confirmados impactos a largo plazo en la salud física y mental de las personas. Sonidos no deseados, prolongados e insufribles procedentes del tráfico rodado, trenes, ambulancias, bares y discotecas, obras y reformas que perjudican seriamente nuestra salud. Lo ratifica la Organización Mundial de la Salud (OMS), prestigioso organismo que igualmente acusa al ruido ambiental de alterar el sueño y provocar graves enfermedades cardíacas y trastornos metabólicos, como la diabetes, al tiempo que causan problemas auditivos y una peor salud mental. Esta contaminación ruidosa, prolongada pero prácticamente invisible por la poca importancia que le damos, además de enfermarnos perturba la armonía y el bienestar de quienes habitan en las ciudades, lo cual tampoco es algo baladí.

Este artículo explora por qué la contaminación acústica continúa siendo un problema grave en nuestras ciudades, cuáles son sus impactos concretos, y por qué resulta tan complejo atajarlo. Pero no está todo perdido: la mayor conciencia pública y algunas políticas emergentes para crear paisajes sonoros positivos y restauradores abren puertas a la esperanza.
El ruido no es bueno
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la contaminación acústica como el sonido no deseado que supere los 65 decibelios durante el día y los 55 decibelios por la noche, umbrales para evitar impactos negativos en la salud. En este sentido, es ya el segundo factor ambiental que más enfermedades provoca en Europa, solo por detrás de la contaminación atmosférica. Así lo indica el informe Ruido y Salud del Observatorio de Salud y Medio Ambiente, donde se alerta de que uno de cada cinco ciudadanos de la Unión Europea vive expuesto a niveles de ruido del tráfico perjudiciales para la salud. El estudio detalla que esta exposición prolongada afecta tanto al oído como a otros sistemas del cuerpo. En el ámbito auditivo, puede causar pérdida de audición y acúfenos. Pero los efectos extra auditivos son aún más amplios: alteraciones del sueño, aumento del riesgo de enfermedades cardiovasculares, estrés, ansiedad, depresión o incluso demencia. También relaciona el exceso de ruido con complicaciones durante el embarazo y con un menor desarrollo cognitivo y rendimiento escolar en la infancia.

Pero lejos de controlarse, el problema va a más. Las grandes urbes crecen, se expanden y se transforman veloz y ruidosamente. En ese proceso, los nuevos modos de vida, la movilidad, la planificación urbana y el uso del suelo interactúan generando una banda sonora cada vez más densa, más insufrible. En ciudades con carreteras, ferrocarriles o aeropuertos cercanos a las zonas residenciales, la exposición al ruido suele superar los niveles recomendados por las entidades internacionales. En Europa, más de un 30% de la población vive en áreas donde los niveles de ruido del transporte superan las recomendaciones de la OMS, como ha confirmado un estudio de la Agencia Europea del Medio Ambiente. Y en muchas ciudades este porcentaje es notablemente mayor. Por ejemplo, se estimó que el 43,8% de la población de Madrid estaba expuesta a niveles superiores al límite recomendado.

Ese trasfondo explica por qué el ruido urbano no es solo “molesto” sino un problema ambiental estructural. La densidad de población, la proximidad de vías de alta capacidad, la mezcla de usos residenciales e industriales y la continua expansión del transporte implican que muchas zonas de la ciudad estén sometidas a una presión sonora que difícilmente se disocia del paisaje cotidiano.
Según estudios recientes de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), unos 113 millones de europeos, aproximadamente el 20% de la población, soportan de forma continuada sonidos superiores a los 55 decibelios, el umbral a partir del cual comienzan los efectos nocivos sobre el organismo. Esta exposición prolongada al ruido causa unas 66.000 muertes prematuras al año, además de 50.000 nuevos casos de enfermedades cardiovasculares y 22.000 casos nuevos de diabetes tipo 2. También se reportan miles de casos de trastornos mentales, problemas de sueño, molestias crónicas y dificultades cognitivas en niños, como problemas de lectura, problemas de comportamiento y sobrepeso infantil.

Otra investigación, llevada a cabo por el Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), ha evaluado los niveles de ruido procedentes del tráfico rodado en 749 ciudades europeas y su impacto en la salud. Los resultados, publicados en Environment International, muestran que cerca de 60 millones de personas adultas están sometidas a niveles de ruido generado por vehículos perjudiciales para la salud.
El ruido ambiental es igualmente responsable de modificar el paisaje sonoro y afecta directamente la biodiversidad al reducir la presencia de aves y provocar un mayor estrés a la fauna urbana. Más allá de ser un problema humano se ha convertido en un problema de habitabilidad para todo ser vivo.
La dificultad de silenciar al ruido
Todos buscamos ciudades tranquilas donde en lugar de coches se oiga el canto de las aves y el murmullo del viento en los árboles, pero la realidad es bien distinta. Reducir el ruido implica modificar comportamientos, revisar rutinas, apostar por menos vehículos privados y más transporte colectivo eficiente, generalizar las zonas de baja velocidad y replantear la planificación urbana incluyendo una zonificación de usos sensibles que incluya la creación de zonas tranquilas. Un reto titánico para ciudades en permanente crecimiento.
Por otro lado, la normativa relativa al ruido no es tan estricta como la relativa a otros contaminantes. La Directiva Europea de Ruido Ambiental obliga a elaborar mapas estratégicos de ruido e implementar planes de acción, pero no regula límites vinculantes para todas las zonas urbanas. Esta falta de objetivos claros frena su avance. La Comisión Europea propuso que para 2030 se reduzca en un 30% el número de personas “crónicamente molestadas por el ruido de transporte”, pero los auditores estiman que solo se alcanzará una reducción del 19% en el mejor de los casos.

También existe un claro problema de percepción. Al ruido se le acepta como parte inevitable de la vida urbana. Muchos residentes pueden acostumbrarse o adaptarse a niveles elevados, pero ello no significa que el impacto sobre su salud sea nulo. Esa normalización dificulta la movilización ciudadana y la presión política para exigir mejoras.
Por último, la desigualdad social juega también un importante papel. Los estudios señalan que los grupos socioeconómicos más bajos tienen mayor probabilidad de residir en zonas con vías de tráfico intenso, aeropuertos o infraestructuras ferroviarias cercanas, por el hecho de ser viviendas más baratas, mientras que las clases más acomodadas ocupan los barrios más silenciosos, que no por casualidad son los más caros. El ruido urbano se convierte también así en un problema de justicia ambiental además de salud pública.
Hacia entornos urbanos más silenciosos
La contaminación acústica no es solo una cuestión de reducir decibelios. Se trata de promover entornos saludables donde el silencio y el bienestar sonoro formen parte indisociable de la calidad urbana. En este sentido, algunas ciudades ya están integrando pavimentos de absorción sonora gracias a la incorporación del caucho de neumáticos reciclados en el asfalto, ampliando las zonas peatonales, generalizando limitaciones de velocidad en áreas residenciales, promoviendo corredores verdes que amortiguan el sonido y teniendo en cuenta detallados planos acústicos en la planificación urbana.

Sin ir más lejos, garantizar ruidos en las ciudades europeas por debajo de los 53 dB como propone la OMS evitaría al menos 3.600 muertes por enfermedad isquémica al corazón entre adultos. Este tipo de efectos saludables demuestra que la intervención es posible y rentable desde el punto de vista sanitario.
Además, la articulación de políticas de movilidad sostenible, como más transporte público, más bicicletas y vehículos eléctricos, junto con la revisión del espacio urbano, disminuyen el ruido y contribuyen a otros objetivos ambientales no menos importantes como la mejora de la calidad del aire o la reducción de emisiones de efecto invernadero. Aunque el mayor reto lo tenemos las personas, responsables de aceptar, exigir y defender que una ciudad más silenciosa es también una ciudad más saludable y habitable.