En esta serie de ‘Artistas en Verde’ solo en una ocasión nos hemos detenido en un artista animal: Pigcasso, la cerda sudafricana pintora. Así que hoy, en pleno verano 2025, hacemos justicia y volvemos la mirada hacia unas aves muy especiales, los pergoleros –o aves de emparrado– de Australia y Nueva Guinea (‘Ptilonorhynchidae’, en su nombre latín), famosos por el sorprendente comportamiento de los machos, que construyen complejísimos decorados para atraer a las hembras haciendo alarde de su extraordinario sentido del reciclaje. No os lo perdáis. Asistimos a una sesión de ‘first dates’ muy, muy verde y natural.

Lo cuenta el escritor, fotógrafo y ornitólogo estadounidense Noah Strycker en su libro Esa cosa con plumas, un maravilloso ensayo publicado este año por una de las editoriales españolas más prestigiosas actualmente, Capitán Swing. El ensayo de Strycker, tan informado como entretenido, nos cuenta mil anécdotas sobre urracas, buitres, colibríes, pingüinos, cacatúas, palomas mensajeras, albatros…, desde increíbles historias de amor y fidelidad hasta capacidades de orientación y movilidad de algunas de estas especies que escapan a los límites de la inteligencia humana. El libro no tiene desperdicio (frase hecha que viene muy a cuento en un blog enfocado al reciclaje y la sostenibilidad), pero vamos a detenernos en las aves de emparrado.
Así comienza el capítulo Artes y astucias. El cortejo estético de las aves de emparrado: “Cuando en una tarde abrasadora en el interior de Australia me topé con el primer emparrado que veía en la vida, pensé que se trataba de algún tipo de altar religioso o una ingeniosa broma. Después de caminar toda la mañana por el bosque, de pronto llegué a un inesperado claro de casi cinco metros de ancho, en cuyo centro vi una especie de estructura de mimbre parecida a una diminuta choza. Dos gruesas paredes de ramas entretejidas de unos sesenta centímetros de alto formaban un arco, y justo frente a sus dos entradas había pequeños montículos de piedras blancas, hojas verdes y huesos decolorados claramente dispuestos a modo de decoración”.
Antes que nada, vamos a presentar a estos animales. National Geographic los califica de “pájaros diseñadores que juegan con la geometría”. Y la web Naturaleza Insólita los describe así: “Es un género de aves en Australia y Nueva Guinea que cuenta con 20 especies distintas. Sus medidas van de los 22 a los 40 centímetros. Destaca por las estructuras llamadas emparrados que crean los machos con palos y objetos de colores para atraer a las hembras; estos objetos incluyen conchas, flores, plumas, piedras, hojas, vidrio, monedas, plásticos… Las hembras visitan varios emparrados y se quedan con el macho que construye el que está mejor elaborado; varias hembras suelen elegir a un mismo macho. Hay dos tipos básicos de estructuras: una construida con dos paredes hechas con palos y otra en forma de cabaña. Se alimentan de frutas, insectos, flores, hojas y néctar. Son las aves paseriformes que viven más tiempo, entre 8 y 10 años de media, aunque algunos ejemplares han llegado a vivir más de 20”.

“Lo que sí sabemos es que las aves de emparrado son bastante inteligentes. Si pensamos en algún ave que reúna las condiciones del pensamiento abstracto necesarias para la creación artística, los pergoleros sin duda son buenos candidatos. Están emparentados con la familia de los córvidos, a la que pertenecen cuervos, urracas y arrendajos, que tal vez sean las aves más inteligentes del planeta”.
Volvemos al ensayo de Strycker: “Las aves de emparrado son bien conocidas por sus extraños y cautivadores rituales de cortejo. En lugar de solo cantar o desplegar llamativas plumas para atraer a una pareja, los machos construyen elaboradas estructuras para presumir de sus grandes talentos como arquitectos y diseñadores, labor a la que dedican muchísimo esfuerzo. Construir el emparrado perfecto de cada año puede llevarle hasta diez meses; sin embargo, el proyecto bien vale la pena, ya que las hembras eligen a sus parejas solo por estos departamentos de soltero de diseño abierto. Después del apareamiento en el emparrado, la hembra se aleja para construir su nido en otra parte, empollar y criar a los polluelos por su cuenta. El macho no puede darse el lujo de pasar todo ese tiempo alejado de su principal ocupación, pues correría el riesgo de perder su toque seductor. Un macho exitoso puede aparearse con decenas de hembras en el curso de una sola temporada”.
Su toque artístico afina muchísimo. Entre esas 20 especies en Oceanía, cada una presenta sus propios gustos. “El pergolero satinado del oriente de Australia, de plumaje negro metálico y ojos azules, decora sus emparrados con objetos de color azul brillante, como moras, flores, hojas, tapones de botella y cucharas de plástico, pajitas, bolígrafos, pinzas de ropa y todo aquello que tenga el azul indicado. El pergolero regente macho, con su impactante plumaje negro y amarillo, también del oriente australiano, recubre el interior de su emparrado con una pintura pegajosa de color verde intenso hecha con plantas machacadas y saliva (…) El pergolero pardo de los bosques tropicales de Nueva Guinea occidental, un modesto pájaro de color oliva del tamaño de un tordo, construye una especie de choza triangular frente a cuya entrada extiende una alfombra de musgo de varios metros cuadrados, como el césped de un jardín, que decora con cientos de moras, alas de insectos y flores de llamativos colores”.

Pero es que van un paso más allá. No solo poseen esa habilidad artística, sino que son además unos verdaderos maestros de la recuperación y el reciclaje, y por eso los hemos traído aquí. Leemos en el libro de Capitán Swing: “Si bien los materiales más comunes que utiliza el pergolero grande suelen ser piedras, huesos, estiércol deshidratado, conchas, moras, hojas y otros desechos, la basura que producimos los humanos también ejerce su encanto, como trozos de vidrio y plástico, canicas e incluso recortes de uñas”.
Y aún hay más: “Si bien cada especie tiene estilos decorativos más o menos uniformes, algunos pergoleros aprovechan los recursos locales, lo cual puede conducir a tendencias de diseño en áreas específicas que predominan a lo largo del año. Si de pronto se encuentra disponible un suministro de plástico verde, de la noche a la mañana se convierte en el último grito de la moda”.
“El pájaro recorre cientos de kilómetros en busca de los mejores elementos constructivos o de objetos inusuales y llamativos, que a veces roba de otras chozas. No hay dos pérgolas iguales, y la colección de objetos refleja el gusto personal de cada ave y la habilidad que tenga para procurarse cosas inusuales y raras. En tiempo de apareamiento, la hembra irá de pérgola en pérgola, mirando cómo el macho propietario desarrolla un ritual de apareamiento e inspeccionando la calidad del emparrado. Muchas hembras terminan seleccionando el mismo macho y muchos machos con malas demostraciones se quedan sin pareja”.
Todo un cursillo de sostenibilidad que, como si fuera genético, se va heredando. Leemos: “Es probable que los diseños decorativos de las aves de emparrado hayan evolucionado por selección reproductiva. (…) En cierto momento del pasado, los pergoleros hembra comenzaron a preferir a los machos que recolectaban objetos llamativos, de modo que fueron esos individuos los que transmitieron sus genes; cuanto más se generalizó este comportamiento, más ostentoso se volvió el despliegue decorativo de los machos como parte de un círculo de retroalimentación positiva”.

Y llegamos al momento culminante. El más hot de estos encuentros a primera vista con atrezo muy cuidado. Cómo y con quién se produce el apareamiento. “Deseaba entender”, nos cuenta Strycker, “cómo el pergolero macho diseñaba el emparrado más seductor para enamorar mejor a la hembra y atraerla para aparearse. El ritual de apareamiento es simple. Cuando una hembra visita un emparrado, primero camina alrededor inspeccionando la obra en su conjunto y después se para en el sendero creado entre las paredes paralelas de ramas entrelazadas que forman el arco. En este punto, el macho corre excitado al escenario para cortejarla con los objetos reunidos y, entusiasmado, le va mostrando sus tesoros más preciados, que uno tras otro recoge con el pico –comenzando, digamos, con una llamativa pinza de ropa– y los mueve frente a ella mientras abre como abanico la cresta rosada que adorna la parte de atrás de su cabeza. El macho no se para sobre la pila de objetos, ya que eso impediría a la hembra apreciarlos en todo su esplendor, sino que se coloca a un costado, de modo que la hembra tan solo puede ver su cabeza asomada por la entrada del arco. Ella toma su decisión a partir de esta actuación”.
El capítulo de Esa cosa con plumas dedicado a los emparrados termina así: “En ocasiones siento algo de pena por las aves de emparrado. Tal es su devoción por causar una buena impresión que no tienen nada más que ofrecer a las hembras que consiguen atraer. Los pergoleros macho, sean artistas esforzados o artesanos seductores, no son sino solterones empedernidos, tan absortos en su trabajo que nunca criarán a sus propios hijos. El emparrado perfecto no deja espacio para nada más”.