En general, la sociedad no es consciente de la importancia de la sostenibilidad en su vida diaria. Es cierto que cada vez damos más valor a ciertos valores y actuaciones como la importancia del reciclado, conseguir una mayor eficiencia energética o la apuesta por energías renovables. Sin embargo, hay otros apartados que, siendo igual de importantes, no le prestamos apenas atención. Uno de ellos es el de la cosmética.

¿Cuántas veces te has preguntado qué elementos componen una barra de labios? ¿Sabes cuánta energía o agua es necesaria para fabricar una crema de manos? ¿Es el bote de gel de baño que usas a diario sostenible? Por norma, los productos cosméticos se venden como un universo de bienestar y autocuidado pero detrás de cada uno de ellos hay una realidad mucho menos edificante: cadenas de suministro intensivas en recursos, envases difíciles de reciclar o fórmulas que dependen de materias primas cuya extracción no siempre es respetuosa con el medioambiente. Los usuario evalúamos textura, aroma, resultados o precio, pero rara vez nos preguntamos acerca de los procesos que hay detrás de cada artículo.
El discurso “verde” alrededor de la cosmética se ha aprovechado de esta indiferencia e ignorancia del consumidor. Únicamente, algunas campañas de marketing han intentado reforzar ese aspecto, pero como a los usuarios no ha parecido importarles, el énfasis en apostar por la sostenibilidad como argumento de venta ha quedado diluido. Así que a falta de interés, son las propias empresas las que apuestan por modelos y procesos más sostenibles que no sólo benefician al medioambiente, sino que también reducen los costes de los fabricantes y empresas del sector. En este contexto, la transformación del sector está llegando desde la tecnología con el empleo de la biotecnología, la analítica de datos o el desarrollo de nuevos modelos de envases que permiten reducir el impacto ambiental y hacer más visible lo que antes quedaba oculto.

La sostenibilidad empieza con los ingredientes
La verdadera sostenibilidad de un producto cosmético no empieza en el envase, sino en lo que contiene. Y aquí la tecnología está permitiendo abandonar el modelo tradicional, basado en la extracción intensiva de recursos naturales. Gracias a la biotecnología ya se pueden producir muchos ingredientes en laboratorio lo que reduce la presión sobre cultivos, disminuye el consumo de agua y evita depender de cosechas variables o de cadenas de suministro opacas. En lugar de talar, recolectar o sobreexplotar determinados recursos, se replica la molécula de interés en un entorno mucho más eficiente y medible.
Además, se está extendiendo el uso del llamado “upcycling” de materias primas que consiste en convertir residuos de otras industrias en ingredientes cosméticos de alto valor. Subproductos de la industria alimentaria, restos de semillas, pieles de frutas o partes de plantas que antes se desechaban ahora pueden transformarse en extractos, aceites o polvos que aportan beneficios reales a la piel. Aquí, la analítica juega un papel clave a la hora de determinar qué fracciones son aprovechables, cómo procesarlas y cómo garantizar su seguridad.

Finalmente, la parte de la formulación también se ha tecnificado. Donde antes predominaba el método de ensayo y error, con múltiples lotes que podían acabar en la basura, hoy se utilizan herramientas digitales capaces de simular el comportamiento de una fórmula antes de fabricarla. Ya existen soluciones y plataformas específicas que permiten predecir la estabilidad de las mezclas, la compatibilidad entre ingredientes, su textura final e incluso su comportamiento en diferentes condiciones de temperatura y humedad. Gracias a ello, se reduce el número de pruebas fallidas, se ahorra energía y materias primas durante el I+D y se tiende a fórmulas más concentradas y eficientes.
La IA como aliado
Si hay una tecnología que ya está ayudando a mejorar la sostenibilidad en los procesos de desarrollo de la cosmética es la Inteligencia Artificial. Su poder radica en la capacidad que tiene para analizar grandes volúmenes de datos, tanto en las propiedades químicas de los ingredientes como en el establecimiento de patrones de comportamiento en las fórmulas, para predecir resultados sin necesidad de que haya que realizar complejos ensayos. Esto no sólo acelera el desarrollo de nuevos productos, sino que permite priorizar materias primas de bajo impacto, optimizar combinaciones que minimicen residuos y reducir el consumo masivo de recursos naturales.

Además, la cosmética genera millones de toneladas de residuos anuales y depende de cadenas de suministro vulnerables. Con la IA se soluciona algunos de estos problemas. Por ejemplo, los modelos generativos pueden simular miles de variaciones de una fórmula en poco tiempo e identificar aquellas con mayor biodegradabilidad, menor huella de carbono o procedencia circular. Así se evitan prototipos fallidos y se fomenta el uso de ingredientes upcycled. Además, la IA puede anticipar la toxicidad o estabilidad de un producto sin tener que realizar pruebas en animales. El resultado es una cosmética más eficiente y sostenible que mejora la trazabilidad y la reducción de emisiones.
Un ejemplo paradigmático es la alianza entre IBM y L’Oréal, para crear el primer modelo de IA generativa específicamente diseñado para cosmética sostenible. Este sistema, entrenado con la vasta base de datos de formulaciones de L’Oréal, utiliza IA generativa para descubrir patrones invisibles y sugerir nuevas combinaciones de ingredientes. El foco está en materias primas biológicas o de economía circular, que reduzcan el impacto ambiental sin comprometer la seguridad o eficacia. Según los implicados, esta herramienta acelera el desarrollo de productos en un 25-30%, minimiza ensayos físicos y prioriza fórmulas con menor consumo de agua y energía.
Gracias a todos estos avances, la sostenibilidad deja de ser un mensaje accesorio y se convierte en una consecuencia lógica de cómo se diseña, fabrica, envasa, distribuye y consume la cosmética. Poco a poco, el consumidor irá siendo más consciente de la importancia de todos estos aspectos e irá valorando cada vez más la importancia que tiene cada proceso en la mejora de la sostenibilidad. Ahora sólo falta leer la procedencia y los ingredientes con los que está fabricada la barra de labios o la crema hidratante.