Quedo con Daniel Barrio una de estas preciosas tardes que la primavera le ha regalado a Madrid. Nos citamos en su amplio y algo destartalado estudio en un curioso recinto semiabandonado en el centro de la ciudad. Paseamos entre decenas de obras en las que ha trabajado estos últimos años con los más curiosos materiales recuperados: desde gruesas superposiciones de carteles publicitarios de esos que se pegan en las paredes de las calles más transitadas hasta lijas de carpintero y estropajos, desde masas de restos de velas de parafina hasta volúmenes muy viejos recuperados de librerías de viejo y también retales de sus propias obras anteriores. Es nuestro invitado de mayo 2026 en la serie ‘Artistas en Verde’.

Rápidamente me viene el pensamiento de que probablemente mucho de este afán recuperador de Daniel, de este ahorro extremo de materiales, de esta conciencia ambiental tan interiorizada y natural en contra del desperdicio, le venga de su origen, Cuba, país que lleva muchas décadas poniendo a prueba el ingenio de su población para solucionar problemas y escaseces, para resolver precariedades, para ajustarse a lo que hay. Resolver, resolver, resolver día a día. También porque, confiesa, le gusta transmitir la idea de la trasmutación de la materia y de la falta de certezas. Todo puede ser algo y lo otro. Y una lija y un estropajo y una pelota de tenis que han sido ya desechados para su función primera pueden convertirse en dignísimos soportes de pintura al fresco. Upcycling artístico.
Daniel Barrio es de Cienfuegos, esa ciudad cubana abierta al mar del Caribe, cuyo centro histórico es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 2005. Nació en 1988; de sus 37 años, lleva 15 en España, siempre en Madrid, desde que se estrenó en la ciudad con un proyecto artístico colectivo puesto en marcha por la galería Espacio Mínimo.
Su capacidad de adaptación y de resolver-resolver le ha hecho transitar por los más diversos trabajos, desde atrezo para series de televisión –en su país se especializó en dirección de arte orientado al cine– hasta los sectores del textil y la construcción. Pero en los últimos años ha decidido centrar su empeño vital en la pintura. Y este pasado invierno logró una invitación de la conocida feria ArtMadrid (una de las convocatorias paralelas y alternativas a ARCO) para presentar sus trabajos en un stand exclusivo para él de 25 metros cuadrados. Daniel Barrio montó una excelente escenografía arquitectónica de sabor neoclásico, presidida por un busto al estilo de la Grecia clásica pero deformado y una instalación levantada con bloques de lijas y una gran masa de restos de velas de parafina, y rodeada por más de 50 metros cuadrados de sus pinturas. “El mejor comentario que me hicieron fue el de una señora que me dijo: ‘Se está tan bien aquí, que no me quiero marchar”. Y añade: “Mi objetivo era crear un oasis dentro de la premura y velocidad con que se consume el arte en una feria; y eso parece que lo logré”.
Allí es donde le conocí y le invité a formar parte de esta serie de Artistas en Verde.

Daniel está encantado con la visita del periodista y le lleva por todos los rincones de las diversas salas del espacio donde trabaja, mostrándole aquí y allá sus pinturas, que básicamente emplean como soporte esos pobres materiales de desecho recuperados, sobre los que trabaja al modo del fresco, con mortero de cal y pigmentos naturales. El hecho de trabajar con la técnica del fresco le obliga a que cada pintura, por muy grande que sea, ha de completarse en una sola jornada. De ahí que antes tenga bien esbozado lo que quiere pintar. Porque lo que quiere contar es complejo. Vemos como seña de identidad un gran regusto clásico: amplias muestras de geometría, composiciones al estilo De Quirico y Fra Angelico, bustos clásicos… Me comenta que en Cuba recibió una formación muy académica, muy –claro– de la escuela rusa. “Me interesa mucho el espacio, la relación de los humanos con el espacio”. Tanto es así que de sus últimos cuadros ha desaparecido la figura humana, sólo representada por esas piezas de esculturas clásicas desmembradas. “Me interesa la interacción humana en el espacio, cómo lo altera, lo transforma, lo adultera, manipulándolo todo, hasta el punto de no saber que información estamos recibiendo, hasta cuestionar cualquier certeza”. Así, sus pinturas son como puzles de aire surrealista donde piezas aparentemente desconectadas nos transmiten ese cuestionamiento de cualquier certeza.
En una de las estancias, cerca de una impresora 3D, pasamos junto a la reproducción de una cabeza de Nerón; qué mejor personaje histórico para representar el perpetuo cuestionamiento de todo que este tiránico emperador romano, un gran apasionado de las artes que tocaba la lira mientras Roma ardía. La impresora 3D y la cabeza de Nerón: pasado y presente inciertos, donde todo es manipulable.

En las obras de otro espacio habitan varios barcos de vela; “representan el viaje, el tránsito, mi migración”. Salimos a una azotea donde, expuestos al sol, se van sedimentando bloques de varios centímetros de grosor compuestos de carteles de duro papel que se convierten en un material sólido y ligero a la vez, ideal para que Daniel trabaje sobre esa superficie el mortero de cal. De su paso por la construcción también se ha traído materiales que, en principio, sentimos como todo lo opuesto a la experiencia artística; por ejemplo, la espuma de poliuretano, eso tan feo que se usa como aislante. Y, ¡sorpresa!, incluso vemos varios trabajos en los que Daniel ha usado de soporte pelotas de tenis ya retiradas por no presentar la suficiente firmeza. También reparamos en otra pared en una composición pictórica en la que este sorprendente artista ha hecho uso de las cestitas de plástico donde suelen venderse fresas o cerezas o arándanos en los supermercados. Cerezas, que no certezas.

Y uno no puede –claro– dejar de pensar en sus viajes a Cuba y la comprobación constante del ingenio de su gente para resolver precariedades. Una actitud que Daniel Barrio ha traído al centro de Madrid y que la aliña con su creatividad artística y su empatía personal.