Es cada vez mayor el número de vehículos eléctricos que circulan por nuestras carreteras. Como es conocido esté tipo de transporte genera un menor impacto ambiental para el medioambiente si se compara con los tradicionales motores de combustión. Pero que sea menor, no quiere decir que no afecten a la sostenibilidad del planeta. Para empezar, la recarga de estos coches, camiones o autobuses, depende de la fuente de la que se obtenga la energía: si la fuente proviene, por ejemplo, de una central térmica, el efecto medioambiental es evidente.

Pero además de este problema el coche eléctrico añade uno nuevo. ¿Qué hacemos con las baterías? ¿Qué ocurre con ellas cuando alcanzan el ciclo de vida recomendado? ¿Es sostenible la extracción de los minerales para su fabricación? Resolver el dilema de las baterías empieza a ser una prioridad urgente para científicos, gobiernos e industrias que buscan garantizar que la movilidad eléctrica no provoque la resolución de un problema como la emisión de CO₂ para crear otro.
El ejemplo más claro es China. El gigante asiático ha sido el principal impulsor de la movilidad eléctrica. Si alguien recorre las calles de ciudades como Shanghái o Shenzhen apenas encontrará un coche de combustión fósil, pero eso ya empieza a representar un problema. Tal y como asegura el Ministerio de Industria y Tecnologías de la Información Chino, se calcula que el volumen anual de baterías que alcanzarán su ciclo de vida superará el millón de toneladas en 2030. ¿Y qué se hace con ellas? Es aquí donde la tecnología puede ayudar.
El coste oculto: impacto ambiental de la extracción de minerales
La demanda de baterías está creciendo con rapidez y eso multiplica la presión sobre materias primas como litio, cobalto, níquel y grafito natural. La Comisión Europea advierte de que el aumento de la demanda exige reducir el impacto ambiental de la extracción y el refinado de estos minerales, y que las empresas deben identificar y abordar los riesgos sociales y ambientales asociados al suministro de los mismos.

El coste oculto no es sólo ecológico: también es hídrico y ético. En el caso del litio, su extracción impacta en ecosistemas ya de por sí frágiles y provoca alteraciones hidrológicas y un consumo intensivo de agua en zonas áridas. Por su parte, el cobalto se produce mayoritariamente en la República Democrática del Congo donde la falta de medidas de seguridad, el trabajo infantil y las condiciones laborales de extrema precariedad son la moneda más común.
Por si fuera poco, fabricar las propias baterías también contamina. Dependiendo del país y de la energía que emplee la fábrica, producir una batería promedio emite toneladas de CO₂, así que como muchas de estas fábricas están en países que todavía emplean el carbón como fuente de energía (es el caso de China), el coche eléctrico nace con una deuda ambiental que tarda un tiempo en compensar mientras circula.
Baterías libres de minerales críticos
Para solucionar el problema, la industria está intentando reducir su dependencia de minerales críticos con nuevas fórmulas químicas y diseños más eficientes. En España y Europa ya hay proyectos orientados a baterías más ligeras, sostenibles y libres de cobalto, con el objetivo de mantener prestaciones sin recurrir a materiales escasos o de mayor huella ambiental. Uno de los más avanzados es BATTECH un centro de referencia diseñado para cubrir toda la I+D+i del ecosistema de baterías del sur de Europa. En él se investiga y estudia toda la cadena de valor de la próxima generación de celdas y baterías eléctricas para los mercados de la movilidad eléctrica.

El desarrollo de este nuevo tipo de baterías, en las que se prescinde del uso de minerales críticos, es fundamental para evitar los problemas de impacto ambiental. Además, permitirán reducir los costes de cada batería.
La propia Comisión Europea reconoce que la regulación busca un uso menor de materias primas no europeas y sustancias peligrosas y ha financiado diferentes proyectos para el desarrollo de baterías sin este tipo de minerales. Entre los proyectos más destacados se incluye COBRA que ya ha conseguido eliminar el cobalto en la fabricación.
Reciclaje y economía circular
Mientras se investigan y se desarrollan nuevas baterías, el reciclaje y la economía circular siguen siendo la mejor arma para reducir el impacto ambiental. En Europa somos los más avanzados en esta materia y en este sentido la Comisión Europea ya tiene establecidas un conjunto de reglas para calcular y verificar la eficiencia del reciclaje y la recuperación de materiales, con el objetivo de mantener los recursos en la economía durante más tiempo y apoyar una economía circular y competitiva.

Además, la normativa europea fija objetivos crecientes de eficiencia de reciclaje y recuperación de materiales como cobalto, cobre, litio y níquel. Eso significa que el reciclaje ya no es solo una opción ambiental, sino una infraestructura estratégica para asegurar suministro, bajar dependencia exterior y reducir residuos peligrosos al final de la vida útil.
Trazabilidad, Inteligencia Artificial y el pasaporte de baterías
La trazabilidad va a jugar un papel cada vez más importante para que el reciclado de las baterías sea eficiente. Es aquí donde el pasaporte de baterías va a tener un papel protagonista. Esta identificación estará vinculada a un código QR y dará acceso a información sobre identificación, características técnicas, rendimiento, durabilidad, reparación, reutilización, reciclaje y sostenibilidad de cada una de las baterías. En él se registra la procedencia ética de las materias primas, la huella de carbono acumulada en el proceso de fabricación, la composición química exacta y el porcentaje de contenido reciclado integrado. Esto permite garantizar una cadena de custodia transparente y facilita a las plantas de reciclaje la identificación instantánea de los componentes internos.

Además, la Inteligencia Artificial puede aportar valor en varias capas como es en la clasificación de las baterías, la detección de anomalías, la optimización de recogida, la predicción de vida útil y la verificación de cadenas de custodia.