Entrar en su estudio en el espacio artístico compartido La Tercera Nave, en el barrio de Carabanchel, en Madrid, es acceder a un mundo mágico e inspirador, creado con las pequeñas maravillas que nos ofrece la naturaleza y a menudo menospreciamos o directamente despreciamos. Con semillas, tallos, flores de lo que a menudo llamamos ‘malas hierbas’. En agosto nos visita en la serie ‘Artistas en Verde’ la alemana afincada en España Pia Post. Ahora que, con enorme tristeza, rabia e impotencia, vemos arder tantos paisajes, espectaculares montes y bosques, con esta mujer podemos sopesar aún mejor el incontable valor de todo lo que la naturaleza nos da y perdemos con tan poco equilibrio emocional, razón, conciencia y propósito de enmienda.

Llegó a España con su marido hace 23 años. “Como todos los alemanes veníamos buscando sol y mar. Nos instalamos provisionalmente en Madrid, pero, ya ves, como le pasa a mucha gente, esta ciudad nos fue atrapando, atrapando”. Lo dice feliz, con esa sonrisa amplia y expresión de tranquilidad que es el mejor prólogo a su obra, tan serena como original.
De familia de carpinteros de varias generaciones, Pia ejerció primero como ebanista. “Cada madera tiene su encanto… El tilo, el roble”… Luego vivió en Italia y Francia, dedicada a la restauración de muebles, barcos de vela… Estudió Arquitectura de Interiores en Alemania, en Escocia, pasó por EE. UU.. Y cuando se tomó un año sabático, dio la vuelta al mundo con su marido. “Acabamos en España con la intención de aprender español y, mira, aquí seguimos…”.
Seguramente esa amplitud de miras y miradas es lo que le ha dotado de esa capacidad de ver y apreciar lo más pequeño. Sus primeros pasos en el mundo más propiamente artístico los dio en 2013 participando en un espacio colaborativo con Laura Ponte, muy conocida por su faceta de modelo. Desde hace dos años habita La Tercera Nave, puesta en marcha por la fotógrafa Ana Nance, junto a otras cinco artistas. Ha mostrado sus creaciones en espacios madrileños como Casa Madre y el Centro Cultural Antonio López, en Coslada; en otoño estará en la galería Mad is Mad, en una muestra colectiva avalada por FSC.

Cuando pasamos a su camarote de La Tercera Nave, nos atrapa una asombrosa naturaleza quieta, como se llama en inglés a los cuadros de bodegones; un envolvente escenario formado con centenares de pequeñas piezas que parecen joyas y son flores secas, pequeños frutos, huesecillos, espinas, raspas o cabezas de pequeños peces… Todo un mundo que nos puede resultar extraño, pero que en realidad nos rodea en cuanto salimos a un área no plenamente urbanizada. Basta con detenernos, mirar y observar para darnos cuenta de todas las maravillas que conviven con nosotros y nos conectan con algo superior. Es lo que sabe hacer y hace Pia. “Crecí en el campo, en un pequeño pueblo de Alemania, y desde siempre, desde pequeña, tuve la misma actitud, mirar las cosas de cerca, cambiar de escala, hacerte pequeña para ver el mundo de otra manera… Saber acercarte a lo más pequeño para entender lo más grande. Es algo que me fascina; cómo lo diminuto es en esencia igual que lo más enorme. Cómo los fractales de un copo de nieve son lo mismo que el ordenamiento del Universo”.
Nos lo cuenta así Fabiola López-Durán, comisaria de la exposición colectiva Epistemologías Radicales, montada en junio y julio en La Tercera Nave con las artistas Allegra Esclapon, María Gimeno, Linarejos Moreno, Ana Nance, Gloria Oyarzabal y Pia Post. Dice: “Pia rescata desechos, semillas y ‘plantas inútiles’ –aquellas que suelen ser erradicadas de campos y jardines, que se adhieren a la ropa, que incomodan y se descartan– para replantarlas en un campo de significado que subvierte las jerarquías entre lo valioso y lo residual. Pia les admira, limpia y cuida con minucia, les recompone y, en el proceso, hace emerger su belleza y complejidad, articulando composiciones híbridas que interpelan la visión antropocéntrica del mundo natural, y abren paso a formas más sensibles y recíprocas de convivencia ecológica”.

La magia llega también porque Pia prácticamente no altera ni interviene esas magníficas obras de arte de la naturaleza; a veces les da un toque de pintura, de pan de oro, pero generalmente su trabajo consiste en saber verlas, colocarlas y dignificarlas proporcionándoles un contenedor adecuado, que suelen ser pequeñas cajitas de vidrio o metacrilato, con fondos negros o blanco-hueso, de una manera sencilla y limpia, elegante, que les aporte una protección y solidez adecuadas, dentro de su propia y bella fragilidad. Un trabajo para lo que está claro le sirve su formación en arquitectura de interiores. Construye así una especie de pequeños altares como homenaje y agradecimiento a todo que la naturaleza nos ofrece, desde un diente de león o la sámara de un arce a la pequeña cabeza de un pez, sus espinas o su raspa, o sus agallas o las agallas de un roble. “Son obras de arte en sí mismas”. Sí, contemplando fijamente, sin prisa, algunas de estas piezas naturales en su estudio uno las asimila fácilmente con elaboradísimas y cotizadísimas joyas. Es el gran problema de nuestra sociedad de las prisas, que cada vez nos cuesta más detenernos…, detenernos a observar y reflexionar.
Y ahí, en ese resquicio, es donde cabe el enorme talento de Pia en toda su compleja sencillez.

“Busco que la gente sepa apreciar todo lo que nos rodea”, me cuenta Pia en una de estas calurosísimas tardes de verano. “Y creo que eso ya tiene un componente político, no desde la crítica por lo mal que lo estamos haciendo, sino desde un lado más emocional, desde el corazón, para que la gente cambie de actitud y sepa establecer una relación más emocional con la naturaleza, de la que formamos parte. Porque no somos nosotros y la naturaleza, sino que nosotros somos naturaleza. Busco tocar la conciencia desde esa emoción”.
“Lo que hago es saber apreciar y ofrecer la belleza de lo pequeño y humilde, de lo que a simple vista la gente no aprecia. Lo saco de contexto, lo elevo, lo dignifico, y lo hago visible a los ojos de todos”. “No es un enfoque botánico o biológico, sino que quiero darle un sentido más trascendental, mostrar lo que hay detrás, mucho más allá de las formas, lo que nos une a la vida misma, a lo esencial de la naturaleza. Cuando por ejemplo estoy limpiando pequeños huesos, esa tarea me lleva a reflexionar mucho sobre la vida, el paso del tiempo, lo que consumimos, lo que queremos ver y lo que no queremos ver, lo que queremos valorar y lo que no; pienso que deberíamos salirnos de nuestro antropocentrismo, cambiar de escala y fijarnos en lo más pequeño y en cómo está conectado con lo más grande”.
Cierro el artículo con las propias palabras de Pia, tan poéticas como precisas, sobre la médula de su obra:
“Cuando digo ‘todo es uno’, no lo digo como metáfora poética. Lo experimento como estructura. El pensamiento de David Bohm me interesa porque une física y percepción intuitiva. El mundo visible pertenece al orden explicado. Debajo se encuentra un orden implicado, una totalidad no dividida, un holomovimiento constante. Reconozco algo de mí en la piedra, en el agua, en el aire, en las plantas, en los animales. No de forma romántica, sino resonante. Somos polvo de estrellas; no es poesía: es física. La materia no es inerte. Contiene memoria, energía, presencia. El tiempo no me parece estrictamente lineal. Lo percibo como multidimensional. La interconexión no es una exigencia moral. Es una condición ontológica”.

Sin embargo…
“Observo cómo nuestra percepción está moldeada por la utilidad. ¿Para qué sirve? ¿Qué estorba? ¿Qué puede eliminarse? La categoría ‘mala hierba’ revela más sobre nuestra mirada que sobre la planta. De esa lógica surgen intervenciones masivas en los ecosistemas. No quiero moralizar. Observo. La industrialización transforma seres vivos en producto. El exceso convive con el hambre. El desperdicio con la escasez. Eso me duele. Me conmueve. ¿Qué hago con ello? Quizá el amor –no sentimental, sino estructural– sea la fuerza que mantiene, repara y regenera”.
“Me atrae profundamente lo aparentemente insignificante. Lo común. Las flores espectaculares son admiradas por todos. Pero la planta silvestre al borde del camino contiene otra intensidad. En su geometría, en su capacidad de adaptación, hay una inteligencia silenciosa. Cuando observo una semilla, veo arquitectura. Repetición fractal. Proporción. Hacerse pequeño para ver mejor es un gesto de humildad. La atención se convierte en reconocimiento. Siento el impulso de compartir lo que veo. El amor que experimento en la contemplación. Mi trabajo no pretende enseñar. Pretende abrir. Ampliar límites de percepción. Sensibilizar. Invitar al asombro. Quizá sea una forma de arte perceptivo. Si alguien experimenta el tiempo de otra manera frente a una semilla, eso es suficiente”.

“No me resulta fácil expresar todo esto. A veces siento que las palabras reducen la esencia. Pero escribir es un ejercicio de destilación. Tal vez haya momentos en los que no se necesiten palabras. Aun así, intento hablar. No para explicar, sino para generar resonancia”.