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Arte reciclado

El artista japonés que entre máquinas y neumáticos simboliza “la generación perdida”

Es el invitado de mayo en nuestra entrega mensual de artistas vinculados de alguna manera al mundo en negro y verde de los neumáticos en SIGNUS Ecovalor.

Tetsuya Ishida se ha convertido en un artista de culto para las nuevas generaciones de japoneses, no solo por sus pinturas de crítica acrílica al nihilismo al que conduce un capitalismo sin conciencia, sino por su repentina muerte –¿accidente o suicidio?, murió atropellado por un tren– con solo 31 años.

Nació en 1973; murió en 2005. Su padre era diputado en el Parlamento japonés; su madre, ama de casa. A pesar de que su familia le presionó para que estudiara Química, se matriculó y licenció en Diseño de Comunicación Visual, algo que no aprobaron sus progenitores. Con el tiempo, sus padres se reconciliaron con él y llegaron a apreciar sus cuadros; sobre todo su padre, porque su madre siempre vio con reticencia el carácter tan oscuro y opresivo que teñía constantemente su obra, dejando apenas hueco a alguna alegría o sentido del humor.

La exposición Autorretrato de otro, con 70 de sus obras en el Palacio de Velázquez, cuya programación depende del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, es la primera dedicada a él en Occidente. Señala Tereza Velázquez, comisaria de la muestra: “Los personajes retratados por el artista son híbridos, máquinas antropomorfas que encarnan el grado extremo de dominación de las tecnologías; así como la subordinación sin límites a una nueva e inescapable forma de esclavitud que no distingue entre trabajo y consumo, alimentando la ansiedad de los cuerpos”.

El desasosiego y claustrofobia que la acelerada –cada vez más acelerada– cadencia de la sociedad de consumo capitalista ejercen en Ishida le llevan a pintar seres humanos que se han convertido en robots, en meras piezas que las grandes empresas montan y desmontan para servirse de ellas en sus grandes cadenas de producción y consumo. Con un discurso muy kafkiano, nos hace sentirnos incómodos frente a jóvenes empaquetados, aprisionados en edificios impersonalizados, alimentados como si fueran simples válvulas que hay que engrasar para que la gigantesca y devoradora máquina no se detenga en su imparable funcionamiento, formateados desde la escuela, convertidos en engranajes o en simples baldas o tornillos del sistema.

Enormes lienzos –acrílicos sobre lienzo, la mayoría–, en tonos fríos, tristes, grises y ocres, opacos, con guiños al manga y el anime (los fácilmente identificables cómics y películas de animación de procedencia japonesa), como Cinta transportadora de personas, en los que se confunde la persona con el artilugio. Las caras de los personajes se repiten una y otra vez con la misma expresión inexpresiva, como hipnotizados, narcotizados, cansados, sin registros ni pensamientos ni sentimientos. Han de cumplir con una función y un horario perpetuo en un entorno sin afectos. Y punto. Todos, piezas al servicio de la gran corporación.

Funcionarios-neumático, madres-radiador, hombres autómatas

“La obra de Ishida”, dice la información de la muestra en Madrid, “alude precisamente a las obsesiones del individuo que habita opresivamente espacios y tiempo indistinguibles donde trabajo, consumo y ocio se confunden. La referencia kafkiana está presente en los estados larvales del sujeto prisionero y domesticado, en la coerción social de poderes fácticos como el sistema educativo, los dispositivos de penetración de los medios de comunicación o la cultura empresarial del salaryman, arquetipo del trabajador sometido que se compromete por entero con la firma que lo contrata”. Es conocido que algunas empresas de Japón se encargan hasta de buscar pareja a sus empleados. Otra variante descorazonadora de las bodas arregladas.

Masificación y deshumanización. Historias de alienación y pura especulación. Vida de autómatas. Semblantes hieráticos. Hombres clonados en cadenas de montajes. Cuerpos masculinos y femeninos cosificados. Una mujer convertida en el trazado de los raíles de un tren eléctrico de juguete. Una madre transformada en un simple radiador que da calor a su hijo. Estudiantes-microscopio. Empleados de una empresa que, con los pantalones y calzoncillos bajados, se transforman en cajeros automáticos que expenden dinero.

Y ahí, entre esas 70 obras –pintó casi 200 obras en su corta carrera de 10 años– desplegadas en este palacio del Retiro, nos topamos con nuestros neumáticos. En la obra Fe en la velocidad, un acrílico sobre tablero pintado con solo 23 años, Ishida ha convertido a sus trabajadores de traje y corbata en eje central de unos neumáticos, cuyas estrías son pisadas humanas. Enmendándole la plana a la vanguardia del futurismo pictórico, que entendieron la velocidad como un progreso. Esa velocidad que  nos puede pasar por encima… Como terminaría sucediéndole a él…

Por cierto, otro detalle que no deja de tener su conexión con los temas que nos preocupan en este blog: en muchísimas de sus casi 200 pinturas aparece una bolsa de plástico; seguramente su símbolo recurrente y obsesivo de esta sociedad de consumo que no nos deja respirar a gusto.

Una desoladora denuncia de la soledad, el aislamiento, la incomunicación; el día a día sin caricias ni abrazos, sin alternativas ilusionantes. Sin sueños, ni aspiraciones, condenados a vivir para la sociedad de consumo que los envuelve. Es la metamorfosis del cuerpo humano fusionado con insectos, dispositivos tecnológicos, ruedas o medios de transporte. Situaciones claustrofóbicas en las que el cuerpo se halla atrapado en armarios o edificios de los que pugna por salir, que no le dejan crecer ni ponerse en pie. Cadenas de montaje en las que las personas son una vuelta de tuerca más, otra más, sólo otra más. La infructuosa necesidad de volver a la inocencia de la niñez y poder gritar ¡caca, culo, pedo, pis! sin que nadie te afee la conducta, te reprima, te embale. Poder gritar…

Un icono para los jóvenes que se niegan a salir de su habitación

No perdamos de vista que muchas de esas obras tan punzantemente críticas las pintó Ishida con solo 22 y 23 años. En la década de los 90, coincidiendo con su complicada adolescencia, Japón sufrió una devastadora crisis económica a causa de la burbuja inmobiliaria y la especulación financiera, que dejó una terrible herencia: la llamada “generación perdida”. Así, no es de extrañar que Ishida se haya convertido en el artista de culto para los hikikomori e icono de esa “generación perdida”. Comenta la comisaria de la exposición: “Desde el karoshi, la muerte por exceso de trabajo, hasta los hikikomori, en sus obras aparece siempre un hombre genérico, el mismo representado en todas las edades”.

Los hikikomori son jóvenes que se auto-recluyen en su habitación y llevan una existencia virtual, pegados a la pantalla del ordenador o del móvil, sin salir a la vida real, a la calle, a veces ni siquiera a otras estancias de la casa donde viven con su familia; hasta el punto de que muchas veces la madre ha de llevarles la comida en una bandeja que dejan en la puerta de su cuarto, como si de presos de máxima seguridad se trataran.

Terminamos con unas palabras que ha escrito en el catálogo el director de cine Isamu Hirabayashi, el mejor amigo de Ishida, compañero de estudios en la Universidad y con el que montó en los años noventa una empresa multimedia centrada en la fusión entre cine y arte, las pasiones de uno y otro, y que les hizo enfrentarse a la terrible crisis económica de los noventa en Japón, sin apenas recursos: “Tenía un trabajo a tiempo parcial en un turno nocturno y se mudó a un barrio de Sagamihara, porque allí había una gran tienda de materiales de pintura a la que podía ir andando sin gastar dinero en tren. Su máxima prioridad eran los utensilios de pintura, compraba alimentos baratos y comía cada día lo mismo”.

Con 31 años, Ishida murió un 23 de mayo arrollado por un tren que circulaba a toda velocidad en Tokio. Esa fe ciega en la velocidad.

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Un comentario

  1. Un arte desgarrador sin dudas, lo más aterrador es que es real y en él podemos identificar a los que más queremos de nuestra familia.

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