La primera semana de marzo se celebró en Madrid una nueva edición de la Semana del Arte, así que nos fuimos de ferias para sondear las conexiones entre arte, reciclaje y conciencia eco. Estuvimos en ARCO, ArtMadrid, JustMad, Hybrid y CAN Art Fair. Paseamos y escudriñamos entre cientos de artistas de decenas de galerías de todo el mundo y descubrimos a cinco muy interesantes, que os traemos aquí, a la serie ‘artistas en verde’. Desde Juan Gopar, el canario que construye sus discursos artísticos a partir de los restos que el mar deja en las costas, al austriaco Franz Kapfer, que desmitifica el valioso cristal de Murano con restos plásticos, y el vasco Javier Pérez Curiel, que se sirve de neumáticos, cuadros de bicicleta y restos de coches accidentados para expresar sus reflexiones sobre las tensiones del mundo contemporáneo.
Juan Gopar: lo que el mar arrastra a Lanzarote
El canario Juan Gopar (Arrecife, Lanzarote, 1958) es un experto en crear sus esculturas a partir de objetos encontrados, sobre todo en las playas de sus islas. A ARCO trajo casas y barcas construidas con materiales encontrados en las orillas de Lanzarote, restos arrastrados por el mar que nos hablan de refugio y convivencia, pero también de desplazamiento, migración, de riesgo, fragilidad y transformación del territorio. Toda una conciencia eco la de Gopar. Él mismo reflexiona así sobre su obra: “Todo fruto visible es consecuencia de ese trabajo oculto: memoria, materia, respiración, tiempo y un ánimo que no se fabrica por decreto. Somos un paisaje hecho de lo que vimos y de lo que olvidamos mirar. Ordenar el espacio no es domesticarlo, sino permitir que tenga sentido propio frente a un mundo que pretende clausurar toda alternativa. Por eso los restos –madera a la deriva, trastos olvidados, basura vieja– pueden volverse materia viva: no provocación, sino resistencia a la mistificación del plano material. Crear no es reproducir la realidad, sino producir otra intensidad de lo real, abrir grietas en lo que parece inevitable”.

Frente a tanta superficialidad actual en el arte, tanta ansia meramente decorativa, tanto metacrilato, brilli-brilli, colorinchis, grandes formatos de vana pintura abstracta, mínimos en resistencia y compromiso frente a lo que sucede en el mundo, exaltación del garabato, el monigote y las figuras de dibujos animados, la expresividad naif-infantil, como queriendo huir de la cruda realidad (es lo que vimos que predominaba en estas ferias del arte), resultan admirables estas reflexiones de Gopar: “Somos un paisaje hecho de lo que vimos y de lo que olvidamos mirar”. “Por eso los restos pueden volverse materia viva. Crear no es reproducir la realidad, sino abrir grietas en lo que parece inevitable”.
Julio Anaya: cartones abandonados
Julio Anaya (Málaga, 1987) recrea obras clásicas sobre cartones abandonados, sucios y rotos, que recoge de la calle; juega así con la contradicción del arte clásico, supuestamente perenne, y la intervención efímera. De Picaso a Caspar David Friedrich. Combina lo que se supone más sagrado, valorado y atemporal con lo que se supone más tirado y despreciado, el residuo. Así, con la galería Yusto Giner, ha expuesto en CAN 2026 un paisaje de Brueghel, cuidada/descuidadamente customizado.

La feria de arte lo presentaba con este texto: “La práctica de este pintor y artista urbano presenta un reto a la historia del arte. Sobre trozos de cartón arrugados y paredes llenas de grafitis, reproduce obras maestras del arte occidental. En contraste con sus entornos y frágiles soportes, sus trompe-l’oeils [palabra fina francesa para referirse a nuestros trampantojos] establecen diálogos trans-históricos con las obras de los maestros del pasado. Irreverente en la práctica, pero respetuoso en la técnica, sus copias examinan conceptos relacionados con la autoría, la autenticidad y la propiedad. El contraste resultante lleva a la descontextualización de las rígidas estructuras establecidas dentro del mundo del arte. Al pintar con éxito grandes obras sobre cartón desechado, Julio pone en duda lo que verdaderamente valoramos en el arte”.
Javier Pérez Curiel: cuadros de bici
Muy acorde con la gran afición vasca por el ciclismo y jugando con la palabra ‘cuadros’, Javier Pérez Curiel presentaba en CAN sus esculturas montadas con estructuras multicolores de bicicletas, a través de la galería bilbaína SC (Spacio Cortes). Nos congratula contar que Pérez Curiel también ha utilizado en algún momento de su trayectoria neumáticos para sus esculturas, aparte de cadenas, prensas de carpinteros y cristaleros, estructuras de albañilería, cintas de embalar… Y también partes de automóviles que han sufrido accidentes.

Así, en sus esculturas (o performances o instalaciones o intervenciones o acciones, que todo eso son; siempre con un grado importante de sorpresa, ironía y crítica a la ‘civilización’ y las convenciones), podemos hallar reflexiones sobre la transformación, la memoria industrial y las tensiones que surgen en las sociedades hiperdesarrolladas.
María Edwards: darle valor a lo descartado
Esta artista chilena ha participado en la última edición de ARCO recuperando maderitas usadas para construir todo un universo de navegación. María Edwards recupera lo pequeño y el detalle para hablar de lo más grande, del Universo. Se presenta ella misma así: “Su práctica como artista se ha caracterizado por establecer un puente entre el mundo del Arte y la Ciencia, generando cruces y encuentros entre el pensamiento científico y filosófico. De su profundo interés por la astronomía y las matemáticas surge la idea de trama, como la conexión de puntos sobre el espacio, una constelación y mapa del cielo trazado en la superficie de la tierra a través de sus recorridos. Su obra comienza con el reconocimiento de lo que ha sido descartado y desapercibido, y finalmente con la ética y la dignidad en la que cada uno de estos fragmentos recuperados del mundo vuelve a su presencia, transfigurado y reinterpretado por voluntad de la artista”. ¿Hay más profunda actitud de reciclaje que reconocer lo que ha sido descartado y desapercibido?

Y en la web Arte Informado, hablan de ella de esta manera: “Entrar al taller de María, así como a cada una de sus obras, es entrar a un mundo dentro del mundo, a un espacio donde cada una de las cosas ahí puestas están en absoluto equilibrio las unas con las otras. Mapas, estrellas, piedras, huesos, plumas, ruedas, palos, viejos libros de física, mecánica, astronomía y partituras musicales, cajas y piezas de maquinarias en desuso están por todos lados, colgando del techo, flotando en el espacio, esparcidas en el suelo. Pequeños artilugios de carpintería llenos de ideas, todos y cada uno de esos hallazgos en su estado pleno, “cargados”, como ella misma apunta, “del peso de las cosas y también de su levedad”.
Franz Kapfer: ¿cristal de Murano o desechos plásticos?
Este artista austriaco ha sido una de las presencias más comprometidas en la edición 2026 de ARCO. Así se explica en su web: “La obra de Franz Kapfer explora el atractivo atemporal y el absurdo de los mitos autoritarios, re-escenificando símbolos del fascismo para resaltar su inquietante persistencia en la sociedad moderna. Sus instalaciones integran armas modernas, armaduras militarizadas y objetos icónicos de contextos contemporáneos e históricos, tratándolos como «piezas de escenografía» activas que evocan poder y control. Con rigurosa atención al detalle, Kapfer incorpora armamento del mundo real, enfatizando la continuidad y la especificidad de la violencia a través de las épocas”.

Pero más allá de cascos militares, metralletas y armaduras, lo que nos atrajo de él en la feria madrileña fue parte de su serie Roma 2003. A través de coloridas esculturas de plástico, creadas a partir de basura recopilada en Roma y botellas de plástico desechadas, hacen referencia a los símbolos de fertilidad de los Alpes austriacos y recuerdan formalmente al arte del cristal de Murano italiano.
Mitos a partir de basura plástica. Lo valioso –ese cristal de Murano– escupido y esculpido como y con basura. Quizá represente, a fin de cuentas, el caos en que estamos viviendo, en que todo no vale nada –ni siquiera lo más sagrado, las vidas humanas– y tratan de confundirnos a los dioses con payasos. Son los tiempos de garabatos que corren.